Londres se plantea la reconciliación con una Europa más escorada a la derecha

El primer ministro británico afirma que el Brexit “ha hecho más mal que bien”

La Vanguardia, Rafael RamosRafael Ramos/Londres. Corresponsal, 19-10-2026

Hay divorcios que son una liberación, tanto es así que a uno le da igual quién se queda con los viejos discos de vinilo y la máquina de Nespresso. Y hay otros que son el resultado de un calentón, de la nostalgia por una pasión romántica, el síndrome del nido vacío o una crisis de la mediana – o tardía – edad, la alternativa a comprarse una Harley Davidson y sacarse el carnet de piloto de avioneta. Y un tiempo después, los protagonistas se dan cuenta de que el mercado del amor es muy complicado, las apps de citas dan lugar a relaciones esperpénticas, la vida en solitario puede ser muy dura, y la rutina y la familiaridad, según se mire, están infravaloradas.

El divorcio de la UE tras el referéndum del 2016 entra, al menos desde la perspectiva británica, en esta última categoría. Estudios del Banco de Inglaterra y el think tank Centro para la Reforma Europea cifran entre seis y ocho puntos la pérdida de producto interno bruto (PIB), el equivalente de entre tres mil y cuatro mil euros de ingresos por cabeza, y hasta 130.000 millones al año para el país en impuestos no recaudados por el descenso de la actividad económica, las inversiones, la pérdida de productividad y el comercio.

No es de extrañar, por tanto, que un 57% de los habitantes del Reino Unido consideren que el Brexit ha sido un error (frente a un 30% que piensa que fue la decisión correcta, y un 13% que no sabe), y que entre un 49% y un 58% – según las distintas encuestas – votarían en favor del regreso en un hipotético referéndum. Pero como decía Heraclito de Éfeso, un hombre no puede cruzar dos veces el mismo río, porque la segunda vez ni él sería el mismo, ni tampoco lo sería el río.

El primer ministro Andy Burnham (que pronto podría ser el único líder de centro izquierda entre las principales potencias europeas) afirma que el Brexit “ha hecho más mal que bien” y hay que poner sobre la mesa todas las opciones, incluido el retorno. Pero los obstáculos son tan imponentes como la escalada del Everest por la ladera norte sin sherpas, y no es descabellado pensar que ese entusiasmo por la reconciliación decaería en cuanto se discutiesen los términos del nuevo matrimonio.

¿Conservaría el Reino Unido los privilegios que tenía antes del Brexit, y que tanto minusvaloraba, como el llamado “cheque británico” (un descuento muy sustancial en su aportación al presupuesto común), la conservación de la libra esterlina como moneda, la no participación en Schengen, exenciones sui géneris en ciertas cuestiones judiciales y policiales? Conseguirlo no le sería fácil.

En la última década, los presupuestos de la Unión Europea han subido considerablemente, y la contribución de Londres tendría que ser mayor que en el 2016 (unos 11.000 millones de euros). Si ya entonces los euroescépticos se llevaban las manos a la cabeza, no es difícil imaginar lo que ocurriría en la negociación de un eventual reingreso. Y no digamos cuando se planteara la libertad de movimiento de trabajadores (condición para acceder al mercado único), en un clima tan contrario a la inmigración que la extrema derecha plantea seriamente privar de la ciudadanía a los británicos no blancos, y enviarlos a los países de sus antepasados. La batalla del referéndum del Brexit, que enfrentó a amigos y familias, resucitaría aún con más crudeza.

El Reino Unido que decidió marcharse de la UE ya no existe, y la UE de la que se fue Gran Bretaña tampoco existe. Si Andy Burnham consiguiera persuadir a sus compatriotas de volver a intentarlo con Bruselas, para cuando se rehiciera el matrimonio es probable que en muchos países europeos (entre ellos Italia, Francia, España e incluso Alemania) hubiese gobiernos de extrema derecha o con participación de la extrema derecha, una atmósfera por completo contraria a la del 2016, con Schengen disminuido, dos mil kilómetros de vallas fronterizas (por sólo 315 hace diez años), obsesión anti inmigratoria y búsqueda de una autonomía defensiva para hacer frente a la creciente amenaza de Rusia, en vista de la tendencia aislacionista de EE.UU. Hasta ahora Londres ha priorizado su supuesta “relación especial” con Washington y se ha opuesto a la integración en ese terreno.

La UE a la que volvería el Reino Unido en un futuro a medio plazo se habría expandido probablemente hacia el este con el ingreso de Ucrania, Albania, Moldavia y Montenegro, Polonia sería una de las mayores economías del bloque (ya es la sexta), y Kyiv el principal beneficiario de los subsidios de la PAC o Política Agrícola Común (ahora lo es Francia). Alemania no sería ni de lejos la locomotora de antaño, víctima de la desindustrialización (200.000 empresas cerraron el año pasado), y de su incapacidad para adaptarse a las nuevas economías de la era digital, la inteligencia artificial y los coches eléctricos.

Mientras Londres utiliza una retórica dura con China, en la práctica su actitud es ambivalente y está abierto a hacer negocios, para los cuales el creciente proteccionismo de Bruselas (como la legislación “ made in Europe ” para salvaguardar sus industrias) sería un considerable obstáculo.

El del Reino Unido y la Unión Europea siempre fue un matrimonio de conveniencia, del que Londres pidió el divorcio. Desde que se consumó ha tenido sus pequeñas aventuras (acuerdos comerciales con India, Australia…), pero su gran amor, que son los Estados Unidos, no ha querido ningún compromiso más allá de un affaire que ya le va bien. Ahora los británicos, en un mundo cada vez más hostil, echan de menos la seguridad en materia económica y de defensa de su viejo hogar, y se plantean – al menos en teoría – una reconciliación. ¿Les dará Bruselas, la parte ultrajada, una segunda oportunidad? ¿Se fiará de sus intenciones, teniendo en cuenta la posibilidad de que los conservadores o incluso la extrema derecha lleguen al poder y decidan romper de nuevo? Ya se sabe, un hombre no puede cruzar dos veces el mismo río…

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