Abdul El-Sayed, el demócrata musulmán que desquicia a Trump: "Es un yihadista"
El candidato al Senado por Míchigan que entusiasma a los jóvenes y a los árabes tiene una ligera ventaja sobre su rival republicano Mike Rogers
El Mundo, , 28-10-2026Hace dos años, Farah Khan estaba furiosa, muy furiosa. Votante y activista demócrata de toda la vida, fue sin embargo una de las fundadoras y de las voces más activas de Abandonemos a Harris, un movimiento contra la vicepresidenta y candidata del partido que aspiraba a derrotar a Donald Trump por su posición sobre Israel y Gaza. “Quiero que paguen, quiero castigar a los cómplices del genocidio”, dijo a EL MUNDO hace dos años en un café de Dearborn, la localidad árabe por excelencia de Estados Unidos. Dos años después, Farah sigue furiosa, pero su rabia ha mutado y no le impide votar, hacer campaña y pedir el voto para Abdul El-Sayed, el aspirante demócrata a senador que más desquicia a Donald Trump y a los republicanos.
“No le doy mi lealtad ciegamente a ningún partido. Soy leal a Abdul mientras sus valores, sus políticas, sus declaraciones, rimen con las nuestras. Mientras se preocupe por la gente, estaremos con él. Si les da la espalda, adiós. Sabe, no es por religión. Yo habría apoyado a cualquiera con esos valores. Pero si gana, e ‘inshallah’ lo hará, será el primer senador estadounidense que es musulmán, y eso aquí es muchísimo. Era médico y podría haber estado ganando millones, pero quiere cambiar el sistema. Necesitamos este tipo de personas, y sólo hay un puñado de ellos que se sacrificarían, que harían lo que fuera necesario para hacer lo correcto, y esa es la gente que necesitamos. Ver a Abdul El-Sayed, ver a Zohran Mamdani en Nueva York, da esperanzas a nuestra generación más joven. Yo ahora hablo con ellos y les digo que se pueden olvidar de ser médicos, de ser ingenieros. ¡Sed políticos!, les digo”, explica mientras la acompañamos de canvassing, el proceso en el que voluntarios llaman puerta a puerta por los barrios de una localidad para pedir el voto o animar a la gente a registrarse.
El sentir de Farah es el mayoritario en la zona y en la comunidad árabe. “Hasta el genocidio de Gaza, los estadounidenses de origen árabe lidiaban con una hostilidad sutil debido al alcance y el poder del lobby israelí (AIPAC). Su elección era siempre entre el menor de dos males. Pero la Administración Biden los convenció de que ambos partidos eran dos caras de la misma moneda. Los votantes tradicionalmente demócratas dejaron de sentir lealtad hacia el partido debido a la magnitud de la crueldad israelí. Un total de 110.000 estadounidenses de origen árabe y sus simpatizantes votaron sin compromiso, lo que aseguró la derrota del Partido Demócrata. Ahora, veremos lo que pasa”, explica desde su despacho en la Universidad de Michigan Hani J. Bawardi, profesor de Historia y experto en la comunidad árabe en Estados Unidos.
Abdul El-Sayed, médico, experto en salud pública y ahora político, es la gran esperanza e ilusión de decenas de miles de vecinos. Hubo una generación que empezó a soñar cuando Estados Unidos escogió presidente a alguien llamado Barack Hussein Obama. Y ahora hay una nueva generación, más joven y descreída, que parece encontrar un nuevo referente.
Nacido en 1984, aquí en Míchigan, El Sayed es hijo de inmigrantes egipcios y representa al ala progresista de los demócratas, pero no al movimiento socialista. Formado en Columbia y Oxford, aboga por una sanidad pública universal, la lucha contra las desigualdades económicas y la reforma de la financiación política. Ha dirigido el Departamento de Salud Pública de Detroit y el del condado de Wayne. En 2018 se presentó a las primarias demócratas para gobernador, pero perdió. En agosto de este año, sin embargo, se impuso contra pronóstico en el proceso interno para competir por un escaño en el Senado estadounidense. Y ahí se desató la tormenta.
“Su nombre real es Abduladadalalalala. Es Abdulbabababababa Mohamed al Sayed. Así que su segundo nombre es Mohamed. Por lo tanto, tenía razón. Es un yihadista”, dice Trump en un mitin tras otro. “Si no estás seguro del nombre de alguien de Oriente Próximo, di directamente Mohamed, tienes un 65% de probabilidades de acertar. Hola, Mohamed. Lo he estado haciendo así durante años y hasta ahora nunca me he equivocado. Para mí, El-Sayed es Mohamed. Soy el presidente, puedo llamarlo como demonios me dé la gana (…) es un lunático amigo de terroristas”. “Es un yihadista y no debería poder estar en el Senado”, insistió Trump este pasado domingo en un mitin en Míchigan precisamente.
