La fuga suicida rumbo a la Península, en colchoneta, de los desesperados de Ceuta

Se echaron al agua desde la playa de El Trampolín cuando aún era el asentamiento más numeroso de Ceuta y tras asaltar, a finales de julio, la frontera del Tarajal. Desde entonces se les perdió el rastro, como a muchos de los que intentan cruzar los 14 kilómetros hasta la Península. «Es imposible que llegaran», dicen en la Guardia Civil. Seis días después, apareció un cadáver con neopreno frente a la costa de Málaga

El Mundo, Chema Rodríguez, 13-10-2026

Playa de El Trampolín, Ceuta. 23 de septiembre de 2026. 19.00 horas
Aún quedan once días para que el asentamiento chabolista de El Trampolín, el más grande levantado en Ceuta tras la avalancha migratoria del 30 y del 31 de julio, desaparezca. Alrededor de 3.000 personas el número real, exacto, no se llegará a conocer jamás, la cifra es solo una aproximación viven, malviven, en cientos de chabolas levantadas por sus inquilinos con sus propias manos y con palos, lonas, plásticos y telas. Los más afortunados disfrutan de alojamiento VIP, que no es otra cosa que una de las tiendas de campaña repartidas por alguna de las ONG que les atienden y proporcionan, al menos, una ración de comida diaria.

El fotoperiodista Marcos Moreno está tomando fotografías del campamento, retratando, como viene haciendo desde que comenzó la crisis hace casi dos meses y medio, la vida diaria de sus habitantes, el ecosistema de miseria más o menos organizada que ha nacido y se ha desarrollado en media de la desesperación.

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Está junto a la orilla y algo le llama la atención. Tres luego serán cuatro hombres, vestidos con trajes de neopreno, se han echado al agua y se reparten la escasa superficie de una colchoneta semihundida por el peso y por los agujeros por los que se escapa el aire que la hace flotar. No están jugando, nadan hacia alta mar, se alejan de la costa. Les hace señas para que se vuelvan y le miran.

El instante lo capta con su Nikon z9. El objetivo que monta, un Nikon 70-200 VR, congela los rostros de los tres, luego cuatro, ocupantes de la colchoneta antes de que sigan alejándose, desdibujándose hacia los mercantes que se ven en el horizonte. Después de eso, se les pierde de vista y se les pierde el rastro.

La colchoneta con los migrantes, al poco de echarse al agua y cerca de la orilla de la playa ceutí.
La colchoneta con los migrantes, al poco de echarse al agua y cerca de la orilla de la playa ceutí.MARCOS MORENO
Costa de Estepona, Málaga. 29 de septiembre. Pasadas las 20 horas
Una embarcación de recreo surca las aguas cercanas al litoral malagueño, a once millas de la costa, cuando algo aparece flotando. A primera vista no se distingue qué es, parece un bulto, podría ser cualquier cosa. Pero, a medida que se acerca, se dibuja lo que resulta ser el cuerpo de un hombre flotando. Lleva un traje de neopreno.

Desde el barco avisan al Centro Coordinador de Salvamento Marítimo en Tarifa (Cádiz) que, a su vez, activa al helicóptero Helimer 222, que está por esa misma zona, para que eche un vistazo. También la embarcación Gadir de Salvamento Marítimo acude y, finalmente, rescata el cadáver, que es traladado hasta el puerto de Estepona y la Guardia Civil se hace cargo del cuerpo y de la investigación que abre el juzgado de guardia.

El muerto con neopreno queda bajo custodia del Instituto de Medicina Legal de Málaga, donde se le practica la autopsia. Causa oficial de su muerte: ahogamiento.

Lo que no consiguen los forenses es identificar al hombre y el cadáver queda a la espera de un milagro o lo más probable de que se le declare oficialmente no identificado y sea enterrado. Le espera una fosa común y una lápida con un número.

Imposible saber, lo dicen en la Guardia Civil, si el ahogado aparecido a once millas de Estepona es uno de los cuatro desesperados de El Trampolín que se lanzaron al agua el 23 de septiembre con un fotógrafo como testigo. De ellos no se ha vuelto a saber nada y en el Guano, el campamento en el que se han refugiado muchos de los que estaban en El Trampolín tras su desalojo exprés el pasado fin de semana, algunos reconocen a los hombres de las fotos, pero nadie sabe qué ha sido de ellos.

Si siguieron nadando hacia el interior. Si su intención era cruzar en colchoneta los 14 kilómetros que separan Ceuta de la Península Ibérica. Si se dieron la vuelta en algún momento…

En cualquier caso, sentencian fuentes de la Guardia Civil, la fuga de los cuatro de la colchoneta de El Trampolín fue una fuga suicida. “Es imposible”, aseguran tajantes las fuentes consultadas por CRÓNICA, que a nado, solo con un flotador a compartir, se pueda salvar el Estrecho de Gibraltar y llegar, sanos y salvos, a la orilla opuesta. Ni con trajes de neopreno.

Sobre todo porque en esa travesía hay un enemigo invisible, una trampa mortal que hunde cualquier esperanza de que se produzca el milagro. Son las corrientes marinas, las que arrastran, precisamente, hasta el litoral de Málaga y convierten un trayecto de catorce kilómetros en un calvario de cien kilómetros. Un viaje a ninguna parte.

Lo mismo que dicen en la Guardia Civil lo confirma un veterano piloto de Salvamento Marítimo. “No es posible”, dice sobre la posibilidad de que los cuatro migrantes que salieron de El Trampolín alcanzasen la Península. El neopreno, en cualquier caso, lo único que garantiza es que el cuerpo no se hunda y llegue en mejor estado, pero muerto al fin y al cabo, explica este especialista en rescates.

