El desafío europeo
La Vanguardia, 02-01-2007LA tradición de ver a Europa más como un club que como un continente es tan vieja como su historia, que es peculiar porque su sujeto no es un espacio geográfico, sino un proceso en el que han actuado como fuerzas unificadoras el cristianismo, el nacionalismo y, desde la segunda mitad del siglo XX, el modelo social. Pero este extraordinario proceso, que históricamente ha sido un éxito, está paralizado desde el año 2005.
El debate sobre la ratificación del Tratado Constitucional abrió la caja de los truenos. La Unión Europea tiene por el oeste a Estados Unidos, que la empequeñece política y militarmente. Por el Extremo Oriente, la competitividad china agrava los problemas de su economía y de su Estado de bienestar. Y por el sur y el este, los inmigrantes representan un alivio demográfico y mano de obra, pero también encrespan los ánimos y alimentan el populismo. La Unión Europea quiere cambiar el mundo, pero está aprendiendo cómo está siendo cambiada por un mundo que ha cambiado.
Francia ha dirigido la Unión Europea durante decenios gracias a su posición intermedia entre Alemania, inicialmente partidaria de una Europa federal, y el Reino Unido, incondicionalmente euroescéptico. Por eso, navegando entre unos y otros, y con la idea de una Europa de las patrias, París se ha movido por el continente como por su casa. Pero Tony Blair, primer ministro británico, ha cambiado este escenario. Los euroescépticos británicos, apadrinados por Margaret Thatcher, están obsesionados con Bruselas. Blair, más sutil, ha comprendido que la cuestión europea tiene más que ver con París y Berlín que con Bruselas y, al contrario que Thatcher, el laborista ha entendido que para influir en Europa hay que participar, no ir a la contra. El resultado ha sido revelador.
Blair ha logrado reducir, paso a paso, la influencia francesa. La prueba es la ampliación comunitaria por el este europeo, donde predominan los gobiernos atlantistas. Y a la ampliación hay que añadir los achaques del modelo social francés, acertadamente diagnosticados por Blair, aunque el diablo, para los franceses, está en sus recetas. La cuestión sigue siendo el mal que Blair atribuye al modelo social francés, que a la falta de competitividad añade el fracaso de su política de integración de los hijos y los nietos de los inmigrantes .
La Unión Europea, pues, se instaló en la crisis en el 2005, y ahí seguimos cuando Alemania, con la canciller Angela Merkel, acaba de asumir este 1 de enero la presidencia comunitaria con el propósito de relanzar el debate sobre el futuro europeo. No será fácil en un escenario en el que se han multiplicado los desafíos. Este 1 de enero la Unión Europea tiene otros dos miembros, Rumanía y Bulgaria, lo que agravará la falta de integración puesta de manifiesto desde que el número de socios aumentó a 25. Y el rechazo de la Constitución Europea también subrayó el malestar de la ciudadanía ante la ampliación y, sobre todo, la oposición al ingreso de Turquía, república laica, pero con una población (70 millones) mayoritariamente musulmana. Por todo esto, la empresa de reactivar el proceso comunitario, cuando la Unión Europea cumplirá cincuenta años en el 2007, no será fácil. Pero Europa necesita el impulso que Alemania pretende dar. La Unión Europea necesita definir qué es y hasta dónde quiere llegar.
En diciembre del 2005, los dirigentes europeos, después de vencer la resistencia de Austria, aprobaron la apertura de negociaciones con Turquía, aunque las condiciones anunciadas ya indicaron que el proceso va para largo y sin garantías de que Turquía acabe entrando en el plazo de diez o quince años. Los meses transcurridos desde entonces no han hecho más que dificultar el proceso de integración de Turquía, que sigue sin cumplir los requisitos comunitarios. ¿Qué explica, entonces, que la elite política europea no diera un portazo a Turquía? ¿El propósito de no facilitar la involución en una república laica que puede ser un modelo para los musulmanes? ¿La presión de Estados Unidos y el Reino Unido, grandes aliados de Turquía? Hay algo de las dos cosas, aunque existen tantas razones como socios europeos. Alemania, con una histórica comunidad turca en su seno, teme que el ingreso turco sea el preludio de una avalancha inmigratoria. Londres también es transparente: está a favor porque considera que el ingreso turco diluiría la comunidad.
La Comisión Europea ha calculado que el ingreso turco aportaría pocos beneficios económicos. ¿Qué tiene, entonces, Turquía que sea interesante? Un informe de la Comisión Europea lo dice: Turquía, por su valor geoestratégico, es decisiva para la estabilidad en el Mediterráneo, Oriente Medio, el Cáucaso y Asia Central. Los turcos, que han aceptado las condiciones para ingresar, pero aún deben cumplirlas, se ven a sí mismos como un puente entre culturas; los occidentales los contemplan como una barrera. Pero Turquía es un actor en una zona con petróleo y conflictos. Y su importancia geoestratégica, tanto militar como por el oleoducto que suministrará petróleo del Caspio a Europa, no se limita a Oriente Medio (desde 1996 tiene un pacto estratégico con Israel), el Cáucaso o Asia Central. Turquía también forma parte de la seguridad europea. Y a Europa, una vez ampliada la OTAN por el este, se le disparan los desafíos por el sur.
Turquía es un Estado pivote. Para ser un Estado pivote es necesario ocupar un lugar clave en el mapa y tener suficiente peso demográfico, económico y militar. Turquía reúne las tres condiciones. Su ejército es el segundo, por detrás del estadounidense, entre los 26 miembros de la OTAN. Históricamente, la OTAN ha actuado como si fuera un eje, pero, en realidad, es un triángulo. Uno de sus lados, el que va de Estados Unidos a Europa, ha dejado bastante que desear en la posguerra fría. Otro, de Estados Unidos a Turquía, parece fuerte. Y el tercero, entre Turquía y Europa, es manifiestamente mejorable. En definitiva, si Turquía debe definirse para entrar en Europa (democratización, derechos kurdos, ocupación del tercio norte de Chipre, derechos humanos), la Unión Europea, que ha aceptado el ingreso del Chipre dividido, también se definirá con el tratamiento que dé a Turquía.
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