La travesía clandestina de un joven marroquí de Ceuta al norte de España gracias a BlaBlaCar: "Así evité los controles y tener que identificarme"

Hamza ya tiene trabajo como repartidor, cuenta bancaria, tarjeta sanitaria y abono transportes. "La expulsión llega cuando uno no se integra", cuenta

El Mundo, , 03-11-2026

«Ponte algo reflectante para que te vea en el mar y entra nadando todo lo que puedas». Hamza (nombre ficticio) abandonó Ceuta, tras su entrada a nado el pasado 30 de julio, en una huida de película. Clandestina, rápida, con lo puesto y sin mirar atrás. El joven logró burlar todos los controles policiales porque tenía claro que su objetivo era llegar a la Península. «En Ceuta no hay tantas oportunidades. Uno quiere aspirar a más, llegar más lejos», dice ya instalado en una ciudad del norte de España que prefiere que no se mencione.

Hasta entonces, se encontraba en la barriada de El Príncipe de la ciudad autónoma. Allí residía en casa de un chico al que pagaba 150 euros al mes por el alquiler de una habitación pequeña. A la vez trabajaba para una empresa marroquí de telefonía y electrónica. «Yo siempre teletrabajaba, por eso no había problema y lo podía compaginar», dice. Tras hablar con un conocido de origen marroquí que ya vivía en la Península, comenzó a gestionar su salida. «Fuimos juntos al instituto de pequeños», dice Hamza sobre su amigo.» Ahora él trabaja como mecánico de barcos en una ciudad del sur de España».

Sobre este amigo poco se puede contar por su vinculación con las mafias que operan en el sur de nuestro país. «En el día a día lleva una vida honrada arreglando las embarcaciones de particulares, pero, cuando las narcolanchas se averían, él las arregla en alta mar. Es un trabajo extra», cuenta.

Cuando este conocido vio la posibilidad de sacar a Hamza de Ceuta, le llamó. Se trataba de un favor personal, pues estos trayectos se están pagando en la actualidad a unos 9.000 euros. Pero ellos son amigos de la infancia. «Me dijo: ‘Bájate a la playa de San Amaro’». Y Hamza lo hizo. Pasaba la medianoche. Se metió en el agua con la ropa puesta y nadó unos 70 metros mar adentro. Sobrepasó las boyas amarillas de la costa y encendió la linterna de su móvil, que había mantenido fuera del alcance del agua. «Así me encontró. No se veía nada, había mucha niebla», describe. Es conocido que este tipo de operaciones se llevan a cabo cuando el mar está en calma y la visibilidad es escasa. «Cuando me encontró, me subí a la embarcación. Era un pesquero de unos cinco metros y medio». Durante el trayecto, su amigo le ofreció mantas para protegerse del frío, «pero con la adrenalina iba cogiendo temperatura», recuerda. Y así comenzó la travesía.

Una vez alejados de la costa, su amigo le instruyó: «Ya puedes avisar a tu contacto en la Península. Mándale esta ubicación». En ese momento, Hamza envió un mensaje a su siguiente «enlace», otro chico de origen marroquí que llevaba tiempo residiendo legalmente en España. Le mandó la ubicación: Cádiz.

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Cuando se aproximaron al peñón rocoso en el que iban a dejarlo, Hamza bajó de la embarcación y caminó entre las rocas durante unos minutos hasta alcanzar suelo firme. «En ese momento le vi. Directamente me subí al coche y cogimos la autopista en dirección a Málaga».

- ¿Por qué te deja en un peñón?, es preguntado por este periódico.

- Es la forma de no tener que pasar un control. Si entras en un puerto, es posible que te pidan la identificación.

Una vez más, Hamza logró evitar cualquier registro o retén policial. Pasó algo más de 10 días en el sur de España haciendo vida normal. Salía a comer o a cenar y compró algo de ropa, pues hasta entonces usaba la que le prestaba su amigo. Sin trabajo y con sus escasas pertenencias, decidió continuar viaje. Con la ayuda del chico que le había esperado, solicitó un BlaBlaCar con destino al norte. «Lo pidió con su DNI y le dijo a la conductora que iría un amigo suyo. Ella accedió y yo me subí al coche».

«De esta manera», reconoce, «te evitas ir a estaciones y no tienes que dar documentación. Si te piden identificarte y no tienes los papeles, van a abrirte un expediente de expulsión». Sabe de lo que habla y conoce la normativa. De ello depende su futuro en España. Es consciente de que un paso en falso puede desencadenar su retorno a Marruecos.

Una vez en el norte de España, encontró una habitación de alquiler anunciada con «posibilidad de empadronamiento». 300 euros al mes. El alquiler se paga en dinero B, sin contrato. Para empadronarse, la normativa permite que, si el propietario firma una autorización, la persona pueda empadronarse sin contrato de alquiler. Hamza asegura que el funcionario del Ayuntamiento no le pidió a su casero firmar ningún papel.

El padrón es un asunto con el que «se hace negocio», asegura este joven: «Buscando dónde quedarme, me llegaron a pedir 300 euros por una habitación más 150 euros al mes por acompañarme al Ayuntamiento y autorizarme la inscripción en el padrón», señala.

Una vez inscrito, este joven abrió una cuenta bancaria y se sacó la tarjeta sanitaria y el abono transporte. Todo ello le permitirá acreditar en dos años su estancia de cara a una futura solicitud de residencia por arraigo. Además, ha conseguido un trabajo como repartidor de paquetería, por el que le pagan también «en B» al final de cada semana. «Cobro 50 euros por semana, pero solo me llaman cuando hay sobrecarga de trabajo», manifiesta. «Me da para pagar comida y una habitación».

Su sueño es regularizar su situación dentro de dos años y dedicarse a la electrónica. Mientras tanto, está apuntado en la lista de espera de un curso de formación público para aprender alguna otra lengua de nuestro país el castellano ya lo habla y quiere realizar una formación para ser marinero. «La expulsión llega cuando uno no se integra», dice. «Hay que intentar aprender, no meterse en líos e ir por el buen camino». Ese es, según Hamza, el secreto para no llamar la atención. El joven sabe que estará, como mínimo, cuatro o cinco años sin volver a ver a su familia. Es uno de los sacrificios que asume para construir una nueva vida. «Necesito estabilidad aquí, buscar un futuro, cotizar, ahorrar y, quién sabe, quizá montar mi negocio en un futuro», dice emocionado.

La historia de Hamza es solo un reflejo de lo que puede estar ocurriendo a mayor escala. Los traslados ilegales a la Península son una realidad contra la que los agentes de la autoridad luchan desde el principio de esta crisis. En tiempos de inestabilidad, las mafias se reactivan y sus actividades repuntan. Hoy Hamza es un joven que vive de manera irregular. En dos años, obtendrá la residencia y comenzarán a computar los 10 años que han de transcurrir para obtener finalmente la nacionalidad: «El río no se llena de un día para otro, es lluvia tras lluvia», sentencia.

Hay otra manera de llegar a España. Con un contrato de trabajo, documentación y cumpliendo las leyes, así vienen miles a trabajar sin tanta peripecia. España está llena de trabajadores extranjeros que cumplen las leyes. Hoy en día no parece que los trabajadores honrados merezcan una mención, un reportaje, una película…

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