Kathleen Belew, historiadora: “Trump utiliza y se beneficia de los supremacistas blancos”

La especialista advierte de los peligros que entraña abrir las puertas de la política a grupos racistas y violentos, un movimiento que gana terreno en todo el mundo

El País, Elías Camhaji, 19-10-2026

Patrick Crusius, un joven retraído de 21 años, condujo nueve horas desde las afueras de Dallas hasta El Paso, en la frontera entre México y Estados Unidos. Tras viajar toda la noche, tomó el volante durante una hora más sin rumbo fijo hasta que aparcó el coche al exterior de un Walmart. Pasadas las diez y media de la mañana, publicó un manifiesto en un foro de internet en el que advertía de “una invasión hispana de Texas” y sacó de su maletero un rifle semiautomático. Crusius mató a 23 personas e hirió a otras 22 víctimas, la mayoría de origen mexicano. Aquel 3 de agosto de 2019 se produjo el ataque racista más letal que ha sufrido la comunidad latina en suelo estadounidense.

Ese mismo año, la historiadora Kathleen Belew (Wheat Ridge, 44 años) publicó Traed la guerra a casa, el resultado de una década de investigaciones sobre el Ku Klux Klan, células neonazis y otras milicias racistas en Estados Unidos. Tras la masacre en El Paso, las fuerzas del orden y los medios describieron abrumadoramente a Crusius como un “lobo solitario”. Belew, en cambio, ponía sobre la mesa una tesis más incómoda para la sociedad estadounidense. El agresor pudo haber sido el único que disparó el gatillo, pero sus acciones eran el síntoma de algo más grande: una red de miles de personas unidas por el odio, el racismo y la violencia. La autora lo llama el movimiento del poder blanco.

Siete años más tarde, esa marea no para de crecer y ha subido hasta los primeros planos de la política estadounidense, advierte Belew en una entrevista a propósito de la publicación en castellano de su libro (Capitán Swing, 2026), las elecciones de medio mandato del próximo 3 de noviembre y el auge global de la extrema derecha. “No hay duda de que Donald Trump utiliza y se beneficia de los supremacistas blancos”, afirma por videollamada. “Lo que estamos viendo es una integración del extremismo en el propio Gobierno”.

Pregunta. ¿Los ataques racistas se han vuelto más recurrentes o solo son más visibles ahora?

Respuesta. Son más comunes. Pero lo que estamos observando en el segundo mandato de Trump es que los grupos del poder blanco tienen cada vez menos razones para coordinar ataques clandestinos, porque ahora sus miembros pueden y tienen muchas facilidades para integrarse en el aparato del Estado y actuar de manera violenta. A pesar de que no tenemos todavía la información sobre, por ejemplo, quién se está sumando al ICE [la policía migratoria] para llevar a cabo redadas contra inmigrantes, es muy posible que muchos activistas de estos grupos, que ya estaban haciendo lo mismo por fuera de la ley y sin cobrar, lo hagan ahora en nombre del Gobierno.

Se ha documentado también que activistas del poder blanco compiten por cargos públicos y prestan servicios de seguridad en eventos de los republicanos. Las estructuras del Estado están abiertas para ellos y pueden alcanzar las palancas del poder.

P. ¿Cuál es la responsabilidad de Trump al legitimar a estos grupos?

R. No puedo opinar sobre las creencias de Trump ni su razonamiento. Tenemos expertos que se dedican exclusivamente a eso, y es un trabajo de tiempo completo. Pero hubo algunos ejemplos ya desde su primera campaña, como cuando se refirió a los Proud Boys y les dijo: “Den un paso atrás y estén atentos” [Stand back, stand by, una frase que se convirtió en un grito de batalla de ese grupo racista]. Ciertamente, el movimiento del poder blanco estuvo muy involucrado en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Y aunque ha indultado a la mayoría, hubo un número sin precedentes de condenados por conspiración sediciosa, por urdir un plan para derrocar violentamente al Gobierno.

Miembros del grupo ultraderechista Proud Boys, durante el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021.
LEAH MILLIS (Reuters)
En su segundo mandato hemos visto de todo, desde cenas con Nick Fuentes [un agitador de ultraderecha], hasta la aplicación de políticas que provienen del movimiento del poder blanco. Lo que estamos viendo es realmente una integración del extremismo en el propio Gobierno.

El libro analiza una época, los años ochenta, en la que el movimiento no tenía opciones de participación política. Ese ya no es el caso en Estados Unidos ni en muchos otros países donde vemos el auge del autoritarismo y de los movimientos supremacistas.

P. ¿Cómo describiría la relación entre Trump y el movimiento?

R. No hay duda de que él utiliza y se beneficia del movimiento del poder blanco. A veces lo exalta, otras recurre a él y le ha abierto un espacio en la política tradicional. Su consejero Stephen Miller difundió un libro llamado El desembarco, una novela del poder blanco sobre una toma de control islámica en Europa. Es profundamente violenta y racista.

