Miguelones contra Monchines: la disputa familiar que acabó con tres tiroteos y un cadáver en Valladolid

Miguel mató a Manuel, primo de su mujer, e hirió a tres miembros del clan rival debido a los problemas conyugales que atravesaba con Aroa, que estaba embarazada

Diario Vasco, Ángela Gago, 18-10-2026

Miguel y Aroa apenas llevaban un año casados y ya esperaban su primer hijo, pero el joven matrimonio (20 y 14 años respectivamente) estaba en proceso de separación. Ambos pertenecían a dos clanes enfrentados y ella había vuelto a casa de sus padres. Ni los mediadores gitanos pudieron evitar que la sangre, los casquillos y el miedo sembraran las calles de Pajarillos y Pilarica, en Valladolid, la tarde del 15 de junio de 2004. Hasta tres tiroteos tuvieron lugar en un intervalo de tres horas en estos barrios.

La primera refriega comenzó a gestarse minutos antes de las tres de la tarde en el entorno del mercadillo de la calle Salud. A la confluencia con la calle Faisán llegaron tres individuos a bordo de un Opel. A su vez, otras cuatro personas del clan contrario se encontraban a esa hora en el mismo lugar. Las detonaciones se escucharon procedentes del coche en el que iban a bordo miembros de ‘los Miguelones’ (familiares Miguel Jiménez Gómez). Los destinatarios: cuatro jóvenes, primos y hermanos entre sí, del clan de ‘los Monchines’ (familiares de Aroa Romero Cortés).

Allí se produjeron las detonaciones, aunque el tiroteo pronto se trasladó a las calles adyacentes, ya a pie. Uno de los agresores persiguió a los heridos hasta el cruce de Pavo Real con Martín Pescador. Los regueros y charcos de sangre, tanto por la calzada como por las paredes, atestiguaban la virulencia del enfrentamiento. Los heridos recibieron seis disparos de bala de nueve milímetros, casquillos que encontraron los agentes al escudriñar la zona. El séptimo disparo lo recibió en un pie un trabajador del mercadillo, Alonso B. A., al que amenazaron, pistola en mano, sin conseguir hacerse con su coche.

No habían pasado unos segundos cuando el entorno de las viviendas del 29 de Octubre, en Pajarillos, se llenó de integrantes de ‘los Monchines’, que recogieron a sus allegados para llevarlos al Clínico. «Iban como locos. Los coches salieron a toda velocidad, estuvieron a punto de atropellar a varias personas a las que iban esquivando», explicó un testigo. Mientras los heridos se desangraban camino del hospital y los agresores huían hacia Pilarica, los agentes acordonaron la zona.

Media hora después, varias patrullas salían hacia la calle Ángel García. A apenas quinientos metros del primer escenario, varios individuos la habían emprendido a tiros contra la que suponían que era la casa donde se habían refugiado los autores. El primer tiro se lo llevó, por error, la ventana de la casa anexa, en el número 45. La deflagración fue respondida por más tiros desde la vivienda, donde sí se encontraban los agresores, en el número 47. No hubo heridos, aunque los efectivos recogieron, al menos, cinco casquillos de bala en la calzada.

Después de alcanzar un acuerdo con los inquilinos, los agentes registraron la vivienda. A los agresores de la primera reyerta les incautaron tres escopetas y dos pistolas del calibre nueve milímetros. Uno de ellos, Miguel (conocido como ‘Pitu’), reconoció de inmediato los hechos, por lo que fue el primero en ser detenido. Poco después, su hermano, Manuel, de 22 años, y su padre, C. Jiménez, de 43, corrieron la misma suerte, más por motivos de protección que por su posible participación directa en lo ocurrido.

No habían acabado las pesquisas en los escenarios de los dos primeros tiroteos, cuando las alarmas aparecían de nuevo en Pajarillos, donde los vecinos oyeron «un montón de tiros, frenazos, gritos y carreras». De nuevo, los agresores habían errado su objetivo. Los pistoleros la emprendieron a tiros contra el número 20 de la calle Golondrina, tres calles más arriba del domicilio de una hermana del líder de ‘los Monchines’. Hasta veinte disparos recibieron la calzada, las ventanas y la puerta del inmueble, cuyos inquilinos tuvieron que huir por el patio trasero. Al igual que en la segunda refriega, no hubo detenidos.

El Clínico era un hervidero. A las cuatro de la tarde los gritos desgarrados se unían a los esfuerzos policiales para contener a los miembros de ‘los Monchines’ en el acceso a Urgencias. «Dentro hay cuatro, dos están en quirófano y otros dos están siendo atendidos, hagan el favor de tranquilizarse. Ahora no puede entrar nadie», bregaba un inspector.

