Kathleen Belew: “El supremacismo blanco ha entrado en la política de EE.UU.”

La historiadora, autora del libro ‘Traed la guerra a casa’, alerta de la complicidad de Trump con la ultraderecha racista

La Vanguardia, Daniel R. CarunchoDaniel R. Caruncho/Barcelona, 01-11-2026

El fuerte desencanto que generó en EE.UU. el fiasco de Vietnam propició en los años setenta la irrupción de un movimiento que fantaseaba con derrocar al Gobierno para instaurar un régimen supremacista blanco. Esta corriente, integrada por grupos hasta entonces dispersos, como el Ku Klux Klan o los paramilitares de ultraderecha, sería marginal durante décadas, pero ahora goza de legitimidad institucional gracias a Donald Trump. Es la alerta que lanza la académica Kathleen Belew (1981), quien ha trazado la historia del autodenominado poder blanco en el libro Traed la guerra a casa, recién editado en España por Capitán Swing. La autora atiende a este diario por videollamada desde Illinois.

En su libro cuenta que el movimiento del poder blanco surgió tras la guerra de Vietnam, hace ya medio siglo, pero parece que hay poca conciencia de que su historia sea tan larga. ¿Por qué?

El movimiento adoptó una estrategia muy eficaz llamada “resistencia sin líderes”. La idea era que los activistas operaran en células autónomas con objetivos comunes, sin comunicarse con el resto de células o con los líderes. La consecuencia más nefasta de esa estrategia es que, a lo largo de los años, estos grupos han perpetrado una cadena de ataques violentos que se interpretan como hechos aislados, obra de unos pocos locos, en lugar de relacionarlos entre sí. Se habla de “lobos solitarios”, pero todos estos ataques son realizados por personas que comparten manifiestos, tácticas y listas de objetivos.

En 1983, el movimiento supremacista declaró la guerra al Gobierno de EE.UU. ¿Por qué ese giro entonces, en plena era Reagan, un presidente de derechas?

Aparentemente, los grupos del poder blanco tenían mucho que ganar con Ronald Reagan, pero lo que descubren en 1983 es que los cambios que desean son tan extremos que la política convencional no podrá proporcionárselos. Ven que la puerta está cerrada, y deciden emprender una guerra revolucionaria. Ahora la situación es totalmente distinta: esa puerta ya no está cerrada. Estos activistas han entrado en la política convencional: se presentan a elecciones, son incorporados al Partido Republicano, tienen acceso directo a la Administración Trump y muchas de sus propuestas, como las deportaciones masivas, son tenidas en cuenta, cuando no directamente aplicadas.

Entonces, ¿estamos ahora ante el pico del movimiento?

No lo creo. En un futuro veremos este período como una etapa de gran radicalización y reclutamiento. Estamos en una fase expansiva, y el pico queda todavía lejos. Incluso si Trump abandona el poder, suponiendo que haya elecciones en el 2028, esto no desaparecerá de un día para otro.

¿Quién se beneficia más de quién? ¿Trump del movimiento o el movimiento de Trump?

La verdad es que no sé si Trump cree realmente en estas ideas o si solo actúa de manera oportunista. Lo que sí está claro es que no existe distancia entre muchas de sus políticas y lo que el movimiento desea. Pero es difícil saber quién gana más en esta ecuación: hace falta cierta distancia histórica.

Viendo cómo operan agencias como el ICE, ¿los supremacistas ya no necesitan actuar de forma clandestina?

Absolutamente. Activistas que llevaban décadas buscando oportunidades para ejercer la violencia contra los inmigrantes ahora pueden hacerlo cobrando un salario y con cobertura legal.

¿Y cómo se organiza actualmente el movimiento?

Parece que siguen existiendo múltiples direcciones y un liderazgo poco definido. Y aunque vemos a activistas en las instituciones, continúa habiendo grupos clandestinos. Eso indica que la unidad no es total.

Cunde la idea de que el movimiento supremacista está formado por gente poco formada, de clase baja. ¿Tiene algo de cierto ese estereotipo?

Ese estereotipo del movimiento como algo propio de personas de zonas rurales o sin educación es muy perjudicial, ya que dificulta una oposición seria a lo que hacen. En realidad, el movimiento incluye a gente muy diversa, con estudios universitarios y carreras militares complejas.

El movimiento del poder blanco agrupa a tendencias muy distintas: el Ku Klux Klan, veteranos de guerra, skinheads, fundamentalistas religiosos…. La izquierda rara vez actúa tan unida. ¿Cómo se explica esa cohesión?

El motor principal de esa cohesión es la sensación de estar en situación de emergencia, la percepción de enfrentarse a cambios sociales apocalípticos. La izquierda también tiene políticas apocalípticas, pero presta mucha más atención a las divisiones internas que a la necesidad de integrar a todo el mundo. El poder blanco, en cambio, es muy eficiente en eso: sus líderes hablan de cuánto les disgustan los skins, pero los necesitan y encuentran la forma de colaborar. Hoy vemos algo llamativo: hay grupos que están incorporando a personas que en los ochenta no habrían sido consideradas blancas en EE.UU., como los latinos.

Parece que se ha hecho poco desde la justicia para frenar el avance del movimiento, ¿no?

Los tribunales penales han tenido muchas dificultades para responder adecuadamente a este problema, en parte por la organización del movimiento en células y en parte por la manera en que los medios han contado su historia. Curiosamente, las demandas civiles por daños económicos han sido más eficaces. Yo creo que haría falta una respuesta multinivel: comunidades locales, medios, sistema judicial, ejército, FBI… Todos tendrían que reorientarse para hacer frente al movimiento. Pero con Trump en el poder eso está completamente descartado.

La política estadounidense está muy polarizada. ¿El país se dirige hacia un conflicto armado?

La violencia es una posibilidad real en los próximos años, independientemente de los resultados electorales. Pero un conflicto armado a gran escala es menos probable, sobre todo porque no existe una división geográfica clara, como sí hubo en la guerra civil. Si vemos el mapa electoral, hay estados demócratas y republicanos, pero si uno se fija a un nivel más local, todo es menos homogéneo.

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