"El Comercio". PERÚ: "Con la voz de los ancestros"
ESFUERZOS. Mónica Carrillo es una joven lideresa del movimiento afrodescendiente en el Perú. Ha viajado por el mundo dando charlas sobre el tema y promueve talleres para jóvenes en zonas consideradas marginales. Su discurso no está reñido con la poesía
Prensa Latinoamericana, 07-01-2007Sobre una repisa de su estudio están las fotos de sus tíos, abuelos y tatarabuelos. Están en cuadros antiguos, intactos, preservados con la delicadeza que corresponde a las reliquias. Mónica Carrillo los ha colocado cerca de la computadora en que escribe, en un ejercicio de memoria e invocación: los retratos familiares, dirá luego, le permiten conectarse con los antepasados. “Cuando era niña y tenía problemas le ponía una vela a mi abuelo”, cuenta sobre ese rastro de espiritualidad que viene de antiguo. Todo su trabajo intelectual, las conferencias que dicta en el extranjero, los talleres que organiza para jóvenes afroperuanos, están enfocados al rescate de esa herencia. El tema le apasiona. De hecho, ha bautizado varios de sus proyectos con la palabra ‘Lundú’, que en lengua kikongo quiere decir ‘sucesor’.
Mónica se asume militante. Incluso sus poemas, que acaba de presentar en un disco, tienen un componente de vivencia y análisis. “No soy pobre/ soy empobrecida/pero no soy negra/soy ennegrecida/”, dice uno. Su formación es el cimiento de un discurso potente: estudió Comunicación Social en San Marcos, luego hizo una especialización en Derecho Internacional de los Derechos Humanos en la Universidad de Oxford, y acaba de terminar un diplomado de Análisis Cultural. Sus palabras la describen.
De dónde viene su lucha por la cultura afroperuana como militancia.
Mi papá y mi mamá siempre me incentivaron a desarrollar una conciencia sobre ser afrodescendiente y no dejarme apabullar por las situaciones de racismo, que son extremas. Cuando yo tenía 5 o 6 años tenía que soportar todos los días agresiones, insultos. Mi hermana y yo teníamos un profesor de historia que nos decía: “Allá van las monitas”. Y eso promovía que los demás niños nos maltrataran.
Ahí empezaba la marginación.
Claro. Nadie jugaba conmigo y cuando iba a una fiesta nadie bailaba conmigo. Y si alguno osaba hacerlo, los demás se burlaban. Eso le sigue pasando a muchas niñas negras.
Es una fuente de resentimiento.
Cuando uno recibe una agresión, tienes tres caminos: uno es victimizarte ante una broma racista. La otra actitud es violenta. Y la tercera es encontrar una explicación histórica y una propuesta creativa; no solo decir ‘estoy contra el racismo’, sino tener una nueva manera de ver el mundo. Esa es mi opción.
¿Por qué es difícil hacerlo aquí?
Yo creo que el Perú es el país más racista de América del Sur: una persona te puede mirar a los ojos, decirte ‘mona’ e irse riendo. Por una situación así, en otro país te vas a la cárcel. Y es terrible que el propio Estado apruebe y afirme el estereotipo: cuando murió Valentín Paniagua pusieron hombres negros vestidos de negro como símbolo de la pena, y encima con guantes blancos para cargar el ataúd, como símbolo de la pureza de la parte que toca al muerto. Es igual que poner un hombre negro en la puerta de los hoteles, vestido de rojo, con capa, como en la época de la esclavitud.
¿Les reprocha por aceptar esas condiciones?
Uno puede ir a protestar, pero se trata de otro hermano afrodescendiente. Y bueno, es muy difícil que una persona negra encuentre trabajo. La idea es desarrollar una conciencia para que, si tienes esa opción, sigas buscando y no te estanques.
Por eso nació el grupo Lundú.
Yo trabajé durante un tiempo en un plan nacional contra el racismo, en una época previa a la Conferencia Mundial contra el Racismo en Sudáfrica. Allá fui relatora de la Declaración Mundial de Jóvenes y trabajé mucho en el ámbito internacional para llevar la voz de los jóvenes peruanos. Pero como afrodescendiente, en el 2001 formé Lundú, un espacio para promover la organización social de base y una línea cultural propositiva, creativa contra la discriminación. Ahora estamos trabajando el proyecto Estética en negro con niños de las zonas más estereotipadas y lumpenescas, como los Barracones, Marco Polo, Barrio Cinco. La idea es explorar otras formas de entender el arte que no sean tocar cajón y bailar, que está bien, ¿pero dónde están las artes plásticas, la literatura?
Lo hace en una zona violenta.
Los niños pintan en tela para canalizar las vivencias. Hay un 20% con problemas de retardo, que se relaciona con la desnutrición, la droga que consumen los padres, etc. Buscamos que cambien de mentalidad. En El Carmen, Chincha, la idea es combatir el turismo con connotaciones sexuales. Yo no lo llamo turismo sexual, porque no necesariamente hay una relación de dinero. Muchas veces el propio racismo interno promueve “el mejoramiento de la raza”. Gente cercana me dice: “Mónica, yo no quiero condenar a mis hijos a que sufran todo lo que yo sufro, a que tengan que estudiar dos veces para demostrar que son inteligentes”. La opción que trabajamos es deconstruir lo que está en la mente: lo político pero también lo artístico.
