Un reconocimiento tardío para el intérprete que tradujo al mundo los crímenes del ‘apartheid’
Lebohang Mathibela ha recibido un homenaje en Salamanca por su trabajo en la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica (CVR) y reflexiona sobre las heridas que dejó abiertas la segregación racial
El País, , 14-10-2026Parecía una velada tranquila, como cualquier otra. En la provincia de KwaZulu-Natal, en el sudeste de Sudáfrica, una madre acababa de acomodarse en el sofá de su casa para ver la televisión junto a sus tres hijas cuando un estruendo rompió la calma. Oficiales del régimen del apartheid irrumpieron en la vivienda y, sin dar ninguna explicación, encerraron a sus hijas en una habitación. Desde el salón, la mujer podía escuchar sus llantos desesperados pidiéndole auxilio y cómo aquellos hombres las ejecutaban una a una, a sangre fría, hasta que, de pronto, se hizo el silencio. Los asesinos se marcharon, dejándola allí, sola, consumida por una tristeza incontenible.
Más de 30 años después, la evocación de esta historia sigue conmoviendo a Lebohang Mathibela (Sudáfrica, 1971). Él fue uno de los intérpretes encargados de traducir simultáneamente y en tres de los 11 idiomas oficiales del país ―sesotho, isiZulu y afrikáans― los testimonios de algunas de las más de 20.000 personas que, entre 1996 y 1998, acudieron a la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica (CVR): un órgano creado en 1995, un año después de las primeras elecciones democráticas, con la misión de arrojar luz sobre los crímenes cometidos por el régimen del apartheid y sentar las bases de una nueva sociedad multiétnica, liberada de su pasado esclavista, colonialista y por ende segregacionista.
Mathibela tenía entonces apenas 25 años y acababa de sacarse un máster en Estudios de Lenguas Africanas, además un certificado de traducción e interpretación. “Éramos unos críos”, recuerda este hombre risueño y cercano en una conversación con este diario el pasado jueves en la Universidad de Salamanca, donde ha sido homenajeado. “Cuando terminó el proceso fue como si hubiéramos dejado de existir. La Comisión había terminado y nosotros también. Nunca habíamos recibido un reconocimiento así”, explica el hoy profesor de interpretación en la Universidad del Noroeste, a una hora de Johannesburgo, quien quiso nombrar, uno por uno, a todos sus colegas intérpretes de la CVR en un discurso que ofreció el pasado miércoles en la Facultad de Traducción y Documentación.
Intérprete de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (CVR) en Sudáfrica, en la plaza mayor de Salamanca
Emilio Fraile
La invisibilidad que describe Mathibela contrasta con la exposición que tuvieron en el proceso, a menudo situados en el centro de las salas de audiencia, en cubículos transparentes a la vista de todos, y con la relevancia del papel que desempeñaron. Su participación no se limitó a un mero ejercicio lingüístico, sino que conllevaba una dimensión humana y ética sin la cual no hubiese sido posible recoger fielmente aquellas vivencias desgarradoras, ni preservar la integridad de las victimas. “Para no revictimizar a los que venían a testificar, teníamos que ser amables y comprensivos. Había que saber cuándo dejar de ser intérprete y volver a ser humano”, incide Mathibela, que en ocasiones no fue capaz de retener las lágrimas. Tampoco pudo contener su tristeza el propio impulsor de la CVR y posteriormente Nobel de la Paz, el arzobispo Desmond Tutu, rememora el intérprete, al escuchar un hombre que relató cómo las torturas recibidas lo habían dejado paralítico y en silla de ruedas. “Durante un momento dejó de haber interpretación. Todo el mundo permaneció en silencio. Era una atmósfera sombría, un momento de dolor indescriptible”.
Como hombre negro era imposible desconocer las atrocidades que ocurrían. Cuando llegó la oportunidad de interpretar, regresaron recuerdos, pero también la ira
El profesor reconoce que ni él ni los otros intérpretes estaban preparados para soportar la carga emocional de semejantes dramas que, además, no les eran ajenos, ya que muchos procedían de las mismas comunidades discriminadas y violentadas por el régimen del apartheid. “Como hombre negro era imposible desconocer las atrocidades que ocurrían. Cuando llegó la oportunidad de interpretar, regresaron recuerdos, pero también la ira”.
Poner distancia con este trabajo no fue fácil. Durante esos años, el alcohol fue una especie de muleta. Al terminar el día, él y sus colegas solían reunirse en bares donde comentaban lo sucedido entre vasos de brandy. “Me acababa de casar. Pasaba mucho tiempo lejos de casa porque las audiencias se celebraban por todo el país (…) Sin darnos cuenta, aquello era también una manera de alejarnos de los horrores que habíamos escuchado”, relata. Ninguno de sus compañeros recibió ningún apoyo psicológico por parte de la Comisión y muchos de ellos no consiguieron liberarse del trauma. Algunos incluso dejaron la interpretación.
Intérprete de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (CVR) en Sudáfrica, en la plaza mayor de Salamanca
Emilio Fraile
Mathibela estuvo un tiempo en terapia, pero asegura que hoy ya no tiene pesadillas. Aprendió a convivir con una experiencia que años después contempla, pese a todo, con gratitud: gratitud por haber formado parte de un proceso que buscaba reconciliar a su país. Aún así, es también consciente de las carencias de una Comisión, cuyos numerosos detractores resaltan su ineficiencia y la ausencia de sentimiento de culpabilidad o remordimiento de las autoridades del régimen. A diferencia de los juicios de Núremberg, que procesaron a los nazis tras la Segunda Guerra Mundial, la CVR no juzgó a individuos, sino que se centró en recopilar pruebas y sacar a la luz lo ocurrido, tanto desde la perspectiva de las víctimas como de los responsables. “Muchas víctimas acudieron en busca de justicia, pero pocos responsables comparecieron para asumir plenamente sus actos”, deplora el intérprete. Y, al hacerlo, dejó heridas abiertas.
Como país, si nos hubiéramos quedado atrapados en el apartheid, no estaríamos donde estamos hoy. Hay que seguir adelante con quienes sí desean el cambio
La segregación racial que sustentó el sistema de apartheid sigue condicionando, en parte, las disparidades económicas de una de las sociedades más desiguales del mundo en términos de ingresos, según el Banco Mundial. El racismo aún impregna las mentalidades de numerosos sudafricanos socializados bajo el apartheid que nunca hicieron suyo el concepto de nación del arcoíris popularizado por Nelson Mandela en 1994, critica el Mathibela. “Como país, si nos hubiéramos quedado atrapados en el apartheid, no estaríamos donde estamos hoy. Hay que seguir adelante con quienes sí desean el cambio”.
El intérprete cree firmemente en el potencial de las nuevas generaciones para revertir las herencias del apartheid. Sobre todo cuando echa la vista atrás y compara la infancia de sus dos hijos, hoy de 23 y 25 años, con la suya en Boipatong, un township (barrio segregado) situado en el distrito de Gauteng, en el noreste de Sudáfrica. “Mi infancia fue difícil. Toda mi educación transcurrió en zonas reservadas a la población negra, con menos recursos y menos oportunidades. Ellos, en cambio, nacieron en un hospital que antes era exclusivo para blancos. Crecieron en entornos integrados. Tienen amigos blancos, indios, mestizos y negros. Para ellos el color de la piel no es importante”. “Hay esperanza”, añade con una sonrisa.
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