“Creo que Abdul El-Sayed es de los Hermanos Musulmanes. Si él ganara, Chuck Schumer podría colocarlo en el Comité de Inteligencia del Senado. Tendría acceso al nivel más alto de materiales clasificados. Habría un riesgo inaceptablemente alto de que las vidas de los militares y mujeres estadounidenses se vean en peligro, porque hay todas las razones para creer que El-Sayed compartiría esa información clasificada con terroristas”, asegura sin tapujos el senador Ted Cruz, otro de los pesos pesados republicanos.
La estrategia republicana no es ningún secreto. Consiste en cuestionar completamente la lealtad del candidato demócrata, decir que no reconoce a Israel y quiere aniquilarlo, que es antisemita, amigo de terroristas y odia a Estados Unidos. Es lo mismo que Trump dice sistemáticamente de Ilhan Omar, congresista musulmana de Minnesota. Hasta el argumento de que su nombre es falso es el ataque favorito de la última semana para ambos. Estos días, la islamofobia está completamente disparada. Y funciona entre una parte importante del electorado.
La campaña debería estar centrada en cuestiones como los precios, el acceso a la vivienda y el futuro de la antaño poderosa industria automovilística en un estado históricamente ligado a la fabricación de coches y especialmente expuesto a la competencia china y a los vaivenes comerciales con Canadá. Trump, de hecho, estudia anunciar a última hora antes del voto rebajas de aranceles con el vecino del norte para intentar dar algo de alivio a sus congresistas y senadores más presionados. El promedio de Real Clear Politics otorga a El-Sayed una ventaja de 1,9 puntos, según las encuestas realizadas entre el 28 de septiembre y el 22 de octubre. Suficiente quizás, porque aumenta entre los votantes registrados, pero menor que la ventaja anterior de 2,6 puntos que tenía el demócrata en las encuestas realizadas entre el 27 de septiembre y el 14 de octubre.
El-Sayed defiende una política industrial que combine inversión pública, “protección comercial selectiva” y el desarrollo de vehículos eléctricos baratos, mientras que el favorito, el republicano Mike Rogers, aboga por frenar la entrada de fabricantes chinos, mantener bajos los impuestos y respaldar los aranceles, salvo los aplicados a Canadá. El-Sayed quiere centrarse en la cobertura sanitaria, regular las grandes tecnológicas y promover una propuesta sobre financiación de campañas que someterá a referéndum, mientras Rogers y los medios conservadores insisten una y otra vez en temas de guerra cultural, convirtiendo la contienda en algo sobre atletas transgénero, la Segunda Enmienda, la afirmación de género y la lealtad a la bandera y la Constitución.
“Es alguien genuino, natural, que entiende las necesidades de la comunidad”, apunta Osama Siblani, fundador y rostro de The Arab American News, periódico de cabecera en la comunidad desde 1984. Hace dos años se distanció de Harris, pero ahora apoya a El-Sayed. Y su voz cuenta mucho en la comunidad. Todo el que quiere ser escuchado, pasa por el periódico para una entrevista o un foro. Su agenda es caótica, hablar con él estas semanas es un desafío permanente. Pero está encantado, nada que ver con las últimas presidenciales.
En el último número del diario, un musulmán que sirvió en la Armada escribe un artículo abordando una situación incómoda a la que se enfrenta en algún momento todo árabe o musulmán en Estados Unidos. El-Sayed se volvió viral por su respuesta a Tommy, un joven blanco y cristiano que le increpó durante un acto y le dijo que quería saber si condenaba a los Hermanos Musulmanes. El-Sayed le dio la vuelta al argumento, señalando que la pregunta implicaba, en realidad, la asunción de que él tenía lealtades dobles y no hacia Estados Unidos y a su Constitución. Y le recordó que, desde luego, no era así y que ese mismo falso debate surgió hace más de 60 años cuando apareció John F. Kennedy, católico, y los republicanos le exigían que explicase si iba a ser fiel al Papa. El Sayed, como JFK, respondió que él no quería ser senador católico, o musulmán, sino sólo senador. Posteriormente se supo que Tommy era el hijo de un lobista republicano. Pero el articulista del Arab American News, cansado, pedía más y aconsejaba al aspirante a senador que sea todavía más contundente, porque de lo contrario pasará el resto de su vida teniendo que justificarse. “Tener un certificado de nacimiento no basta para ser americano”, espetó el domingo su rival Mike Rogers en el mitin con Trump.
Abdul se ha convertido en una figura nacional, está en televisión todo el tiempo, no rehuye los debates y por eso su disputa es, sin duda, una de las más seguidas. La congresista Alexandria Ocasio-Cortez y el senador Bernie Sanders, representantes del ala más a la izquierda de los demócratas, le han donado cada uno un millón de dólares de sus propios fondos para que gane el escaño. Voluntarios de todo el país acuden ahora a trabajar gratis en su campaña.
