"En Martutene estamos hacinados"

Diario de noticias de Gipuzkoa, joseba aingeru, 37 años, 13-05-2007

Denuncian las condiciones en que se encuentra el módulo de mujeres donde “llegamos a estar 32 personas en siete celdas”

Donostia. Tiene 42 años recién cumplidos y acaba de salir de la cárcel de Martutene. Ana cubre su rostro con una gorra. Tiene dos juicios pendientes y está convencida de que revelar su identidad sólo serviría para complicar aún más las cosas. Conoce el centro penitenciario donostiarra de sobra, donde ha ingresado durante media vida – hasta en ocho ocasiones – , la primera de ellas por un delito que ni siquiera recuerda. “Tenía 16 años, que por entonces era la edad penal, y me desperté ya dentro de la cárcel. Sigo sin saber lo que hice”, admite esta donostiarra de voz rasgada que probó su primer pico de heroína a los once años.

Su vida ha girado desde entonces en torno a la droga, y todo lo que conlleva: robó su primer coche a los 12 años, asestó varias puñaladas a camellos en turbulentas peleas con un único fin: conseguir la dosis. “Éramos los yonquis de los 80, de los que quedamos muy pocos. Nuestra vida era como la de El Vaquilla , aunque la película, todo sea dicho, sea muy mala”, sonríe Ana, que acumula catorce años de vida privada de libertad. Vivir entre rejas, pese a todo, se ve que no le ha quitado el sentido del humor.

Inmediatamente recobra un rictus serio para asegurar que tanto tiempo en la cárcel sirve para cualquier cosa menos para reinsertar a una persona. “La estancia dentro de la cárcel es una tortura que desgasta y desgasta para acabar llegando siempre a la misma conclusión: no vale para nada, salvo para salir tocado psicológicamente”, se corrige mientras le da una calada al pitillo.

Menos en el mundo de la prostitución, esta mujer enferma ahora de sida se ha metido en todos los líos habidos y por haber con tal de conseguir la dosis necesaria. “Casi todas las heroinómanas de mi generación acabaron entrando en el mundo de la prostitución y ahora están muertas. Yo he robado, aunque, eso sí, jamás me atreví a tirar de la cadena de oro de un niño o del bolso de una mujer; nunca fui capaz de hacerlo”, reconoce Ana, a quien le acompaña Joseba Aingeru, de 37 años.

Los dos acaban de salir del Centro de Salud Mental del barrio donostiarra de Gros, donde siguen un tratamiento con metadona. Aceptan la invitación de este periódico para tomar una caña en un bar cercano. “Llevamos colocados toda la vida y lo necesitamos”, confiesa el joven en relación al programa de desintoxicación que sigue. Él no tiene ningún inconveniente en dar la cara, convencido de que ha pagado “todo lo que le debía a esta sociedad”, aunque ésta no sea tan receptiva con él. “Es cierto, lo peor es cuando sales a la calle, los dos primeros meses, que no tienes prácticamente ninguna ayuda; ahora estoy haciendo un curso de reinserción socio – laboral, pero la verdad es que está muy difícil encontrar un trabajo”, asegura.

‘inflado’ a pastillas Este altzatarra dio con sus huesos en Martutene por vez primera hace dos décadas, tras propinar una paliza a dos chóferes de autobús a los que robó sacas de dinero con las que se proponía comprar droga. “Te inflas a pastillas y priba y vas a lo que vas, en esos momentos estás nublado y no te detiene nada”, explica el joven, rememorando episodios delictivos ocurridos en las postrimerías del franquismo. “Es curioso, estás tan puesto en esos momentos que piensas que no te está viendo nadie, y en realidad te cazan al instante”, sonríen los dos.

En un momento en el que la prisión de Martutene se ha colocado en el disparadero, convertida en la tercera cárcel del Estado con el “indice de hacinamiento más alto” – 304 personas presas en 103 celdas – , el testimonio de Ana y de Aingeru cobra especial relevancia.

Nadie conoce mejor que ellos la situación que se esconde tras los barrotes. “Por supuesto que en Martutene estamos hacinados”, dicen abiertamente para denunciar la situación que se vive especialmente en el módulo de mujeres.