Manuel Romero Martínez, de 29 años y primo de Aroa, falleció el día 16 al no superar una lesión vascular por un tiro en el cuello. Otros dos primos de la menor resultaron heridos: R. Romero Lozano, de 33, recibió dos tiros, uno en el muslo derecho y otro en el riñón, y D. Romero Martínez, de 17, fue alcanzado en dos ocasiones, una con entrada y sin salida en el cuello y otra en el muslo izquierdo con entrada y salida sin afectar al hueso. El hermano de Aroa, Salvador (de 16 años y conocido como ‘Caín’), recibió un disparo que le afectó al hombro, codo y mano derechos.

Ese mismo día, ‘Pitu’ ingresó en la cárcel de Villanubla. Desde la dirección de la prisión se evitó que pudiera coincidir con algún interno emparentado o vinculado a ‘los Monchines’ que cumplían condena en el mismo centro penitenciario. Dos días más tarde, el juez envió a prisión a su padre y a su hermano por un delito de homicidio consumado y otros tres en grado de tentativa. Sin embargo, se tomó la decisión de trasladarlos a la prisión de Dueñas «para garantizar su seguridad».

Las primeras desavenencias surgieron tres meses después de la boda por un presunto episodio de malos tratos por parte del novio. Las diferencias entre ambos clanes llegaron hasta el extremo de obligar a interferir a los mediadores gitanos para intentar, sin éxito, calmar los ánimos. Al final, ella decidió abandonar a su marido unos días antes de los tiroteos. Fuentes policiales aseguraron que Miguel tenía tanto miedo a posibles represalias que siempre iba «fuertemente armado».

«No podíamos pensar que podía ocurrir algo así», aseguraron familiares de ‘los Monchines’, que defendían que el tiroteo fue «una encerrona». «Rompieron el pacto al que llegaron las dos familias por medio de los arregladores», explicaron.

A mediados de julio, la Policía registró 16 casas de ‘los Monchines’ sin hallar pruebas. Los efectivos intervinieron ocho escopetas de caza, la mayoría sin licencia, y cinco plantas de marihuana después de cinco horas de operación. La macrorredada movilizó a 170 agentes en Pajarillos, el paseo de Zorrilla y Laguna de Duero.

Los sucesivos intentos de venganza tuvieron el 21 de junio una nueva réplica. Dos individuos prendieron fuego a la vivienda de la calle Ángel García. Los testigos vieron cómo dos jóvenes vertían de madrugada dos garrafas de gasolina en la entrada del chalé. La intervención de un vecino, que sacó una manguera para sofocar las llamas, evitó que el incendio se propagara. La casa estaba vacía. Casi un mes después, el 16 de agosto, hubo otro incendio contra una casa de ‘los Miguelones’, esta vez en la calle Rincón de Esgueva de Pajarillos.

Alrededor de trescientas personas de etnia gitana emparentadas de manera directa o indirecta con el clan de ‘los Miguelones’ tuvieron que irse de Valladolid para evitar posibles represalias. Incluso tuvieron que ser escoltados por los agentes por patrullas hasta las estaciones de trenes y autobuses o en sus vehículos particulares. «Si no nos vamos de aquí, no salimos vivos», relató uno de ellos. Siete meses después de la tragedia, la mayoría regresaron a la ciudad. La Policía estableció un dispositivo especial. El clan de ‘los Monchines’ pidió a los recién llegados que vendieran, al menos, sus viviendas en Pajarillos.

Miguel Jiménez reconoció ser el autor de los disparos que acabaron con la vida de Manuel Romero Martínez e hirieron al resto de ‘Monchines’. En el juicio, celebrado en noviembre de 2006 en la Audiencia de Valladolid entre fuertes medidas de seguridad, también se sentó en el banquillo su hermano Manuel.

‘Pitu’ reconoció que las diferencias en la convivencia con su mujer estaban en el origen del enfrentamiento. Además, dijo que ‘los Monchines’ le presionaban para que se dedicase a la venta de droga en vez de continuar con el negocio familiar, puestos de ropa en el mercadillo de la calle Salud. Según la fiscalía, los dos ‘Miguelones’ se dirigieron hasta la calle Faisán portando cada uno una pistola para hacer frente a R., hermano de Aroa, y comenzaron a disparar provocando la muerte de Manuel Romero.

El menor de los dos hermanos, Manuel Jiménez, negó haber disparado contra los integrantes del otro clan, y reconoció que quien portaba las dos armas requisadas por los agentes era su hermano Miguel. De este modo, contradijo no solo el testimonio de otros testigos sino también su declaración ante la policía. «No tengo nada que ver. Pasamos tres días en los calabozos y si declaré así lo hice mal», insistió.

