Dentro del circo de 'gladiadores' indigentes y toxicómanos del clan de los Mindolo: peleas callejeras hasta la muerte por 20 euros

Reclutaban a sus víctimas entre drogadictos sin techo que vagaban por sus dominios, en el polígono Almanjáyar de Granada (donde controlan el lucrativo negocio del cultivo indoor de marihuana ) y les pagaban 20, 30 0 40 euros en el mejor de los casos, a veces con droga, retransmitiendo en directo los combates (por diversión y se investiga si por negocio también). Hasta que la muerte de un hombre nacido en Argelia, de 43 años, destapó el macabro ring de boxeo

El Mundo, Chema Rodríguez, 29-10-2026

Reclutaban a sus víctimas entre drogadictos sin techo que vagaban por sus dominios, en el polígono Almanjáyar de Granada (donde controlan el lucrativo negocio del cultivo indoor de marihuana ) y les pagaban 20, 30 0 40 euros en el mejor de los casos, a veces con droga, retransmitiendo en directo los combates (por diversión y se investiga si por negocio también). Hasta que la muerte de un hombre nacido en Argelia, de 43 años, destapó el macabro ring de boxeo

Es sábado, 12 de septiembre. Pasan de las 21 horas y hace calor, pese a que ya ha anochecido en Granada el termómetro rebasa los 26 grados. En la plaza Rey Badis se arremolinan varias decenas de personas formando un círculo. En el centro, dos hombres pelean a puñetazo limpio. Alrededor de ellos, otros cuatro hombres les siguen de cerca: uno controla el combate, otro lo graba y los otros dos alientan a cada uno de los contrincantes. “¡Mátalo, cuando lo cojas, lo revientas!”, se les ecucha gritar. Todo se retransmite en streaming.

La pelea acaba cuando uno de los combatientes, el de piel negra, el que peleaba sin camiseta, solo vestido con unas calzonas oscuras, cae al suelo tras un golpe fulminante de su adversario. A nadie le importa demasiado, pero Abderrahmane (su nombre real también empieza por A pero no es éste), el que queda tumbado, sin consciencia, tiene una familia en Murcia, sus padres, mayores, viven allí y también su ex mujer y sus dos hijos, a los que nunca volverá a ver.

Llega vivo al hospital, pero los médicos del Virgen de las Nieves le desahucian nada más entrar. Presenta un traumatismo craneoencefálico severo que le ha provocado un derrame cerebral. En cuestión de minutos, fallece.

Luego se sabrá, lo averiguará la Policía Nacional, que ésa no era la primera vez que este argelino, de 43 años, drogadicto y sin techo, se había peleado a puñetazo limpio con otros como él, en su misma situación, en esa misma plaza de la barriada granadina del Polígono de Almanjáyar. Luego se sabrá también que él no lo hacía por diversión, sino por los 20 euros, con suerte 30 o 40, que se ganaba en combates organizados, que de eso se trata, en los que la regla era que no había reglas y los púgiles eran, en realidad, indigentes acuciados por el mono, dispuestos a todo por una dosis de heroína o cocaína. Dispuesto, como le sucedió a Aberrahmane, a perder la vida.

La plaza Rey Badis tiene poco de plaza. No es más que una explanada asfaltada, rodeada de aparcamientos y con algo que en su origen sería un espacio verde con una palmera raquítica. Nada que evoque al tercer rey taifa de Granada que le da nombre, Badis ben Habús, que reinó entre 1038 y 1073. Bloques de tres plantas, de arquitectura humilde, la jalonan.

El lugar no tiene nada de épico y mucho de degradación. No es la arena de un circo romano, pero el clan de los Mindolo, señores del lugar, reyes del cultivo y tráfico de marihuana que en esta zona de Granada es casi una epidemia, han convertido esta plaza, su confluencia con la calle Molino Nuevo, en su particular ring, escenario de combates a muerte como el que le costó la vida a Abderrahmane el pasado 12 de septiembre. Un circo de la humillación en el que se usaba a personas en situación de extrema vulnerabilidad “como diversión”, según cuentan en el Grupo de Homicidios de la Policía Nacional de Granada, cuyos agentes descubrieron que aquella pelea de la que les avisaron a mediados de septiembre no era una simple reyerta y que detrás de la muerte de aquel argelino, nacionalizado español por cierto, había toda una trama organizada.

Retrocedamos a aquel día de nuevo. Abderrahmane llevaba varios meses en Granada, hasta adonde había llegado para someterse a un programa de desintoxicación. Quería dejar atrás la drogadicción que le había costado el matrimonio y por la cual había descendido a los infiernos. Pero no lo logró, en lugar de eso se convirtió en un toxicómano sin techo más de los que se mueven habitualmente por la zona norte de Granada, la más deprimida y conflictiva de la ciudad.

Solía frecuentar el territorio de los Mindolo, una familia sobradamente conocida por la Policía Nacional y que ya había acaparado titulares en 2020, cuando protagonizaron una vendetta con otro clan, el de El Banano, después de que éste provocase de forma accidental el desmantelamiento de una macro explotación de marihuana.

Aquel 12 de septiembre no era muy distinto de los demás y S.M.H., uno de los Mindolo, le ofreció dinero o una dosis de droga no está claro para que pelease con otro indigente de la zona, como ya había hecho dos o tres veces antes. Como en aquellas ocasiones, aceptó el trato y se puso los guantes de boxeo que le ofrecieron los del clan, no unos guantes cualquiera, sino unos profesionales, de los que cuestan 160 euros el par.

Porque en el circo de los Mindolo todo estaba organizado.

