Cien días de duelo

La Voz de Galicia, Alma Ruiz, 06-11-2026

Ceuta ha vivido en cien días las fases de un duelo. La ira, el miedo y una aceptación que aún no llega han cambiado la ciudad para siempre, y dejan una lección para el resto de España.

La tradición democrática concede cien días a un gobierno antes de juzgarlo, una tregua con algo de duelo: el tiempo que necesitamos para pasar de la negación a la ira, y de la ira a cierta aceptación.

Mañana se cumplen cien días desde que, el 30 y el 31 de julio, Ceuta registró unas 72.000 entradas, según Interior, y más de 96.000, según las autoridades de Ceuta, la mayoría a nado, con un balance de entre 75 y 88 muertos. Mi ciudad todavía no ha llegado a la aceptación y ha cambiado su forma de vivir y de votar.

Lo que separaba antes a los ceutíes, lo que la ciencia política llama clivaje, pasaba por la comunidad de cada uno y por su renta, pero tenía un suelo común debajo: sentirnos españoles y querer vivir en paz.

Ese suelo se resquebrajó en julio. Hemos visto a vecinos sacar lo mejor y lo peor de sí mismos, y a mucha gente tribalizarse entre los suyos. Karen Stenner lo llamó en el 2005 «dinámica autoritaria»: la intolerancia que una parte de la población guarda dormida despierta cuando siente en peligro la autoridad y los valores comunes. La línea nueva parece separar a los ceutíes de ferri, que miran a la península, de los ceutíes de frontera, con la vida también al otro lado, y no coincide del todo con la religiosa.

Esa fractura llega a las urnas, y el duelo por el diputado puede ser el más ajustado en treinta años, por debajo de los 3,9 puntos con que lo ganó Vox en el 2019. La posición más comprometida en este proceso es la del Partido Popular, que en Ceuta venía siendo uno de los últimos bastiones de su alma democristiana y ahora se ha visto empujado por el foco nacional a un discurso contra la migración que le queda incómodo.

Vox apunta a ser el primer beneficiado entre quienes no tienen a nadie al otro lado, porque convierte el miedo en identidad frente a la «agresión marroquí», con promesas que se cumplen mejor en un plató que en el espigón del Tarajal.

El PSOE, pese a lo que considero errores en la elección de su candidatura, puede ser en los barrios periféricos el antivoto frente al racismo y la ruptura de la convivencia.

Lo ocurrido en mi ciudad es un eco que rebota por el resto del país como en un patio de vecinos. Es la duda de si tu vecino es un aliado o una amenaza, y la polarización que nos empuja a votar mirando de reojo, con el dolor de Urda todavía encima. En ese clima, el PSOE puede recoger el voto de quien teme una involución de la mano de los movimientos reaccionarios. Al PP, entre el miedo de unos y la rabia de otros, le costará retener a la vez al votante moderado y al duro.

Estos cien días han convertido Ceuta en un ensayo europeo de las elecciones que vienen. Hemos vivido la lucha por la identidad y la contradicción entre el humanismo y la autodefensa, y hemos sobrevivido a la desinformación y al miedo. Los partidos tienen en esta campaña la oportunidad de aprovechar ese aprendizaje y de tomarse en serio ese dolor, que es lo único que puede acercar a la ciudad a la aceptación.

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