También ha impulsado una política migratoria que está muy en línea con el movimiento. No sabemos si lo está haciendo como parte de una estrategia o por una convicción personal. Es difícil saber qué tan involucrados están todos los miembros de este Gobierno, pero sí conocemos el impacto que ha tenido esta Administración al llevar a este movimiento a los primeros planos de la política estadounidense.

P. ¿Cómo influyen estas teorías de conspiración en las elecciones de medio mandato?

R. Vemos que la teoría del Gran Reemplazo es lo que los activistas de antes habrían llamado el “gobierno de ocupación sionista”, el “Estado profundo” o el “Nuevo Orden Mundial”. Son etiquetas intercambiables para una misma idea: que existe una amenaza existencial para la gente blanca orquestada por un grupo secreto de élites. Esa conspiración se remonta, al menos, a principios del siglo XX en Estados Unidos, pero ha resurgido una y otra vez desde los setenta y todavía tiene un profundo arraigo político.

En las últimas elecciones, vimos esto reflejado en las afirmaciones de que los inmigrantes y refugiados haitianos se comían a las mascotas en Ohio, lo que desató un enorme furor. Estas votaciones están más enfocadas en la política antiinmigrante, pero seguimos viendo este pensamiento conspirativo de manera recurrente.

Trump, en un mitin en Montana el pasado 14 de octubre.
Ross D. Franklin (AP Photo/Ross D. Franklin)
P. La extrema derecha está ganando elecciones en todo el mundo. ¿Por qué estos discursos han cobrado fuerza en otros países?

R. Esto responde, en parte, a una transformación demográfica. En los noventa solían publicarse en Estados Unidos reportajes inofensivos al estilo de “¿sabías que tal o cual pueblo dejará de ser de mayoría blanca?”. Para las personas de este movimiento, esto representa una emergencia apocalíptica, porque creen que si la raza blanca es superada numéricamente, dejará de existir y será, literalmente, el fin del mundo. Eso se manifiesta en otros países como respuesta a la inmigración, aunque también se debe a la forma en que estas ideas circulan por internet.

El movimiento del poder blanco en Estados Unidos ha tenido presencia en línea desde los ochenta, mucho antes de Facebook y de lo que la mayoría piensa. Y la cantidad de tiempo que pasamos conectados no ha hecho más que potenciar la velocidad y el poder de estos mensajes.

P. Usted describe la guerra de Vietnam como un punto de inflexión para los movimientos supremacistas del siglo XX, al capturar el desencanto de una generación que se sintió traicionada. ¿Cuáles son las motivaciones ahora?

R. Las principales son la sensación de estar bajo el ataque de agentes externos y ese sentimiento de traición. En el libro, esa traición tiene que ver con el fracaso del Estado en la guerra de Vietnam. En la actualidad, aunque existe una especie de secuela bélica en torno a la guerra contra el terrorismo y el regreso de los veteranos a Estados Unidos, creo que también se trata de un sentido de traición basado en que las promesas hechas a esta generación no se han cumplido.

La gente expresa esto de diferentes maneras. La manosfera y el movimiento incel manifiestan su frustración por su incapacidad de entablar una relación romántica. Gran parte de las generaciones más jóvenes en Estados Unidos, y no solo los extremistas, están frustradas por la brecha entre lo que uno gana y lo que cuesta comprar una vivienda. Además, hay una angustia existencial por el cambio climático, el futuro y el Gobierno. Todas estas cosas juntas generan muchas oportunidades para el reclutamiento en ideologías extremistas.

P. Se habla mucho de una respuesta pendular a la lucha del colectivo LGTB o el feminismo. ¿Qué opina como historiadora?

R. No me gusta mucho la metáfora del péndulo porque, si bien hay una especie de tira y afloja que nos mueve, no toma en cuenta dos factores. Uno es cuánto se ha desplazado a la derecha el centro político. Independientemente de lo que uno crea sobre Trump, me parece indiscutible que la política estadounidense se ha movido drásticamente hacia la derecha desde 2016. El otro es que transmite una sensación de inevitabilidad que me preocupa. La política no cambia por sí misma, es la gente la que mueve la política.

De alguna forma, el momento de Trump es una reacción a la época de Barack Obama, a la idea de un Estados Unidos posracial y multicultural. Pero como historiadora, el concepto de “Hacer a Estados Unidos grande otra vez” (Make America Great Again) es muy complejo porque no me queda claro a qué punto de la historia quieren regresar. Es una visión de un pasado que nunca existió… pero eso es lo que están reclamando, un movimiento pendular. Es un momento interesante, pero también siento que ese péndulo nos está arrastrando en muchas direcciones a la vez.

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