El miedo da otra oportunidad a Netanyahu
El Likud da la vuelta a los sondeos y logra una nueva victoria tras explotar el temor de la mayoría israelí a un Irán nuclear y el racismo hacia los árabes
El País, , 29-10-2026El domingo, dos días antes de la apertura de las urnas en Israel, Benjamín Netanyahu compartió una imagen creada por inteligencia artificial que simulaba la caída de una bomba nuclear (por supuesto, iraní) sobre Tel Aviv. La publicó en sus redes sociales citando a un activista de ultraderecha que advertía del riesgo de un “segundo Holocausto”. Esos días, los autobuses públicos llevaban en los laterales un anuncio electoral con aviones de combate junto a los rostros de Netanyahu y del presidente de EE UU, Donald Trump, y la frase: “Tenemos una sola oportunidad de ganar”. El mensaje estaba claro: votar al Likud es garantía de vida y de victoria; hacerlo a la oposición, riesgo de muerte y derrota, aunque sea Israel (y no Irán) quien tiene armamento atómico y Netanyahu quien diese meses antes por “devastado” el programa nuclear de Teherán.
Este martes, Netanyahu volvió a sacar su viejo manual del miedo. No por la “amenaza existencial” que supone el régimen iraní, sino por un temor aún más arraigado en la mayoría social judía del país: los árabes. Aún cuando son —como en este caso— ciudadanos de Israel, los palestinos siempre son “el otro”, mirado entre desconfianza y la hostilidad.
Por eso, cuando los datos locales de participación daban cuenta de su inmensa movilización, Netanyahu los acusó de “robar” las elecciones, por ejercer masivamente su derecho al voto. Su partido, el Likud, lo ha reiterado este miércoles, ya acabados los comicios.
Difundió también combos de fotos (aparentemente falsas o antiguas) de colegios electorales: a un lado, una cola de votantes en Rahat, bastión de una de las dos listas árabes, Ra’am; al otro, el aula vacía de un colegio electoral en Bat Yam, una localidad en la periferia de Tel Aviv que suele apoyar al Likud. Luego, subió el tono: “¡No les den las llaves del país!”.
Aunque Netanyahu superó sus propios estándares, no era un fenómeno nuevo. Ya en 2015, espoleó a los indecisos con el argumento de que los árabes estaban acudiendo “en masa” a las urnas.
Asa Shapira, experto en comunicación política y análisis del comportamiento de la Universidad de Tel Aviv, destacaba este miércoles en la televisión pública el “gran éxito” de la “campaña del miedo” de Netanyahu. Shapira explicaba que diversos estudios muestran que “la gente con más tendencia a sentir miedo suele votar a la derecha” no solo en Israel, sino en el resto del mundo. Y cómo los mensajes alarmistas que la oposición tildaba de manipulación emocional (caso de la imagen de la bomba nuclear en Tel Aviv) probablemente “sacaron de casa” a los indecisos o “evitaron que votasen a otras fuerzas”. “Es una estrategia efectiva”, porque lanza a los votantes la “pregunta de si están dispuestos a asumir el riesgo del cambio”, resumía.
El éxito —otra vez— de la estrategia se torna cada vez más claro según avanza el escrutinio. El Likud pierde seis diputados, pero supera el millón de votos por séptima vez consecutiva y se mantiene como primera fuerza (con 26 escaños), tras meses apareciendo en segunda posición en los sondeos. Si hoy carece de mayoría para formar Gobierno es en buena parte por el modesto resultado de sus socios, en particular la formación ultraortodoxa Shas. De hecho, la coalición estaría más cerca de los 61 escaños que dan la mayoría si los partidos que representan a los palestinos con ciudadanía israelí no apuntasen a 19 asientos en la Kneset, su máximo histórico.