F.M.M., destacada figura del clan, el segundo tras el patriarca, ejercía el rol de árbitro y con su bastón, su garrota, golpeaba en el suelo para indicar el comienzo y el fin de cada round. S.M.H., además de reclutar a los gladiadores, era el que se encargaba de, móvil en ristre, grabar y retransmitir el espectáculo. Y por otro lado estaban los que hacían de entrenadores, R.M.M., en la esquina de Abderrahmane, y J.M.M., en la de Zacharia, el otro combatiente y autor material de la muerte del argelino.

Llegar a ellos no fue fácil, pero los investigadores de Homicidios de la Policía Nacional de Granada encontraron una grieta en el muro de silencio que levantaron los Mindolo en su reino de taifas de la marihuana indoor. Hablaron, uno tras otro, con los vecinos de la zona que aquella noche, cerca de las diez, dieron aviso de un hombre tirado en el suelo después de lo que, afirmaron, había sido una pelea con otro toxicómano.

Uno de ellos contó algo más. “Nos dijo que eran dos colegas de la zona que hacían chapuzas, que les conocía a los dos y que se pusieron los guantes de boxeo”. Dio un nombre, el de Zacharia y resultó que esa misma mañana, la siguiente tras la pelea y la muerte del argelino, había un detenido por robo en la comisaría con ese nombre. Le mostraron su fotografía al testigo y… bingo.

Con su detención imputado como autor de un presunto delito de homicidio se cerraba la primera fase de la que bautizaron como operación Gant, pero quedaba por destapar la trama que organizaba los combates en la plaza Ray Badis.

Las fuentes policiales consultadas destacan, en ese punto, un vídeo que llegó a sus manos (que no ha salido a la luz, como otros) y que resultó clave. Las imágenes mostraban a los cuatro sospechosos del clan de los Mindolo, que fueron fácilmente identificados. Consiguieron, en total, cinco grabaciones de otras tantas peleas, siempre en el mismo sitio, con los mismos guantes, la misma humillación…

“Veíamos claro que había una organización”, cuentan los investigadores consultados por Crónica, que incluso compararon los vídeos que habían ido recopilando con veladas auténticas de boxeo para confirmar que había poco de improvisado y bastante de planificación.

Los Mindolo habían montado su particular circo de humillaciones en agosto y habían organizado, antes de la muerte que lo destapó, alrededor de cinco peleas. Lo hicieron, eso está acreditado, “por diversión” y con un componente de aporofobia dícese de la aversión o desprecio hacia las personas pobres o desfavorecidas del que la Policía está igualmente convencida.

Aunque la sospecha, y eso se sigue investigando aún, es que, además del espectáculo, los del clan granadino quisieran obtener beneficios de las peleas. De ahí el streaming y las grabaciones.

En la Policía Nacional creen que ésa pudo ser la intención también, aunque el negocio principal de los Mindolo, la fuente primera de sus ingresos, no deja de ser el cultivo y tráfico de la marihuana en pisos como los que destapó El Banano en plena pandemia.

De hecho, los cuatro detenidos en la segunda fase de la operación Gant tienen, todos, antecedentes policiales y penales por tráfico de droga o defraudación del suministro eléctrico, porque las plantaciones las mantienen con enganches ilegales a la red.

Los cuatro fueron arrestados entre el 13 y el 14 de este mes, casi un mes después de la muerte de Abderrahmane y de la detención de Zacharia. Se habían quitado de en medio tras el último combate y, de hecho, al cabecilla, a F.M.M., alias el árbitro, le sorprendieron en un municipio del área metropolitana de Granada en el que se escondía. Él cayó el primero y a la mañana siguiente, los otros tres, éstos sí en la capital.

La Policía les acusa de homicidio en comisión por omisión (podrían haber parado la pelea pero no lo hicieron), un delito contra la integridad moral y con la agravante, todo ello, de un delito de odio por aporofobia.

En el Grupo de Homicidios de Granada están seguros de que estas peleas “se habrían extendido” más allá del polígono Almanjáyar si no se hubiese parado al clan que las empezó a organizar.

En el mes transcurrido entre la muerte de Abderrahmane y la detención de los Mindolo que organizaban los combates ha sido esencial, destacan en la Policía Nacional, el sigilo con el que han trabajado, manteniendo en secreto, sobre todo, los vídeos que habían ido consiguiendo.

Y todo con un enorme operativo que va más allá del Grupo de Homicidios y se extiende a Seguridad Ciudadana, Policía Judicial, UPR, UIP… “Se convirtió, además, en una cuestión personal”, apuntan los investigadores, que nunca antes se habían topado, admiten, con algo así, con peleas organizadas a muerte con indigentes como víctimas.

Por no mencionar el componente de aversión a los desfavorecidos. Las víctimas eran todas toxicómanos y sin techo. Los había inmigrantes, legales e ilegales, españoles… y ninguno gitano, la etnia de los Mindolo.

Pero la aporofobia es un mal que se extiende más allá del territorio Mindolo.

De hecho, la Encuesta de Indicadores Nacionales de Aporofobia, elaborada por AporoLAB, Observatorio de Aporofobia de la Universidad Ramón Llul ha encendido esta semana las alertas, al constatar cómo el 10,8% de las personas encuestadas relaciona pobreza con pereza o falta de principios morales y el 10,2% asocia a las personas pobres directamente con las adicciones o la inferioridad moral. Por si fuera poco, más de la mitad cree que las personas pobres se acomodan a su situación y pasan a depender de las ayudas sociales en lugar de buscar una salida a su situación.

Abderrahmane había intentado buscar esa salida en el centro de desintoxicación por el que se trasladó a Granada dejando atrás a su familia, con la que no había roto y que le esperaba al final de un túnel del que ya no saldrá. No lo logró y acabó en el circo de los Mindolo a 20 euros (o una dosis) el combate… a muerte.

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