Cuando toda España fue Ceuta

Cuando un Estado renuncia a la disuasión frente a la guerra híbrida y adopta el servilismo como doctrina diplomática, el invasor no necesita derribar murallas, le basta con esperar a que sus gobernantes le abran

ABC, Juan Luis López Aranguren, 12-10-2026

Decía Marx, glosando a Hegel, que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa. España ha sufrido ampliamente ambas por una peligrosa ingenuidad instalada en su domesticada conciencia nacional: la creencia de que una nación solo puede ser invadida por medios convencionales. La historia se ha encargado de despertarnos dolorosamente de esta fantasía. Lo hizo en 1808 cuando la sangrienta invasión napoleónica se cobró la vida de medio millón de españoles, destruyó y robó gran parte de nuestro patrimonio nacional y liquidó definitivamente a España como potencia geopolítica global. Y lo está haciendo hoy con la guerra híbrida que Marruecos ha desatado sobre nuestro país con consecuencias todavía desconocidas. En ambas contiendas, las similitudes resultan sobrecogedoras.

En 1808, Napoleón rompió las dinámicas de la guerra convencional y violó las más elementales normas bélicas al atacar a traición y sin declaración previa a España, su aliada teórica, con la excusa de cruzar la península para castigar a Portugal por negarse a aplicar el bloqueo continental contra Gran Bretaña. En nuestra época, Marruecos ha empleado una calculada estrategia de guerra híbrida contra España, manteniendo el conflicto en una zona gris que le permita desestabilizar los enclaves españoles que ansía en su afán expansionista, pero sin pagar el alto coste de un enfrentamiento directo contra un rival que sigue siendo superior militarmente.
Si la formalidad deliberadamente ambigua de ambas contiendas fue similar, también lo es su articulación operativa, fundamentada en la explotación masiva del factor humano sobre el terreno. Napoleón transformó la demografía en poder militar al convertir los reclutamientos forzosos en el motor principal de su Gran Ejército, que llegó a movilizar a 600.000 soldados en 1812, un hito en la historia bélica europea. Marruecos, por su parte, ha convertido a su propia población empobrecida y lanzada a una huida desesperada en balas geopolíticas que disparar contra España, logrando instrumentalizar la emigración como la mejor arma en esta guerra híbrida. Estrategia que con tanto éxito aplicó Hasán II en la Marcha Verde sobre el Sahara Occidental y que aplica ahora su hijo, Mohamed VI, de forma repetida, sobre Ceuta y Melilla. Este desprecio del régimen magrebí respecto a sus propios ciudadanos queda de manifiesto en la cruel negativa a aceptar los cadáveres de las decenas de inmigrantes que murieron ahogados en las aguas del Tarajal, cuyos féretros tuvieron que dar la vuelta en la frontera. Los casquillos humanos no son de utilidad para Rabat.

Pero la más dolorosa similitud puede ser que las autoridades españolas, en ambos conflictos, parecen reducidas a meros títeres de las potencias agresoras. Fernando VII, ávido de una legitimidad interna de la que carecía tras el motín de Aranjuez, quiso buscarla en el exterior, y creyó ciegamente en las promesas napoleónicas de ser reconocido como monarca si cruzaba la frontera y se reunía con el militar corso en Bayona. Una vez allí, fue secuestrado junto a su padre, Carlos IV, y ambos obligados a abdicar de forma humillante en el hermano de Napoleón, José Bonaparte. Se consumaba así uno de los capítulos más vergonzosos de la historia española.

Sin embargo, aunque la cobardía como debilidad del alma sea atemporal, la forma de los barrotes no lo es, y estos pueden ser tanto físicos como digitales. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y varios de sus ministros, como Marlaska y Robles, sufrieron el robo masivo de información de sus móviles mediante el ‘software’ espía Pegasus entre 2020 y 2021.

Tanto entonces como ahora, la respuesta institucional coincide con la de quien ha abandonado ya cualquier sentido de Estado y solo busca salvarse un día más de una extorsión personal asfixiante. En 1808, mientras disfrutaba de suntuosos lujos en su prisión de oro y los españoles derramaban su sangre en una guerra contra el invasor francés, Fernando VII enviaba numerosas cartas de felicitación a Napoleón celebrando sus victorias y suplicándole ser adoptado en la familia Bonaparte con sonrojantes elogios como «doy al Emperador las gracias por las bondades que derrama sobre mí, siendo mi gran emulación ser un hijo adoptivo de Su Majestad el Emperador».
De forma dolorosamente similar, tras más de dos meses de invasión en el que más de 80.000 inmigrantes marroquíes han violado la integridad territorial de España, tal y como el propio Sánchez reconoció, con decenas de muertos y una ciudad española ansiada por Marruecos sitiada y colapsada todavía con miles de asaltantes, el presidente del Gobierno y varios de sus ministros han agradecido elogiosa y reiteradamente a Marruecos su «colaboración» en la gestión de esta crisis, apresurándose a exculpar a Rabat de cualquier responsabilidad estatal, mientras culpaban a las redes sociales, a los algoritmos, a Elon Musk, a Israel o a Rusia del ataque contra España. Igualmente, la única respuesta diplomática que este Gobierno ha dado no fue contra Marruecos, sino contra un país hermano y socio europeo, como es Italia, por su decisión de reintroducir controles migratorios tras el caos ceutí, decisión que parece hoy más justificada que nunca tras la detección por la Policía de varios yihadistas infiltrados entre los asaltantes.

Mientras Ceuta sigue padeciendo el caos intencionalmente provocado, las calles españolas se llenan de gritos de solidaridad con la ciudad atacada ante la inoperancia de nuestra clase dirigente y el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, redobla sus amenazas de anexionarse las dos ciudades autónomas. En contra de lo declarado por Marlaska, se ha filtrado un informe policial que alertaba con anterioridad al Gobierno de que agentes marroquíes estaban organizando la invasión migratoria sobre Ceuta.

Ante este trance histórico, si alguna lección nos ha enseñado la historia, tanto en 1808 como en la actualidad, es que la sumisión jamás ha saciado el apetito expansionista de un agresor; muy al contrario, solo sirve para espolearlo. Y, cuando un Estado renuncia a la disuasión frente a la guerra híbrida y adopta el servilismo como doctrina diplomática, el invasor ni siquiera necesita derribar murallas, pues le basta con esperar a que sus gobernantes le abran, dócilmente, las puertas desde dentro.

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