«¿Cómo vamos a vivir con 120 euros al mes?»

La Verdad, 03-12-2006

Si su color de piel fuera blanco y hubiese nacido en España, lo más probable es que Balá estuviese a estas horas preparándose para ir a la Universidad o a un trabajo más o menos confortable. Pero no es así. El destino quiso que naciera, hace 23 años, a muchos kilómetros, en el continente más castigado y vilipendiado de la Tierra. Hace siete meses abandonó su pequeño pueblecito de Mali, y ahora amanece cada día en la gasolinera de El Rollo, en el barrio del Carmen, donde espera a que algún furgonetero lo recoja para llevarlo a trabajar al campo. «No me pagan más de 25 o 30 euros todo el día, por ocho o nueve horas», cuenta. No tiene papeles, como tantos otros cientos de subsaharianos llegados desde el puente aéreo de Canarias. «A los que tienen papeles les pagan por hora, pero a nosotros no; hacen lo que quieren», explica Balá. Son los últimos del escalafón, marginados entre los excluidos. «Cuando quieren nos pagan y cuando no, pues no lo hacen», dice resignado. Ganar más de 150 euros al mes en estas condiciones es todo un logro. Pocos son los que se atreven a denunciar por miedo a su expulsión de España. Así que quedan a merced no ya de los empresarios, sino de los intermediarios que los subcontratan y los llevan en furgonetas a recoger limones u hortalizas. Encargados que muchas veces son también inmigrantes, sobre todo ecuatorianos, y que cobran del empresario una cantidad que, en principio, deben repartir a sus subordinados. Así que, mientras muchos patronos miran para otra parte, la mano de obra subsahariana trabaja en unas condiciones que no se recordaban en España desde el siglo XIX. «Estuve esperando 40 días a que el encargado me pagase», se queja un amigo de Balá, también de Mali.

Son ya las siete de la mañana, y cerca de un centenar de inmigrantes, la mayoría subsaharianos, lleva esperando en El Rollo desde las cinco de la madrugada. Las furgonetas han ido recogiendo su carga, y a esta hora los que quedan tienen ya pocas esperanzas de que hoy haya trabajo. Balá pasará el día vagando por la ciudad, haciendo tiempo hasta que llegue la hora de comer en Jesús Abandonado. La tarde será una repetición de la mañana, y por la noche volverá a dormir al albergue de la carretera de Santa Catalina. Llegó a Murcia proveniente de un avión desde Canarias. El cayuco lo llevó desde Senegal a las islas en un viaje que prefiere no recordar. Ahora, espera poder refugiarse en casa de algún conocido. Entre los inmigrantes del Rollo, la solidaridad por nacionalidades funciona. Los llegados de Mali se ayudan entre sí, igual que hacen los senegaleses. Algunos comparten vivienda con hasta ocho compatriotas, en casas del cinturón de Murcia que cualquier otro rechazaría por su estado.

«Más difícil que antes»

«Cómo vamos a pagar un alquiler con 120 euros», se queja Makan, también de Mali. Tiene 25 años y lleva dos en España, lo que le permite conocer mejor el idioma y estar más informado. Como el resto de sus compañeros, ve pasar las horas en El Rollo. Son ya casi las ocho, y la última furgoneta acaba de irse. «Esto está mucho más difícil que antes; después del proceso de regularización siguen contratado a gente, pero menos que antes», dice. Además, es mala época. «Hasta hace poco estábamos con el limón, pero esta semana no hay trabajo».

Casi 3.000 subsaharianos comparten la situación de Makan y Balá en la Región, según las organizaciones no gubernamentales. Muchos esperan una furgoneta que les lleve al campo. Otros optan por vender en el top manta. Cada cual busca la fórmula para salir adelante o para pagar las abultadas deudas contraídas con la mafia que los trajo a España. No era esto lo que esperaban cuando abandonaron su patria.

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