El viaje de Luis y Geraldine
La odisea de dos niños mexicanos que acabaron cruzando en el maletero de un coche la frontera entre Tijuana y EE UU, donde les aguardaban con el alma encogida sus padres, inmigrantes ilegales y un hermanito
Diario Vasco, 03-12-2006TIJUANA. DV. Antes de emprender el viaje a la frontera, Susana Soriano llevó a sus dos nietos Luis y Geraldine, de 12 y 10 años, a la Basílica de Guadalupe para pedir a la patrona que los protegiera en tan peligrosa aventura. Su bisabuela les colgó del cuello un pequeño escapulario mientras, al otro lado, en California, los padres de los chicos encendían dos cirios bajo el cuadro de la Virgen de Guadalupe que preside su salón.
La angustia no había hecho más que empezar. En los próximos días Nancy, la madre, tendría pesadillas y perdería el sueño pensando en cómo estaba poniendo en peligro a sus hijos por perseguir el sueño americano. Ella misma había pasado por la misma experiencia siete meses antes. Entonces había hecho pasar a Iván, el más pequeño de sus tres hijos. Iván tuvo suerte. Lloraba tanto que la ‘pollera’ – anciana encargada de hacerle cruzar la frontera – apresuró la entrega para librarse de él. Pero le faltaban Luis y Geraldine. La separación se hizo insoportable. Hasta que una noche Susana habló con su nuera y le convenció de que, a un lado o al otro del río Bravo, los chicos tenían que volver con su padre.
Juan se había marchado a California apenas nació Iván. Desde que empezó a hablar, el niño se sentaba en los escalones de casa y llamaba papá a todos los hombres que pasaban por delante. Pero para cuando la ‘pollera’ le hizo cruzar la frontera y se lo entregó a su padre, tres años después, el niño sólo acertó a decir: «¿Señor, ayúdeme!».
Desde entonces Luis y Geraldine esperaban su turno. Lo que no impidió el vértigo de la partida. «No llores más, Luis», le regañó Susana, «que van a pensar que te estoy llevando a la fuerza y nos van a poner problemas en el aeropuerto». El niño se revolvió. «¿Lo dices porque tú no dejas a nadie atrás!». Se refería a su otra abuela, a sus tíos, a sus amigos… Si conseguía cruzar la frontera para reunirse con sus padres y su hermanito, nunca volvería a ver a los demás familiares y amigos en Ciudad de México. Es el precio que pagan los ilegales por escapar del país. Volver de visita supone jugarse de nuevo la vida y pagar miles de dólares.
Los 4.000 dólares (unos 3.000 euros) que la Hacienda estadounidense le ha devuelto a Juan, que trabaja en una fábrica con papeles falsos, pagarán el viaje de los dos niños. Hasta los 15 años les basta con un certificado de nacimiento que dé el pego, y de eso se encargan los ‘coyotes’ que les pasarán a EE UU. A los adultos les cobran el doble, porque falsificar pasaportes es más arriesgado.
«Aquí a cada rato se extravían los pasaportes y los papeles», dice irónico René, el pariente de Susana que les albergará durante la espera en Tijuana. «Vienen muchos americanos que entre el tequila, la revolución y Viva Zapata se ponen los brazos en jarra y ya no saben ni dónde llevaban los papeles».
Tráfico de vidas y drogas
Sus documentos acaban en manos de los muchos traficantes de vidas y drogas que habitan en esta puerta del desierto. El centro de Tijuana no está en medio de la ciudad, sino pegado a la verja que separa México de EE UU. En esas primeras calles se agolpan prostitutas, burdeles, ‘coyotes’ al acecho de clientes a los que sacarles hasta el último peso, y narcos con sus ajusticiamientos, que dejan el cadáver desmigajado entre Ensenada y Sonora.
«Trabajo no falta», dice René, «Aquí el que no trabaja es porque no quiere». Los muchos que se quedan sin el sueño americano y con los bolsillos vacíos entran como jornaleros en alguna de las fábricas de ensamblaje que los estadounidenses montan en el lado más barato de la frontera y cuelgan su casa en los cerros jalonados de chavolas.
Allí donde se acaba el asfalto y las calles no tienen nombre es donde vive René. Han sido 45 minutos desde el aeropuerto, la mayor parte del camino serpenteando carriles de terracería que surcan los cerros como cremalleras de miseria. Los perros se esconden del sol plomizo debajo de los coches y los niños escapan de las chapas recalentadas de sus casas.
En la puerta de la calle sin nombre hay un buzón, pero René aclara que el cartero no pasa. «Por aquí no pasa más que la patrulla pa’ cobrar», se ríe, «y el que trae la factura del teléfono».
Ése es el único servicio que tienen. No hay alcantarillas ni desagües. Una letrina en el terraplén y un cable de luz robado que cuelga de una casa a otra, medio pelado por tramos. «Bienvenida a mi humilde casa», dice René azorado.
Los dos niños acaban frente a uno de esos tugurios de putas y ancianas expertas en el paso de la frontera donde su abuela y esta periodista se albergan para vigilar la casa donde los esconden. El cartel dice: ‘Se cuidan niños’, una coartada perfecta para disculpar la presencia esporádica de pequeños camino de reunirse con sus padres en la otra California.
