Más riqueza no son más ingresos

El Periodico, 14-02-2007

GUILLEM López-Casasnovas

Un artículo reciente de The Economist ha planteado una cuestión muy interesante: si crece la economía mundial, ¿por qué las ganancias no se reparten adecuadamente? De hecho, el PIB mundial crece como nunca gracias al empuje de los países emergentes, y entre los más desarrollados de Europa, España lo hace a tasas sin parangón. Advierto, de entrada, que el criterio de renta per cápita – – con todas sus variantes – – como método para medir la mejora del bienestar no indica, en ningún caso, que esa mejora se traslade de forma similar a la población española y, en particular, a la mejora de la capacidad adquisitiva de los trabajadores. Más aún, la renta per cápita española sufre un relativo estancamiento (queda lejos el deseo de pillar a los alemanes en este indicador) y la salarial, en términos reales, sufre una clara regresión con relación a las rentas de otros factores económicos. Pero, si la economía española va tan bien, crece como nunca, ¿por qué no lo hace en la misma intensidad la renta per cápita de los españoles? ¿Qué sucede para que la capacidad adquisitiva de los ingresos de los trabajadores no aumente por igual?

YA SABEMOS que el PIB español crece por el empuje de la construcción y los servicios, y se sustenta en un importante flujo inmigratorio. Así, el crecimiento absoluto del PIB se debe sencillamente a que tenemos más ocupados. Que este aumento no se traduzca en similar crecimiento de la renta per cápita española se debe a que las rentas medias creadas por los inmigrantes son inferiores a las de los que ya tenían un puesto de trabajo, ya que el valor añadido que generan los nuevos empleados es relativamente inferior al que existía. Podría argumentarse que los puestos desplazados permiten a los autóctonos una mayor productividad, aunque no está probado. Esta tendencia a no crecer en igual proporción se observará todavía más cuando los inmigrantes acaben incorporando una población pasiva más similar al del resto de los españoles. Sucederá por el reagrupamiento familiar y el repunte de la natalidad. La menor productividad de los inmigrantes añadida al numerador de nuestra renta per cápita – – los ingresos – – se compensa porque no cargan en el denominador – – población – – tantos pasivos como pasa en una sociedad desarrollada como la nuestra, que cuenta con jubilados, estudiantes y niños. Cuando estas diferencias se normalicen, nos podemos encontrar con que nuestro PIB crezca y a la vez nuestra renta per cápita retroceda.
El análisis es incluso peor si lo hacemos en términos de renta por ocupado: son los trabajadores los que ven disminuir sus rentas relativas. Sucede en todos los países desarrollados, ya que es donde se concentra la presión por la contención de costes unitarios – – ayudada por la inmigración y la globalización de bienes y servicios – – , perdiendo participación respecto de las rentas del capital. En España, la merma de remuneración por ocupado se debe, además de a los inmigrantes, a la incorporación de la mujer al mercado laboral para aportar una segunda renta familiar, y al primer empleo de nuestros jóvenes, que, en tanto que mileuristas, también sesgan a la baja las rentas medias. Si a ello añadimos la moderación salarial en la mayoría de convenios para mejorar la competitividad de nuestros productos, la capacidad adquisitiva de buena parte de los trabajadores disminuye no solo en relación con las que se obtienen por otras rentas, sino también en términos absolutos si se mide en capacidad adquisitiva.
La utilización de indicadores habituales como renta por ocupado o renta per cápita, frente la más tradicional del PIB y su reparto, no ayuda a conocer de verdad el bienestar de los ciudadanos. Máxime cuando a partir de la incorporación de la mujer al mundo del trabajo las rentas a medir deberían ser más que nunca las netas. Es cierto que puede que crezcan los ingresos cuando los dos trabajan en una familia, pero también lo hacen los gastos necesarios para su obtención (comer fuera, trabajo doméstico sustitutivo, guarderí – as…). Y para los jóvenes que entran tempranamente en el mercado de trabajo, debido sobre todo al fracaso escolar, crece el coste implícito, al contar con un patrimonio social inferior (capital humano menos formado). Teniendo en cuenta estos datos, se puede entender cómo en España crece bastante el PIB, la renta per cápita no tanto, la renta por ocupado en términos reales poco o nada, y el bienestar residual de algunas familias puede que esté bajando.

LO QUE se puede hacer en este caso no es evidente. Pero al menos reconozcamos el problema. Ni la inmigración ni la globalización son intrínsecamente malas. Un trabajador con salario es mejor que uno que recibe el subsidio de paro. Si además constatamos la incorporación de la mujer al mundo laboral, en la medida en que es deseada, el hecho no puede merecer sino una valoración positiva. Las alternativas (que no crezca el PIB, ni la ocupación, ni que se recupere la natalidad), como ha sucedido en los últimos años en España, son todas ellas peores. Aceptado lo anterior, hemos de ser conscientes de que cuando nos digan que la economía mundial y la española crecen no es oro todo lo que reluce. Hay que mirar cómo se reparte.

*Catedrático de Economía (UPF) y consejero del Banco de España

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