Cuando Ana ingresó por vez primera había siete personas. Ahora ha salido del penal dejando en él a 21 compañeras. “Ya desde los años 90, cuando trajeron a las reclusas mañas, recuerdo que sólo disponíamos de siete celdas para 32 personas. Entonces comenzamos a vivir situaciones de hacinamiento”, revela.

En el palomar, nombre con el cual conocen los internos a una de las celdas de mayores dimensiones del presidio, han llegado a convivir hasta once personas. “También es muy frecuente meter a siete personas en celdas de cuatro. Yo he estado durmiendo en celdas de cinco personas, algunas sin ducha ni calefacción, ventanas que cierran mal, una humedad terrible, pocos espacios para las actividades, malas condiciones de la enfermería y escasos recursos humanos…”.

Ana reconoce que ha visto “auténticas hostias” de compañeras que caían al suelo de las literas más altas. Por si fuera poco, “en el módulo de mujeres teníamos antes una escuela, donde había una máquina de coser y un espacio en el que estabas a tu rollo, pero que ahora han quitado para habilitar un espacio en el que se hacen los bis a bis”, explica.

La cárcel de Martutene fue construida en 1948 y desde entonces ha sido reformada en varias ocasiones, aunque nunca de forma integral, lo que provoca que a día de hoy “las carencias sean de todo tipo”, afirma. Los reclusos están convencidos de que “la cárcel no sirve para nada”, y no creen que vaya a mejorar las cosas el “vertedero de personas” que “quieren imponer” en Zubieta.

La Oficina del Ararteko también ha aludido en diferentes ocasiones al deterioro de los centros de Martutene y Nanclares de Oca. El Ararteko considera que el incremento “incesante” del número de presos no se corresponde con un aumento de la delincuencia, sino que se debe a una “sucesión de reformas penales”, por lo que “difícilmente podrán solucionarse sino se enfrentan sus causas”.

“he visto cuatro muertes” Joseba Aingeru ha ingresado en prisión cuatro veces, siempre por temas de drogas. “Llevamos colocados toda la vida”, insiste el joven, que, sin embargo, se muestra bien lúcido para describir la vida entre rejas y glosar la figura de los compañeros que durante este tiempo se han quedado por el camino.

"He visto morir a cuatro personas dentro de la cárcel. El último fue el moro – se refiere al joven saharaui A.K.D.A, que fue encontrado muerto el pasado 16 de diciembre – . Salhaketa, la asociación de apoyo a personas presas, denunció entonces que, a pesar de haber sido su tercer intento de suicidio, hubo una “enorme” pasividad de los funcionarios ante lo acontecido.

Aingeru recuerda perfectamente los cortes y tajos que presentaba el joven por todo el cuerpo los días previos al fatal desenlace mientras “nadie hizo nada” para poner freno a una inminente resolución. Incluso, añade, le descubrieron poco antes del suicidio una soga, evidentes señales de aviso que pasaron por alto. “Además – añade – el interno de apoyo que le pusieron era como no poner a nadie porque estaba todo el día drogado y no se enteraba”, censura.

No ha sido el único óbito entre rejas que le ha tocado de cerca. Aingeru también recuerda a Pepe Flores, un muchacho que acudía a las terapias que se organizaban en el presidio para los reclusos que sufrían recaídas. "Yo trabajaba en los talleres con él, hasta que un día vino con la cara blanca, muy disgustado. ‘¿Qué te pasa Pepe?’, le pregunté. ‘Nada, esta puta vida, que no me deja en paz…’. Fueron las últimas palabras que tuvo con él antes de quitarse la vida.

Aingeru critica que en los últimos años Martutene se está llenando de violetas – violadores – y maltratadores “muy mal vistos por nosotros”. Ahora hay 45 reclusos vascos en el penal, y “cada vez somos menos porque se nos destina a otros centros mientras están entrando muchos magrebíes y muchos de nosotros nos tenemos que ir a cárceles de otras ciudades. Así es difícil que nos visiten los familiares”, lamentan los dos.

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