Es sábado por la tarde, hace un día soleado y miembros del Partido de las Familias Trabajadoras llegados desde Massachusetts se juntan con vecinos en varias mesas del Shiban Coffee, una de las cafeterías más conocidas y animadas de la zona. El local, adornado con calabazas por todas partes, parece más preparado para Halloween que para elecciones y política. Entre ellos está Saif, un aficionado al ciclismo que acaba de recorrer grandes distancias por Andalucía en sus vacaciones. Vive en Maryland pero ha venido con su mujer, aprovechando que su hija estudia en la zona, para colaborar repartiendo folletos, llamando a puertas o lo que haga falta.
Es indiscutible que El-Sayed tiene carisma. Habla bien en público, suena natural, cercano. Mucho menos impostado que sus colegas de partido en los mítines conjuntos. Es rápido, ingenioso, aunque parece a menudo enfadado, por muy irónico o sarcástico que quiera ser. Su equipo sabe que ser una estrella, hacerlo bien en las televisiones (incluso la Fox) o las redes sociales es condición necesaria, pero no suficiente. En Michigan, por ejemplo, hay un factor especialmente delicado. Parte del electorado afroamericano sigue resentido por el apoyo que los votantes árabe-estadounidenses dieron a Trump o a la candidata del Partido Verde en 2024 en protesta por la política de Biden y Harris en Gaza. Creen que eso pudo costarle el cargo y no perdonan. También existen agravios históricos entre ambas comunidades por cuestiones de acceso a servicios, discriminación y desigualdad económica.
Por eso el partido está volcado. Por eso le acompañó la propia Harris recientemente en un acto y el pasado sábado compareció con Obama en un instituto a las afueras de Detroit. El ex presidente sigue siendo la gran estrella progresista en todo el país. Llena los mítines, conecta con los votantes como si estuvieran en misa. Lo siguen y seguirían todavía a cualquier parte. En el gimnasio de la Cass Technical High School, con las paredes llenas de carteles de competiciones de robótica, 4.500 personas abarrotan la cancha y el salón de actos para seguir su discurso y corea el “Yes we can” o su “no abucheéis, votad”. Está lanzado, atacando duramente a Trump y su Gobierno. Los llama incompetentes, corruptos y sobre todo se burla de sus obsesiones. Y el público responde entregado mientras Trump se pica. Obama no es el único afroamericano. Está la líder del sindicato de profesores del Estado y el candidato a secretario de Estado. Toda ayuda es poca cuando las encuestas marcan apenas dos o tres puntos de diferencia.
“Es evidente que la agenda socialdemócrata interna se fusiona con un cambio de actitud que se aleja del apoyo tradicional a Israel. AIPAC se ha convertido en un lastre para los candidatos. Se trata de un cambio radical en la política estadounidense. El resultado de las próximas elecciones se decidirá por una guerra cultural interna en Estados Unidos. Gaza se encuentra en el centro de esta división”, señala el profesor Bawardi. Y la guerra cultural va mucho más allá de Gaza y la cuestión árabe.
A 15 minutos en coche del gimnasio está Suhair Ghannam. Nació en Nazaret, pero lleva más de 40 años viviendo en Michigan. Es palestina y estadounidense y luce unos enormes pendientes de sandías, símbolo de su tierra, y una camiseta azul de Cristianos por Abdul. Ella y sus amigos empiezan a dispersarse después de su cita semana en el Parque de la Paz de Dearborn, en el que se conocieron hace tres años en manifestaciones contra el genocidio en Gaza. “Empezó por una causa y por desgracia no hay razones para parar”, explica mientras guarda decenas de pancartas del candidato demócrata en el maletero de un coche. “No nos gusta la difamación que están usando personas como Mike Rogers y Trump. Hay que hablar de política no de religión. ¿Qué pretenden?”, añade.
Ella, como muchos de sus vecinos, se distanció de los demócratas por Gaza, pero ahora ha vuelto. “Oh, aquello fue muy doloroso. Fue muy, muy doloroso. Nosotros fuimos parte de los no comprometidos y sabemos lo que pasó después y tenemos que vivir con ello. Pero ahora mucha gente de diferentes orígenes lo recuerda de otra forma y nos dicen que fue gracias a eso que ahora están comprometidos. Incluso los afroamericanos”, asegura. “Mi vecino de enfrente es el rabino Asher Lopatin, uno de los fundadores de demócratas por Mike Rogers. El barrio es un 65% judío y creen que El-Sayed es un antisemita. Quizás sea una casualidad, pero esta semana el rabino, uno de sus críticos más claros, ha quitado el cartel que había puesto en su jardín en favor del republicano. Yo lo veo como una señal”, zanja sonriendo Suhair.
(Puede haber caducado)