«Mi familia lo sabe. Comemos de la basura»

Al caer la noche, los contenedores próximos a los supermercados reciben un goteo incesante de «buscadores» de desperdicios - Indigentes, necesitados, padres con sus hijos y hasta una dueña de un restaurante recogen lo que tiran los demás

La Razón, 02-10-2006

Javier Romero

MADRID – Corral y Amaya ya tienen la cena: algo de verdura, carne y yogur.
Eso sí, todo de la basura. Menú equilibrado: lechuga iceberg de aspecto
bastante dudoso – salvarán el centro – filetes de lomo aún en su embase
rescatados del contenedor amarillo y, de postre, yogur a un día de
caducarse que podrán tomar en cantidad. Esta ha sido noche de suerte. La
búsqueda se ha dado bien, pero no lanzemos las campanas al vuelo, es
jueves y hay que gardar, las noches del viernes con tanto ajetreo se
complica la labor. Cuesta entenderlo, embuidos bajo la tapa del contenedor
los dos jóvenes parecen absortos en su tarea. Solo lo parecen, en realidad
no quitan ojo a lo que se cuece a su alrededor. Se meten hasta el fondo,
abren uno, cierran otro y vuelta a empezar. Hay que remover bolsas de
basura, cartones, bricks y desperdicios para tener una buena presa. Pero,
algo siempre salvan.
Corral tiene 16 años, es de Ecuador y está de
paso . Viene de Granada y desconoce su próximo destino. Sólo quiere pensar
en el ahora, y su ahora está en Madrid. Se describe como «bohemio», vive y
trabaja en la calle, siempre al descubierto, a cuestas con un pequeño
tenderete de collares y pendientes de alambre y pulseras de hilos.
Aunque utiliza sus bártulos como trampolín, apenas alcanza a llegar al
fondo por lo que se sirve de maña y equilibrio para recoger los filetes
que rozan el suelo. Su trabajo le apasiona pero dice «hay muchos días que
no me da para comer, sobretodo cuando llega el invierno y encontrar
turistas es una putada».
Le encontramos junto a una joven
Amaya, que sonríe y pasa de puntillas la historia de su amigo con cara de
haberla escuchado hasta la saciedad. Es su confidente y cómplice en la
búsqueda. Corral la hace partícipe de la conversación pero se muestra
reacia a hablar de su vida, no se fía. Hoy revuelven los contenedores a la
altura del número 32 de la calle Toledo, frente al local de una cadena de
supermercados. «No te imaginas lo que tiran. A veces me da vergüenza de
que tanta comida acabe en la basura». E insiste, «hay de todo, sobretodo
verdura fresca, pescado, productos a punto de caducar, ¡mirá!, en ese de
ahí hay un paquetón de carne».
Corral dice que come
de los contenedores por necesidad, no por gusto. No se averguenza de ello.
«La gente nos mira con desprecio, pero yo paso». Aún así, le cuesta
mantener la mirada, está atento a todo el que pasa, que a su vez, no nos
quitan ojo.
Pregunta obligada sobre si su familia sabe lo que hace.
Corral, contesta sin pensarlo: «Claro que lo saben. Están en Ecuador y
allí se pasan por los mercados cuando estan echando el cierre y recogen
todo aquello que los puestos tiran». Y tú, ¿también buscabas en la basura
en Ecuador? «Pedía por la calle y había señores que siempre me ofrecían
algo de comer. Por la noche, toda la familia juntábamos lo que
conseguíamos».
Corral es nuevo por las basuras que rodean
a la Plaza Mayor. «Esta zona no la controlo, me muevo más por Usera».
«Siempre me suelo encontrar con la misma gente, desde niños pequeños,
ancianos, gitanos, moros», cuenta. «Algunos piensan que el contenedor es
suyo y nos enzarzamos en peleas. A veces, parece la guerra. El otro día
una mora se dio de ostias con dos rumanos, o algo así. Yo pasé, no quiero
líos».
Al caer la noche los contenedores del centro, sobre
todo aquellos cercanos a comercios de alimentación, se llenan de
