La inmigración y el voto
La Voz de Galicia, , 21-10-2026ntes de tiempo hemos sido llamados a las urnas. Aunque la vivienda haya sido el detonante para hacer saltar por los aires la legislatura, el tema de las migraciones y la gestión de nuestras fronteras marcarán en el fondo muchos debates e incluso condicionará nuestro voto. Los sucesos de Ceuta han calado en la opinión pública y la cuestión migratoria afecta a nuestra sociedad profundamente.
Votar es, ante todo, un medio de participación política. Para los creyentes se convierte en un deber moral. Desde luego que no es la única forma, ni se traduce en un cheque en blanco. Debería ser un medio más en una deseada participación activa en la vida social. Y es la expresión madura y la voluntad por contribuir y participar en el bien común, y por decidir el modelo de sociedad que queremos construir entre todos. Por supuesto que no se puede sufragar desde el miedo, el egoísmo, la cultura del bienestar o la exclusión, sino desde el horizonte del bien común posible.
Urge, por tanto, reflexionar sobre qué mundo y qué sociedad queremos construir y legar a las futuras generaciones. Y en esa pregunta, plantearnos qué papel pretendemos que jueguen las personas migrantes que llaman a nuestra puerta. En plena campaña electoral, corre la tentación de que, lejos de discernir sobre los problemas que tenemos y las soluciones posibles que proponemos, el fenómeno migratorio se convierta en un elemento con intereses electoralistas. Se expondrá así como una amenaza o como un chivo expiatorio para ganar réditos primarios que devalúan la verdadera democracia. Se emitirán análisis poco objetivos y muy ideologizados, que no nacen de una deseada cultura del encuentro, sino que profundizan en la polarización. Se olvidarán así las muchas riquezas que la migración ha aportado ya a nuestra sociedad en el trabajo, en los valores, en la demografía, en la espiritualidad, en la cultura.
Porque nuestra identidad ha sido fraguada como fruto del engranaje de muchos momentos de encuentro con otros pueblos. Nuestra cultura nunca ha estado cerrada, sino que es fruto de identidades que han dialogado y fusionado en un todo más grande que nos ha enriquecido. La movilidad que hoy nos caracteriza nos aboca a encontrarnos, dialogar, acoger e integrar.
Cuando introducimos la papeleta en la urna, estamos apostando por un modelo muy concreto de convivencia. Votamos por una economía que valore a las personas por encima de su mera productividad laboral; optamos por políticas de cooperación y comercio internacional que no den la espalda al Sur global; decidimos si queremos un estado de bienestar que garantice o no la integración de todos, sin exclusión, posibilitando que todos participen plenamente desde los derechos y deberes en el proyecto común de ciudadanía; apoyamos o no una sociedad abierta, sin miedos, donde la vida y la dignidad inalienable de todo ser humano sea promovida, defendida y valorada. En definitiva, el voto es la firma de una opción clara: elegir entre una sociedad amurallada o una comunidad abierta, fundamentada en la dignidad de todo ser humano y en la convicción de que todos, sin excepción, somos hermanos.
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