Y eso que, apunta, por el traje de neopreno que llevaban, con el que aparecen en las fotografías que ilustran este resportaje, “les piden un dineral” a los inmigrantes. “Es todo un negocio”. Hasta las embarcaciones hinchables con las que, en algunos casos, han arribado a las costas gaditanas grupos de magrebíes o subsaharianos son vendidas a precio de oro y luego revendidas igual.

Aunque no se les ha identificado, ni a los de las fotos ni al aparecido en Estepona, en el instituto armado están convencidos de que este último fue uno de los que entraron en la avalancha de finales de julio en Ceuta. Todo coincide. “El modus operandi es el normal”, apostillan.

No es el primero ni será el último. De hecho, en solo unas semanas han aparecido junto a las costas de Málaga varios cadáveres de migrantes ahogados con neopreono, con flotadores… Todos sin documentación, imposibles de identificar, candidatos inevitables a la lápida sin nombre de un cementerio cualquiera.

El 15 de septiembre, por la tarde, se activó la alerta por el hallazgo de un cuerpo en la costa occidental malagueña. La Guardia Civil fue avisada y Salvamento Marítimo recogió el cuerpo y lo llevó hasta el puerto de Fuengirola.

Al día siguiente, 16 de septiembre, aparece otro cuerpo, esta vez en Nerja y es trasladado hasta Vélez-Málaga. El desconocido llevaba aletas y flotador, varios teléfonos móviles y dirhams, la moneda oficial de Marruecos. Sin signos de violencia aparente, se determina que su muerte se produjo por ahogamiento y que llevaba pocos días en el mar.

Pero es que diez días después, el 26 de ese mismo mes de septiembre, una patrullera del Servicio Marítimo de la Guardia Civil encontró otro cadáver, por entonces el tercero seguido, en alta mar, en avanzado estado de descomposición esta vez.

“No es sencillo salir de Ceuta”, explica Diego Boza, coordinador de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (Apdha), que subraya que muchos, la mayoría, de los migrantes que siguen en la ciudad autónoma están “al límite de la desesperación”. Solo eso, señala, puede explicar que a alguien se le pase siquiera por la cabeza intentar pasar hasta la Península a nado. Aunque ése sea el deseo confesado, el anhelo último de los miles que están en los campamentos levantados por la ciudad. Más aún de quienes ni siquiera han tenido la suerte todavía de encontrar hueco en alguno de ellos.

Uno de los migrantes mira a la cámara mientras nadan hacia el interior.
Uno de los migrantes mira a la cámara mientras nadan hacia el interior.MARCOS MORENO
Boza cree que “el Gobierno quiere que se vaya generando desesperación” entre el colectivo y teme que el problema creado en Ceuta por la entrada masiva de más de 80.000 personas por la frontera del Tarajal se acabe cronificando. Que la ciudad autónoma “sea una Lampedusa”.

Por eso no le extraña que busquen las vías más peligrosas para salir de la ciudad. Oculto en los bajos de un autobús durante más de cien kilómetros, como el menor de 17 años que fue descubierto en el autocar del equipo de fútbol de Valladolid. O a nado en una colchoneta, como los cuatro del Trampolín.

Su asociación le sigue el rastro, desde 1988, a quienes, como ellos, desparecen sin dejar huella al intentar alcanzar un sueño que muta en pesadilla y, también, a los cadáver sin nombre que las corrientes arrastran hasta las costas españolas.

Según las estadísticas de Apdha, desde que llevan la cuenta, desde hace 38 años, han muerto o han desaparecido en las rutas del Estrecho, Alborán o las Canarias 19.363 migrantes y ahí no se incluyen los de este año ni los del anterior, porque el último informe que elaboran cada año, que lleva por título ‘Frontera Sur’, no está acabado. Tampoco, por tanto, los cuatro cuerpos aparecidos en unas pocas semanas en Málaga ni los cuatro del Trampolín de los que no se tiene noticia desde el 23 de septiembre.

En 2024, el último año contabilizado, Pro Derechos Humanos Andalucía registró 1.869 desaparecidos y 596 muertos. Solo en Ceuta y en Melilla fueron 55 los desaparecidos y 60 los fallecidos, la mayoría ahogados, aunque la cifra más abultada corresponde a la ruta hacia las islas Canarias: 1.445 desaparecidos y 421 muertos.

El problema, la tragedia sobre la tragedia, es que es prácticamente imposible que puedan ser identificados los que aparecen y que sus familias puedan llegar a recuperar sus restos. No hay, se queja Boza, un protocolo, depende de las gestiones de juzgado español a juzgado marroquí y “las familias tienen que ir llamando a cada instituto forense”. Y ni siquiera así lo consiguen en la inmensa mayoría de los casos.

Dos semanas después de que el fotoperiodista Marcos Moreno captase con su Nikon la huida imposible de cuatro de los acampados en la playa de El Trampolín, allí no queda nada del asentamiento. Las retroexcavadoras han echado abajo las chabolas y se han retirado toneladas de desechos. Es imposible encontrar, incluso, a quienes coincidieron con ellos. No solo se les ha perdido la pista, también se pierde su memoria.

Solo quedan las tres instatáneas que encabezan estas páginas y que ilustran, además de una historia particular, la desesperación de los miles de migrantes que siguen esperando en Ceuta una oportunidad para alcanzar la meta por la que lo han apostado todo. Aunque el precio puede ser una lápida sin nombre en un cementario español.

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