El predicador, el 'blandengue' y el musulmán: los demócratas que más enfurecen a Trump

James Talarico, Jon Ossoff y Abdul El-Sayed encabezan la generación que intenta levantar a un Partido Demócrata arrasado por el huracán MAGA. Cada uno representa una sensibilidad dentro del espectro progresista y los tres son candidatos al Senado en las determinantes elecciones de medio mandato que se celebran este 3 de noviembre. Te contamos quiénes son y por qué sacan de quicio al presidente de Estados Unidos.

Diario Vasco, Carlos Manuel Sánchez, 26-10-2026

La esperanza de muchos demócratas tiene cara de monaguillo y estudia Teología. Se llama James Talarico. Su padre bebía y pegaba a su madre. Antes de que el niño cumpliera un año, ella lo cogió en brazos y se refugió en el hotel de Austin donde trabajaba. Al poco su madre se casó con otro hombre, Mark Talarico, que lo adoptó y le dio su apellido. Talarico cuenta esta historia en los mítines como una parábola: su madre le enseñó que el maltrato no es amor, y a Texas, dice, la maltratan los multimillonarios y sus políticos títere. Y la remata con una frase que se ha hecho viral: «La pobreza no existe porque no podamos alimentar a los pobres, sino porque no podemos saciar a los ricos».

Talarico es un predicador atípico. Está matriculado en un seminario presbiteriano y estudia para pastor. Y compagina su vocación religiosa con la política. Para el trumpismo, es lo más parecido al Anticristo, y como tal lo atacan y lo ridiculizan. Para su propio partido, es algo así como un marciano que cuestiona una de sus señas de identidad: no mezclar política y religión.

El 3 de noviembre, Estados Unidos renueva la Cámara de Representantes (el Congreso) y un tercio del Senado. Unas elecciones en las que las encuestas apuntan a que los demócratas podrían recuperar el control de las cámaras y poner así algún tipo de freno al gobierno de Donald Trump. Pero, además, para los demócratas, sin líder desde la derrota de Kamala Harris, estas elecciones son también un casting de candidatos a presentar batalla por la Casa Blanca en 2028.

Talarico, de 37 años, fue maestro en un colegio de uno de los barrios más pobres de San Antonio y con 29 se convirtió en el diputado más joven del estado. En 2021, desencantado con la política, entró en el seminario, pero conservó su escaño mientras estudiaba. Quiere ordenarse y le gustaría dirigir una iglesia el día de mañana. Entretanto es el candidato demócrata al Senado por Texas, donde su partido no gana una elección estatal desde 1994. Que vaya empatado en las encuestas con su rival republicano, Ken Paxton, ya es casi un milagro. Aunque Paxton no es que sea un ‘ejemplar’ candidato republicano: tiene antecedentes por presuntos fraudes y sobornos y protagonizó un divorcio sonado en el que su esposa, una senadora, alegó «diferencias bíblicas»; o sea, él tenía una amante. Hace unas semanas se publicó un vídeo, cuando menos, controvertido: Paxton, que es fiscal general de Texas, pasando la Nochevieja de 2024 en una fiesta en Dubái acompañado de dos fugitivos acusados de fraude sanitario en Estados Unidos y de la amante en cuestión. Pese a todas las polémicas, o quizá por ellas, Trump respalda a Paxton.

El cúmulo de escándalos de su rival, en cualquier caso, beneficia a Talarico, que cuenta con el respaldo expreso de más de veinte figuras prominentes del Partido Republicano; incluso formalizaron su apoyo creando la coalición Republicans for Talarico. El problema para Talarico es que, en realidad, su rival no es Paxton. Elon Musk, que trasladó la sede de sus empresas Space X y Tesla desde California a Texas, ha invertido al menos 168,2 millones de dólares para rescatar la campaña de Paxton. La inversión de Musk en Texas representa el 46 por ciento de todo el dinero que ha aportado el magnate, públicamente, a nivel nacional para las elecciones de noviembre. Además, por supuesto, del apoyo que implican su red social, X, su chatbot, Grok, y sus otras ‘redes’ mediáticas y de influencia.

Frente a Musk, sus saludos nazis, su desmantelamiento de lo público y su filosofía supremacista, Talarico enseña el amor al prójimo. Pero en la América de Trump eso suena a programa revolucionario. El Partido Republicano ha sacado la artillería pesada contra él. Ted Cruz lo acusa de blasfemia. El trumpismo insulta a muchos demócratas, pero solo a Talarico lo quiere excomulgar. Talarico les contesta: «La verdadera blasfemia es echar a los enfermos de la sanidad pública para bajarles los impuestos a los multimillonarios».

