¿Qué son los 'curi' o 'curimomos'? Entre la evolución del meme o una nueva forma de ciberacoso

Proliferan las cuentas con el nombre de escuelas, creadas por alumnos anónimos, que publican dibujos e ilustraciones con mensajes racistas, gordófobos y homófobos, en contra de estudiantes y profesores

La Vanguardia, Albert MolinsAlbert Molins/Barcelona, 22-10-2026

Si usted tiene hijos en edad escolar, es probable que los haya visto reírse mientras ven alguna cosa en su móvil, y ya sabe que puede esperar cualquier cosa, a cual más absurda. La última de estas modas virales son los curi o curimomos. No pretenda, solo por el nombre, tratar de adivinar de qué se trata. Es argot de internet. Si su hijo o hija se lo muestra, de nuevo, lo más probable es que siga sin entender nada de nada, y mucho menos por qué produce tanta hilaridad entre los adolescentes que viven con usted. Le falta el código, que en este caso es el contexto.

El curi es un formato nacido en comunidades de internet de habla hispana, que consiste en dibujar personajes de series, anime o videojuegos de forma deliberadamente tosca, imitando los garabatos hechos con prisa. A veces se usan imágenes sacadas de esas mismas series o videojuegos, a cuyos personajes se pone en situaciones distintas o se les hace decir cosas diferentes de las que hacen o dicen en la fuente original.

Los antecedentes se situarían hacia 2017, en grupos de Facebook en español dedicados a los videojuegos y al humor absurdo —conocido como shitpost—, como Seguidores de la Grasa y los llamados curifeos. Allí empezaron a circular los curimomos, dibujos que parodiaban escenas sustituyendo a los personajes originales por otros. Bob Esponja era uno de los personajes recurrentes. La etimología de este nuevo género viral sería la siguiente: curimomo uniría curifeo, término vinculado a una antigua comunidad digital llamada Curiosidades Feas, y momo, deformación humorística de meme. De ahí saldría curi.

En sus inicios, eran ejercicios gráficos de humor y sátira, ilustraciones o cómics calcados digitalmente, a veces incluso animados rudimentariamente, sobre los que se superponían textos y situaciones absurdas. Nada nuevo o no mucho en el universo digital: una simple evolución de los memes. El problema llega cuando estas ilustraciones se convierten en un arma arrojadiza para burlarse de los demás, en un instrumento del ciberacoso y del bullying.

Ahora mismo, en cientos de escuelas españolas, hay alumnos que han creado cuentas con el nombre del centro que se dedican a publicar este tipo de dibujos —especialmente en TikTok y algo menos en Instagram— en los que se reproducen hechos del día a día sucedidos en el centro, pero no solo eso.

Según pudo comprobar El Correo Gallego, todos los centros de Santiago de Compostela tienen una de estas cuentas, en las que también se ridiculiza a los profesores y a otros alumnos o se hace mofa del propio centro escolar. La gracia —que no tiene ninguna— es que las publicaciones son totalmente anónimas para el espectador ajeno al centro educativo y que, sin tener el contexto, o sea, sin ser miembro de esa escuela, el curi no se entiende.

Para Ferran Lalueza, profesor de Comunicación e investigador de la UOC, “el anonimato es la gran lacra de las redes sociales y recurrir a él ya es un indicativo de que se sabe que se está haciendo algo que no está bien”. Pero advierte de que “los cuerpos de seguridad saben cómo rastrear y averiguar quién  hay detrás de las cuentas”.

La cosa escala cuando alguno de estos curi se viraliza y trasciende el ámbito escolar. Como es lógico, a nadie le gusta verse ridiculizado a los ojos de miles de personas en una red social y de poco sirve el consuelo de que, quizás, la mayoría no sabe de qué se está hablando o de qué se ríe la ilustración en cuestión. Y mucho menos cuando, en sus peores versiones, estas creaciones difunden mensajes gordófobos, homófobos y racistas.

Por otro lado, está el tema de la huella digital, “que hace que la estigmatización persiga a la víctima toda la vida”. Es verdad que los curis son “un ataque críptico, y esto puede ser una vía de protección, pero entre los que se suben al carro por el efecto gregario y el efecto multiplicador del algoritmo de TikTok, aunque la cuenta tenga pocos seguidores, la víctima percibe el ataque como masivo”.

Todo esto es lo que está empezando a crear inquietud entre los profesores y directores de escuelas e institutos, porque una cosa es una broma —más o menos pesada— y otra muy distinta la humillación, los insultos, las vejaciones y los discursos de odio online. En este sentido, el pasado 20 de octubre, en una comisaría de la Policía Nacional de Málaga, se presentó la primera denuncia en relación a una de estas cuentas y la apertura de una investigación, según explicaba el medio digital La Voz del Sur.

Además, docentes y responsables de escuelas creen que permitir estas cuentas y publicaciones mina su autoridad, ya de por sí diezmada por otras causas. “Venimos de un contexto educativo muy complicado en el que los profesores denuncian – entre otras cosas – precisamente esta pérdida de autoridad, muchas veces por parte de los propios padres. Por otro lado, respecto a la presencia de las pantallas en la escuela y fuera de ella en la vida de los alumnos, vivimos en la vorágine de ley de péndulo: de repente las pantallas son una maravilla y, al cabo de dos días, creemos que nos hemos pasado de frenada”, explica Lalueza.

También hay escuelas que se lo toman con más filosofía y creen inevitable tener que convivir con este tipo de contenidos humorísticos. En el fondo, saben que la situación no es nueva, que solo ha mudado de piel. No hace tanto, proliferaban las cuentas de salseo y chismes —no siempre ciertos— vinculadas también a la vida de escuelas e institutos.

Para Lalueza, de todas formas, “hay una cosa buena en este fenómeno y es que, a pesar de que a las plataformas aún les queda mucho trabajo por hacer, los autores de estas publicaciones han tenido que recurrir a este método para burlar los filtros que estas ponen y que estos mensajes pasen desapercibidos”.

Y como siempre en estos casos, sale a relucir el debate de los límites de la libertad de expresión y del humor. “Las pantallas nos rodean y no las podemos rehuir. Hay que acompañar y educar a los adolescentes a usarlas”, dice Lalueza. Lo mismo con la libertad de expresión, “que tiene sus límites y los que se sobrepasan en estas cuentas saben que lo que están haciendo no es legítimo”, opina este profesor.

De todas formas, y “aunque la educación y darles herramientas para que entiendan qué pueden hacer y qué no es siempre mejor que la represión, cuando las cosas superan determinados límites y adquieren tintes penales, no queda más remedio que denunciarlo”, concluye Lalueza.

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