Su disco es como una declaración de principios.
Para mí es interesante completar mi trabajo académico con otros sentidos de mi vida. Soy mujer, soy afrodescendiente y puedo ser muchas cosas más. Yo escojo sobre cuál me afirmo y eso no tiene por qué negar mis otras identidades.
De hecho, incluye referencias religiosas, el palo monte, la tabla de Ifá, que no son fuertes aquí.
La gran característica de las poblaciones afrodescendientes aquí es que más allá de rezarle a Dios o a la virgen, se reza a los ancestros, como en otros lados se reza a los orishas del panteón yoruba o del candomblé. Mi abuela nunca le pedía a diosito, sino a su abuela. Mi mamá siempre puso velas al tío Armando. Y yo también siempre le puse velas a mi abuelo, aunque nunca lo conocí. Es parte de una espiritualidad africana que no se toma en cuenta.
También hay una fuerte carga de protesta sexual en sus poemas.
Quise concentrar las voces de todas las mujeres afrodescendientes. Si alguien me dice que le gusto no porque soy Mónica, sino porque soy negra, es racismo. No es un halago, aunque lo revisten así. A veces estoy en un bar o un restaurante de Miraflores o San Isidro y me empiezan a hablar en inglés. Y otros te dicen: qué bien, debes sentirte contenta. Y yo digo que no, que tendría que haber más personas como yo con esa posibilidad. Ahora estamos socialmente en los guetos, en Los Barracones, en el Callao, La Victoria.
No se ubican, los ubican ahí.
Y por las pocas oportunidades no tenemos movilidad social. Ahora, desde un punto de vista más filosófico, el gueto puede ser visto de otra manera: en un contexto tan agresivo, encuentras en gente como tú un espacio de afirmación, de contención. “Yo te lo cuento y tú me lo cuentas a mí”. Eso hace que yo no salga a la calle y tire una piedra a un carro como a veces me ha provocado. En Brasil se dice que a través del hip hop la gente negra ha podido desarrollar su conciencia. ¿Pero qué pasa cuando tienes conciencia y consigues el arma? Sales y robas o matas a aquel que causó tu miseria. Por eso nuestros talleres en zonas como Los Barracones tienen sentido, para contener, para canalizar esa energía.
Debe tener escenas tremendas en la memoria.
Varias. Una me ocurrió en Sudáfrica. Estaba sentaba afuera del hotel, comiendo un sánguche. En eso vino un niño y me pidió el sánguche. Cuando lo estaba partiendo, se me cayó al lodo, pero el niño lo recogió así y se lo llevó a su mamá. Eso me impactó, me hizo reafirmar mi compromiso de afrodescendiente. En Los Barracones hay una niña, la más negra del grupo, de 8 años. La idea era que hablara como un personaje detrás de su máscara. Entonces se la puso y dijo: “Soy Francine, bailo música axé, soy de cabello ondulado muy rubio y mis ojos son azules. Estoy en un gran escenario y la gente me aplaude y me dice que soy linda. Pero nunca voy a cumplir mi sueño, todos los días voy a sufrir por que soy negra”. El 90% de los niños dijo que era rubio y de ojos azules. Nos odiamos a nosotros mismos.
Nicomedes Santa Cruz contaba que sus viajes a Brasil y África le abrieron los ojos. ¿Qué ha cambiado en usted?
Desde aquí uno tiene una visión romántica, pensando qué lindo sería vivir en un lugar donde todos fueran negros. O se ve África como un paraíso de reyes y reinas donde se quiere volver. No es así. En África uno no es negro. Uno es yoruba o de otra comunidad. Lo negro es una construcción europea. Segundo, uno no es parte de ese continente. La prueba es Liberia, donde se formó un país con gente que regresó de EE.UU., pero ya estaba occidentalizada y se colocó en un plano superior. Las guerras civiles son hasta ahora por eso. Y si uno se compara con países vecinos, estamos como 50 años atrás.
Falta una figura ideológicamente potente
No se puede hablar de uno sino de varios líderes. Nuestra propuesta conceptual, política es trascender de la negritud hacia la afrodescendencia. Queremos reconocernos como descendientes de una diáspora africana, como consecuencia de la esclavitud. Esto implica la necesidad de una reparación, no económica, sino política: que existan leyes más claras contra la discriminación, oportunidades más claras. Pero también una reparación subjetiva, un resanamiento que nosotros mismos nos tenemos que hacer. Luego vendrá una reconstrucción de los valores africanos dispersos. Los liderazgos afroperuanos deben estar encaminados hacia eso.
LA FICHA
Nombre: Mónica Carrillo.
Profesión: Investigadora, conferencista, poeta.
Trayectoria: Fue relatora de la Declaración Mundial de Jóvenes contra el racismo, de la Tercera Conferencia Mundial contra el Racismo (Sudáfrica, 2001). Directora de Lundú, Centro de Estudios y promoción Afroperuanos.
Distinciones: Reconocimiento a Mujeres que Luchan por el Futuro, de la Fundación Madre, de Nueva York (2006).
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