En su partido, tampoco saben bien qué hacer con él. A algunos votantes demócratas no les hace gracia que venda su programa como si viniera del Evangelio. También le echan en cara que en 2021 dijera que Dios no es binario, cuestionando la política de género de su partido. Y le recuerdan que su mayor donante en 2024 fue un comité de Miriam Adelson, la viuda del magnate de los casinos, que le dio 59.000 dólares mientras él predicaba contra el poder de los millonarios. Adelson reparte dinero entre candidatos de los dos partidos para que Texas legalice el juego, y Talarico es partidario de legalizarlo porque considera que es crucial para generar ingresos fiscales que beneficien al estado.

Los demócratas siguen sin ponerse de acuerdo sobre por qué perdieron la Casa Blanca, y hasta la autopsia oficial fue un lío. Ken Martin, el presidente del partido, tuvo el informe (de 192 páginas) durante meses en un cajón. El informe decía, en esencia, que Harris se olvidó de la América rural y que fue demasiado modosa a la hora de batirse el cobre con Trump. Cada cual se quedó con la parte que le daba la razón: los partidarios de dar más caña a Trump, con lo de la dureza; y los que llevan tiempo diciendo que el partido habla mucho de identidad y poco de lo que cuesta llenar la nevera, con lo de la América rural. Y el ala más progresista tenía su propia teoría…

En las primarias de agosto en Míchigan, Abdul El – Sayed le ganó a Haley Stevens, la candidata del aparato demócrata y del lobby israelí, e impuso una candidatura con muchas de las tesis que se consideran más radicales dentro del partido. El – Sayed, un médico de 41 años, musulmán, hijo de inmigrantes egipcios, se juega el escaño al Senado por Míchigan. Es el candidato respaldado por Bernie Sanders, que a sus 85 años sigue siendo el referente moral de la izquierda del partido. El – Sayed consolidó su candidatura con una campaña con un lema: «Dinero fuera de la política. Dinero en tus bolsillos. Sanidad pública para todos». Su éxito tiene que ver también con su estrategia en redes sociales con vídeos en los que levanta pesas y baila al son de grandes hits de Taylor Swift, adaptando las letras de las canciones a su lema de campaña.

El – Sayed seduce a los jóvenes por su discurso sobre la riqueza acumulada sin control por las grandes fortunas y también por las masacres en la guerra de Gaza, pero no tanto entre los demócratas ‘de toda la vida’ de Míchigan. Por eso, para intentar superar esa división interna, hace campaña con él el expresidente Barack Obama.

Si gana, El – Sayed se convertiría en el primer senador musulmán de Estados Unidos. Y demostraría que la ola progresista que inició Mamdani en Nueva York no se limita a las grandes ciudades progresistas. Las encuestas reflejan una mínima ventaja de El – Sayed sobre Mike Rogers, su rival republicano, muy cercano a Trump. Rogers lo acusa de recibir financiación de Hamás, Hezbolá y al – Qaeda. Trump lo llama «yihadista lunático que odia a Estados Unidos».

Pero la ‘bestia negra’ del universo MAGA ha resultado ser el representante del ala más moderada del Partido Demócrata: el senador por Georgia Jon Ossoff, que aspira a renovar el cargo.

A sus 39 años –el más joven de la cámara– tenía fama de político melindroso y ahora se ha convertido en el azote de Trump, con arengas contra la corrupción del presidente que su equipo edita con una pizca de mala leche y otra de buen humor, y cuelga en las redes.

El ‘despertar’ de Ossoff se produjo el pasado 16 de agosto en un mitin en Atlanta como otro cualquiera hasta que dijo: «Trump no quiere hacer su trabajo. Quiere construir su sala de baile y viajar con Natalie en su palacio volante regalado por el emir de Catar». Se refería a Natalie Harp, la singular asistente personal de Trump, cuando acababa de saberse que había sido la ‘elegida’ para abandonar con él y otras tres personas, camuflada en un camión de catering, el avión presidencial que regresaba de Turquía ante el riesgo de un atentado. Los comentarios de Ossoff se hicieron virales y desencadenaron la furia de la Casa Blanca. «El mayor blandengue y perdedor que hay en política», lo criticaba el director de comunicaciones, Steven Cheung. «Un teatrero afeminado que imita a Obama», escribía otro portavoz.

