Invertir en mezquitas

Diario Sur, 03-01-2007

LA solicitud elevada al Vaticano – y escenificada en la calle – por la Junta Islámica de España para que se les permita celebrar culto colectivo en la Mezquita de Córdoba me ha producido – supongo que como a muchos – una penosa desazón. Me da igual el pronunciamiento del Papa; preferiría que la Mezquita fuera patrimonio nacional y no propiedad del Cabildo. Pero me da tristeza esa obsesión por el rezo, venga del credo que venga. Los musulmanes que viven hoy en Andalucía suman medio millón: la mayor parte son inmigrantes marroquíes, argelinos y subsaharianos que no han venido precisamente de vacaciones. ¿Por qué no piden con el mismo ahínco centros de idiomas para la integración de sus hijos, centros de formación para las mujeres inmigrantes analfabetas – la mayoría – , cursos para aprender a conducir, a realizarse, a defenderse, medios educativos para evitar o corregir la marginación?

La sugestión de una salvación espiritual paraliza el deseo de justicia en la tierra. No es Corán sino español, inglés, matemáticas e informática, formación jurídica y política lo que necesitan para salir de la pobreza que los expulsó de sus países.

Flota en los blogs y en los foros de la red: la petición de permiso para el rezo en la Mezquita de Córdoba no pasaría de ser una anécdota si Bin Laden o la cartilla de Hamás no hablaran de reconquistar al Andalus; si el fundamentalismo que provoca ataques terroristas en nombre de la guerra santa no se generara en grupos que frecuentan las mezquitas. Si las tradiciones fundamentadas en la religión no dieran lugar a atropellos atroces contra la dignidad de las mujeres: un parlamentario egipcio fue duramente atacado por sugerir que sería bueno que las mujeres llevaran sus hermosos cabellos al aire libre. Hina fue asesinada en Italia por su padre, un paquistaní que la acusaba de ser «mala musulmana». Safia Amajan, responsable de los asuntos de la mujer en Kandahar, fue asesinada por los talibanes este año. El jeque Taj al – Din al – Hilaly, guía espiritual de la comunidad musulmana en Australia, pronunciaba este sermón hace unos meses: «Si pones carne sin cubrir en la calle, o en el jardín, o el parque, o el patio trasero, y vienen los gatos y se la comen, ¿de quién es la culpa, de los gatos o de la carne descubierta?.

El problema es la carne descubierta. Si la mujer hubiera estado en su habitación, en su casa, con su ‘hiyab’, no hubiera ocurrido el problema».

Esos pistoleros talibanes, padres paquistaníes o clérigos australianos podrán venir a España y rezar en esas mezquitas abiertas en nombre de la tolerancia…De aquí mi desazón. Ojalá que el ímpetu que ponen en pedir lugares para el rezo lo tuvieran para enfrentarse a las injusticias y a las desigualdades que imperan en sus países de origen. ¿Por qué se obsesionan con rezar en Córdoba y no demuestran sentir el imperativo ético de impulsar reformas políticas que cuestionen la corrupción y las turbias fortunas de ciertos gobernantes y reformas sociales que acaben con la desigualdad y la miseria de los suyos?

La religión, en muchas de sus manifestaciones, sigue siendo la morfina, el nolotil, la tila, el narcótico, el valium 100, la adormidera de los individuos y de los pueblos.

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