En defensa de su hermano, este miembro de ‘los Miguelones’, sin antecedentes penales, dijo que ese día se encontró con él después del mercadillo y que portaba un arma en la mano derecha. «Me dijo que habían intentado matarle y que él se había defendido. Le habían amenazado antes. Mi hermano se enamoró de la persona que no debía», señaló.

Durante la vista oral, salió a la luz el rencor y las diferencias que las familias mantenían casi dos años y medio después del tiroteo. «No vas a salir vivo de aquí. ¡Hijo de puta! ¡Me cago en tus muertos!». Estas y otras expresiones fueron proferidas a ‘Pitu’ por familiares de la víctima, que fueron expulsados de la sala.

Sonia, la viuda de Manuel Romero, declaró que varios ‘Miguelones’ bajaron del coche y la emprendieron a tiros contra ‘los Monchines’. «A mi marido le alcanzaron en el cuello y salí a ayudarle. El padre de Miguel me encañonó, incluso llegó a aparentar el gatillo, pero la pistola se le encasquilló. Luego me fui al hospital y ya no pude ver nada más», declaró. «Sonia, no salgas, que te matan», fueron las últimas palabras del fallecido, según recordó la joven. «Venían preparados y sabían lo que iban a hacer», reiteró.

Por su parte, Aroa, hija de Salvador Romero Larralde (alias ‘Negro’ y hermano del entonces líder de ‘los Monchines’) y Ana María Cortés Jiménez, ambos entonces en prisión por blanqueo de dinero procedente de la droga, no ocultó que no guardaba sentimiento alguno hacia el padre de su hija. «Le dejé porque no quería vivir con él, me pegaba mucho y por eso me fui a vivir con mis padres».

Los agentes confirmaron que Miguel se inculpó como único autor del tiroteo. «Cuando llegamos a su domicilio fue el padre el que dijo al chico que nos entregase las dos pistolas con las que dijo que hizo los disparos. De hecho, no tuvimos que cachearle», indicó un inspector, que añadió que en la vivienda se encontraron hasta 43 cartuchos, 18 de ellos de nueve milímetros. Dos expertos en balística certificaron que hubo hasta 27 disparos procedentes de dos de las armas incautadas.

«Manuel no hizo nada. Fue mi hijo Miguel el que disparó para poder salvar su vida y escapar», dijo C. Jiménez, que estuvo encarcelado en la prisión de Dueñas por haber participado en el tiroteo y al que el juez exculpó. «Aroa quería vivir una vida fácil y pretendía que mi hijo se dedicase a la venta de drogas. Somos una familia honrada que nos hemos dedicado toda la vida al mercadillo. Ella decía que así no se ganaba nada, y que había que levantarse con mucho frío, cuando se podía ganar el triple de otra forma», explicó a los jueces el padre, que contradijo la versión de malos tratos a su nuera como origen de la disputa. «Jamás lo presencié. Ella nunca se quejó y fuimos nosotros los que llamamos a los arregladores», dijo.

El fiscal pidió 12 años de prisión para cada ‘miguelón’ y otros 21 años por tres intentos de homicidio. La acusación particular calificó los hechos como asesinato con alevosía por los que solicitó un total de 51 años para cada uno de los hermanos e indemnizaciones próximas a los 500.000 euros para los heridos, la viuda y los cuatro hijos del fallecido. El abogado defensor pidió la absolución de los dos hermanos ya que sostuvo que se trató de una actuación de Miguel en legítima defensa, mientras que reafirmó que su hermano Manuel no estuvo presente en el lugar y solicitó su excarcelación (llevaba en prisión desde junio de 2004).

Horas después de solicitarlo, la Audiencia Provincial decretó mediante una resolución urgente la inmediata liberación de Manuel Jiménez de la cárcel de Dueñas. Estuvo treinta meses en prisión. La acusación particular calificó de «incomprensible» que se liberara a un imputado antes de la sentencia.

Miguel Jiménez Gómez fue condenado a un total de 23 años de cárcel, con la atenuante de confesión, por un delito de homicidio consumado contra Manuel Romero Martínez, por tres tentativas de homicidio, un delito de lesiones y por tenencia ilícita de armas. La Audiencia consideró que no existían «pruebas activas» para determinar que Manuel Jiménez hubiera participado en el tiroteo «aunque estaba muy cerca y oyó los disparos».

La sentencia estableció un total de 408.674 euros de indemnización para la viuda, los cuatro hijos del fallecido y los cuatro heridos. De esta cantidad, el Sacyl debería de cobrar 22.139 euros. Pese a ello, el Tribunal declaró la insolvencia de Miguel. La familia de Manuel Romero recurrió. En noviembre de 2007, el Supremo consideró que los hechos constituían un delito de asesinato y tres tentativas de asesinato y elevó la pena a casi 35 años de prisión.

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