Desde entonces, la popularidad de Ossoff se ha disparado. Su agenda política se centra en la lucha contra la corrupción y en una apuesta económica para Georgia: convertir el estado en un centro tecnológico. Lo que tiene su propia complicación. Georgia es uno de los principales núcleos de centros de datos de Estados Unidos. Ossoff se opone a su proliferación descontrolada, como la mayoría de los demócratas, pero matiza: no se trata de prohibirlos, sino de exigir que las big tech paguen el cien por cien de la energía que requieren, para no convertir a su estado en «la batería barata» de los gigantes de Silicon Valley.

Esos gigantes, obviamente, no respaldan a Ossoff. Musk se burla de su apariencia pulcra diciendo que parece «un muñeco de ventrílocuo creado por inteligencia artificial». Trump, que lo tacha de «débil, arrogante y lleno de odio», curiosamente también lo ataca por su impecable aspecto: «Gasta más dinero en maquillaje que cualquier hombre o mujer en la historia del Senado». En 2017, Ossoff usaba un lema en su primera campaña que no tuvo mucho eco: «Hagamos que Trump se enfurezca» (Make Trump furious). Ahora, sin duda, lo ha conseguido.

Talarico, nieto de un predicador y que estudia para pastor, se crio en una parroquia presbiteriana muy combativa de Austin, donde lo recuerdan mediando en las peleas de los otros niños. Licenciado en Ciencias Políticas, hizo un máster en Harvard antes de saltar a la arena. En septiembre de 2025 lanzó su candidatura al Senado con un vídeo grabado desde una camioneta aparcada delante de una iglesia. Fue un sermón encendido sobre Jesús echando a los mercaderes del templo: «Hace dos mil años, cuando unos pocos poderosos amañaron el sistema, aquel predicador descalzo entró en la sede del poder y volcó las mesas de la injusticia».

Es hijo único de un abogado descendiente de supervivientes del Holocausto y de una feminista australiana. A los 16 años leyó las memorias de John Lewis, el congresista que había marchado con Martin Luther King en Selma, le escribió una carta para pedirle trabajo y pasó aquel verano de becario en su despacho en Washington. Trabajó de asesor en el Congreso, estudió en la London School of Economics e invirtió una herencia de su abuelo, 250.000 dólares, en una productora que montó con un antiguo reportero de la BBC con la que rodó documentales sobre corrupción en África: la ayuda alimentaria robada en Ghana o los falsos médicos de Nigeria. En 2021 entró en el Senado con 33 años, el primer senador millennial, y sigue siendo el más joven de la cámara. Durante cinco años adoptó un perfil bajo. Su mujer era su novia del instituto y tienen dos hijas. Este año se ha desmelenado a base de reels de sus mítines y titulares potentes: «La corrupción es la razón por la que pagas una fortuna por las recetas». Y sobre todo al sacar de quicio a Trump cuando bromeó sobre su relación con Natalie Harp, su asistente personal. Desde entonces es objeto de feroces ataques de los trumpistas, incluso por su cuidada apariencia. Lo que ha tenido el efecto contrario: ahora se baraja como candidato demócrata en las presidenciales de 2028 y lo comparan con John F. Kennedy.

Su abuelo tenía un puesto de verduras en Alejandría (Egipto) y su abuela no sabía leer. Su padre, Mohamed, llegó a Míchigan para estudiar en la universidad y acabó de profesor de Ingeniería Mecánica, y lo crio junto con su madrastra, Jacqueline, una mujer blanca de la Míchigan rural. Abdul creció en un barrio acomodado a las afueras de Detroit, y en el instituto fue capitán de los equipos de fútbol americano, lacrosse y lucha. Después vinieron la beca Rhodes, un doctorado en Oxford, la carrera de Medicina en Columbia y una plaza de profesor de Epidemiología en Nueva York, que dejó a los 30 años para volver a casa. En 2015 el alcalde de Detroit, con la ciudad recién salida de la bancarrota, le encargó resucitar el departamento de salud municipal, que la propia ciudad había privatizado en plena crisis. En 2017 dejó el cargo para presentarse a gobernador. Cuenta que lo empujaron el veto migratorio de Trump y lo que sucedió en Flint, a una hora de Detroit, donde para ahorrar se cambió el suministro de agua y miles de vecinos bebieron plomo durante meses. Perdió aquellas primarias contra Gretchen Whitmer, hoy gobernadora del estado. Ocho años después ha vuelto con el programa de Sanders: sanidad pública para todos, abolir el ICE (la policía de inmigración que ejecuta las deportaciones) y cortar la ayuda militar a Israel. Está casado con una psiquiatra, Sarah Jukaku, de origen indio, y tienen dos hijas. El – Sayed mantiene una postura totalmente progresista en las políticas de género y sobre los derechos de las mujeres . l

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)