visitantes. Es un goteo incesante durante los treinta minutos siguientes
al cierre.
Pero la historia de Corral y Amaya no es la única de la
noche. Dos calles más allá de la céntrica Toledo un padre de familia
remueve un contenedor sin caer en la cuenta que los viandantes le
observan. Busca algo comible para salvar la cena. «No cojo de un día para
otro. Solo pienso en esta noche». Duda en presentarse pero al final nos
cuenta que se llama Alfonso y tiene cuatro bocas que llenar. Su mujer y
tres hijos, de dos, cinco y siete años le esperan en su casa para cenar.
Tiene prisa. No tiene trabajo y los contenedores son su única fuente de
alimento. Busca y busca, y va llenando una bolsa de plástico con restos de
bollería, desperdicios de fruta y verdura. Todo le vale incluso una
mesilla medio destartalada que espera el Servicio de Recogida de Muebles
viejos.
Su mujer es plenamente consciente de donde sale la comida.
«¿Qué si lo saben? Comen de ello». Alfonso ha pasado en un año por cuatro
trabajos pero en ninguno ha cuajado. Desde la construcción a ayudante en
Mercamadrid, pero «no me quieren en ningún sitio», bromea. Y, ¿el paro?
«Duro tan poco tiempo en cada curro que no llego a cobrarlo nuca», afirma.
Pero,no pierde la esperanza. «Algún día espero terminar colocado en una
multinacional», se ríe. Al igual que Corral, también asegura que busca
comida en los contenedores por necesidad y para convencernos, nos invita a
que visitemos la ruina en la que vive su familia.
Para Alfonso esta
también ha sido noche de suerte, ha encontrado cena para los cinco. «No
todos los días se da así de bien», afirma Alfonso, que recuerda etapas
mejores hace tan solo un mes antes de que el supermercado cambiase de
dueños y decidiese suprimir las secciones de productos frescos. «Antes nos
llevábamos de todo, hasta huevos, ahora es más difícil encontrar algo que
llevar a mis pequeños».
Alfonso no deja ni un sólo hueco
por mirar, repasa una y otra vez los tres contenedores que tiene delante y
remueve sin miramientos todo los restos y desperdicios que se le vienen
encima. Su ropa aparentemente normal deja ver de cerca zonas raidas y
agujeros parcheados. Con la bolsa llena sigue su ruta a por otro
contenedor.
Los vecinos y comerciantes de la zona Centro, Latina o
Lavapies están acostumbrados a tropezar a diario con indigentes y
necesitados en busca de comida en los contenedores. Jose Manuel Gutiérrez,
vecino de la calle Toledo, comenta que «mientras no se metan con nadie, no
hacen daño». «Hay días en los que ves a familias enteras buscando comida y
de todo, porque todo les sirve. Se van cargados», afirma. Es una imagen
cotidiana pero al pasar por el contenedor se gira a observar la faena de
Alfonso.
«Te habituas a verlos»
Jorge, uno de los encargados de los supermercados de una famosa cadena,
que copan las calles del centro, relata que «todos los días hay
indigentes, mendigos y gente de lo más variopinta a la espera de que sobre
las diez de la noche saquen los contenedores a la calle». «El primer día
te sorprende, luego te habituas a verlos y no voy a decir que entables
amistad, pero te cuentan su historia». De lo más curioso que he visto –
dice – una mujer, que me parece recordar que se llama Adela, que viene
todas las noches con un carro para recoger comida para un restaurante de
la Cava Baja. «Y la mujer lo cuenta con total naturalidad», explica entre
risas. «Imagínate que te sientas en un restaurante y te ponen cosas
caducadas y recogidas de la basura». Bueno siempre te queda el queda el
consuelo de no saberlo y comértelo. «La reconocereis porque viene con un
carro y se lo lleva a rebosar». Adela esa noche no aparece, pero su
restaurante sigue dando de cenar.

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