Dividir el voto
A Netanyahu también le ha funcionado el miedo a dividir el voto. Durante semanas forzó fusiones y machacó a los israelíes para no entregar su confianza a formaciones de derechas sin garantías de obtener representación parlamentaria. Al que más deslegitimó, Amjá Israel, se ha quedado lejos (tiene poco más de 78.000 votos). Otro de ultraderecha, Noam, apenas llega a 7.500. De hecho, la única formación pequeña aún con posibilidades, aunque escasas, de entrar es precisamente la que no se adscribía a bloque alguno: Los Reservistas.
Todo eso estaba muy presente en la madrugada del miércoles en el Centro Internacional de Convenciones de Jerusalén donde Netanyahu celebraba su horizonte de victoria. Sin mayoría, pero victoria. “Hay una cosa incontestable: el Likud es la primera fuerza de Israel”, decía entre aplausos y pancartas con la frase Netanyahu lucha por todos. “¿Os acordáis cómo los medios de la propaganda manipularon el fenómeno dando al Likud 18 o 19 escaños? […] Solo querían quebraros para que no fueseis a la urna”.
Las pantallas emitían en bucle un vídeo con imágenes de bombardeos y conquistas en Gaza, Líbano y Siria, y loas a Netanyahu de Trump o del presidente de Argentina, Javier Milei. Una canción condensaba cómo perciben muchos al primer ministro: “Todos decían que se acabó. Esperaban que cayera, que se viniera abajo. Pero, incluso cuando el mundo entero está en su contra, Netanyahu no se rinde”.
Amit Segal, uno de los periodistas israelíes más próximos a Netanyahu, reflexionaba sobre por qué el bloque judío de oposición se queda en un número modesto de diputados (48 de 120) después de organizarse de forma “meticulosa, eficaz y enérgica” y de que decenas de miles de israelíes volaran desde el extranjero (donde carecen de la posibilidad de votar) para votar contra Netanyahu. “La energía se vio superada por la demografía”, señalaba sobre una realidad impepinable: los dos colectivos que más hijos tienen en Israel son los ultraortodoxos (6,5 de media) y los nacionalistas religiosos (casi cuatro) y ambos votan masivamente a la derecha. Los 640.000 nuevos votantes en estas elecciones apenas conocen más primer ministro que Netanyahu y son más de derechas que sus padres y sus abuelos, según distintos análisis.
Segal señala cómo responden parte de los israelíes cuando se enfrentan a dos opciones, una que les incomoda y otra que les disgusta. ”Puede que la gente rechace la evasión del servicio militar por los ultraortodoxos, pero tampoco considera que la solución sea formar un Gobierno en minoría que dependa de personas que se negaban a servir —en respuesta a la reforma judicial— y de sectores antisionistas. Quizás les repugnara escuchar a los ultraortodoxos cantar ‘No creemos en el régimen de los sionistas’, pero también les horrorizó oír Biladi, Biladi [“Mi país”, en árabe, el himno palestino] en la sede de la Lista Conjunta”.
Un ejemplo es Kiriat Shmoná, un bastión del Likud en la frontera con Líbano. Es la papeleta que depositó la mitad de su población en los anteriores comicios, en 2022, el doble que la media nacional.
Los análisis apuntaban a una huida de votos este martes hacia las fuerzas de oposición, por el enfado hacia Netanyahu por prometer una victoria definitiva sobre Hezbolá y aceptar un alto el fuego impuesto por Trump, más una sensación general de abandono a su suerte. Su alcalde, Avijai Stern, es del Likud, pero se ha mostrado crítico con Netanyahu.
Kiriat Shmoná ha sido finalmente fiel a Bibi, como todos llaman a Netanyahu. En un 48%, según el desglose por localidad en la página web del Comité Central Electoral. La segunda fuerza, el partido de Eisenkot, obtuvo solo un 10,6% de los sufragios.
El alcalde lo explicaba así este miércoles en televisión: “Al final, la gente vio los lemas, los altos datos de participación en el público árabe y no quiere volver al 8 de octubre [de 2023, cuando Hezbolá inició una guerra de baja intensidad tras el ataque de Hamás] y al miedo a la infiltración [de sus milicianos]. Es lo que más miedo da a quien vive en la frontera”.
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