«¿Y qué tal si la pinche vieja se nos roba?», le preguntó Luis a su abuela antes de que se lo llevara la ‘pollera’. «¿No digas bobadas!», le atajó asustada su hermana, como si expresar los temores en voz alta ayudase a convertirlos en realidad.
Nadie quiere hablar de ello, pero las posibilidades pasan por la mente de todos. El tráfico de niños para explotación sexual o incluso para venta de órganos no es ningún disparate en Tijuana. Por eso cuando la señora que viene a recogerlos comenta «lo guapos que están estos niños», a su abuela se le sobresalta el corazón. Intenta atar en corto la vigilancia, con el ruego de poder seguirlos en el coche hasta que vayan a pasar la frontera, pero su celo despierta otros temores. «Si andan detrás nuestra nos van a chingar, que aquí en Tijuana hay que andarse con mucho cuidado».
El pacto final es que la abuela y esta periodista, que nunca revela su profesión, esperen en el burdel de enfrente. El tiempo que tarden en salir, dicen, dependerá de lo que tarden en aprenderse su nueva identidad, el nombre de sus nuevos padres, la dirección en California y todos los detalles de su falsa vida. La señora duda a la hora de dar su teléfono. «No, mejor llamen a mi comadre Cristina, en Los Angeles, para que les diga cómo van las cosas, que es muy celosa y luego se cree que le estoy tratando de quitar los clientes».
La fachada de su comadre Cristina es una tienda de ropa en Los Angeles, desde la que regenta una red de mujeres que cruzan a los niños en coches con matrícula de California. Lo que no cuentan es que la que tiene que pasar a Luis y a Geraldine se encuentra en ese momento en la cárcel. Están tan acostumbradas a entrar y salir de prisión, que ya le tienen preparado el siguiente encargo.
Sospechas en el burdel
Un día y una noche en el burdel desatan las sospechas. «Oigan, ¿a qué vinieron al hotel?». Un helor en la sangre. Afortunadamente, él mismo proporciona la excusa. «¿No estarían esperando para cruzar la línea?». «Eso mismo», le decimos, «pero la persona a la que estábamos esperando no apareció». «¿Pues haberlo dicho antes y ya las habríamos cruzado! Dicen que al que no habla Dios no le escucha», nos regaña. Balbuceamos excusas, nos hacemos las ignorantes. «¿Tienen a alguien que responda de ustedes al otro lado?». He ahí una pregunta con trampa. Si consigue el teléfono de quien nos espere en EE UU, es probable que le llamen para pedirle dinero a cambio de entregarnos, mientras nos retienen secuestradas. Si no, significará que el dinero para el pago lo tenemos nosotras, y les bastará con darnos una paliza para quitárnoslo. Afortunadamente, ‘el efectivo’ (el experto para el paso clandestino) nos dice, no se encuentra a mano, y nos pide que volvamos en tres horas, tiempo que utilizamos para poner pies en polvorosa.
Pero las desventuras no acaban ahí. Al amanecer la señora cancela repentinamente la operación. «Los niños están demasiado grandes, ahora no los podemos pasar». Luis y Geraldine parecen sucios y sudados, con los ojos llorosos y la mirada desvalida. «Ya no llores más, hijo, que nos vamos de aquí», les dice Susana.
«¿Se los llevan?», pregunta sorprendida la oronda mujer de aspecto tosco. Entonces nos explica. Hay mucha descoordinación entre ‘coyotes’ y ‘polleras’ a ambos lados de la frontera. «Yo creo que a la señora que los iba a cruzar no la dejaron salir (de la cárcel)», nos confía. «Es que ya ha estado dentro antes».
Los niños no han cruzado pero al menos siguen aguantando. «Olía bien feo ahí, había chinches en la cama, cucarachas por todos lados ¿y hasta una rata muerta!», farfulla Luis. No miente, tiene las piernas y los brazos llenos de picaduras. En los dos días que han pasado escondidos apenas han comido una sopa de lata.
Reciben una llamada de su madre. Susana apremia a Geraldine a que se seque las lágrimas. «Anda, que no te oiga tu madre llorar», dice al pasarle el teléfono. «Sí, mamá», repite una y otra vez sin entrar en la conversación. No le salen las palabras entre tanto sollozo atragantado.
La aventura de las abuelas ha terminado. Habrá que buscar un nuevo contacto. René se pone a dejar recados entre sus conocidos. El siguiente intento será para hacer pasar a Geraldine. Esta vez la acompañará a pie una chica de 18 años. Se harán pasar por hermanas. Geraldine ya tiene su partida de nacimiento falsificada y se ha aprendido su nueva identidad, pero los agentes de inmigración tienen un sexto sentido y deciden entrevistarlas por separado. ¿Cómo se llama tu maestro? ¿Sois hijas del mismo padre? ¿A qué escuela va tu hermana? Las dos pasarán esa noche en la oficina de menores que el Gobierno mexicano tiene en la frontera. Al recogerla por la mañana, Susana tiene que firmar un documento por el que se hace responsable penal si vuelven a intentar salir del país de manera irregular.
Geraldine suplica que se vuelvan a casa. Por nada del mundo quiere volver a sufrir otra experiencia como ésta, pero a la tercera irá la vencida. Los dos niños acabarán pasando la línea en el maletero de un coche, junto a otro joven mexicano a quien no conocen. Al volante, un matrimonio estadounidense y su bebé propio. De una manera o de otra, la frontera siempre se pasa.
(Puede haber caducado)