Tamo y sus cinco hijas, a la búsqueda de refugio en el barrio de El Príncipe tras llegar a nado a Ceuta

Cientos de personas que cruzaron en la entrada masiva continúan cobijadas en barriadas periféricas y montes de la ciudad autónoma

El País, Virginia Martínez, 09-10-2026

Las casitas del humilde barrio de El Príncipe están pintadas con colores intensos. Hay verdes, grises, rosas, azuladas… Todas forman un entramado de callejuelas estrechas que confluyen en varias plazas y de las que sobresalen los minaretes de las mezquitas. Ahora, en sus rincones se resguardan decenas de migrantes que llegaron con la entrada masiva a Ceuta y que no quieren retornar a Marruecos. Algunos llevan solo unos días asentados en el vecindario: son migrantes que vienen de El Trampolín huyendo de la Policía tras el reciente desalojo del asentamiento instalado en la playa. Otros dormitan en las calles o se cobijan en sus casitas de colores ya desde el inicio de la crisis. Entre quienes se han internado en El Príncipe se encuentra Tamo, una mujer marroquí de 35 años, y sus cinco hijas pequeñas. Todas entraron juntas a nado a la ciudad autónoma a finales de julio. Hoy buscan refugio.

El barrio de El Príncipe corona un monte que que está justo encima del paso fronterizo de El Tarajal, por donde miles y miles de personas accedieron a España con el cruce multitudinario de finales de julio. Hasta entonces, el vecindario estaba siempre presente en las noticias por sus altos índices de criminalidad y de pobreza (la renta media por hogar ronda los 5.500 euros). Ahora sigue en la palestra por ser uno de los puntos calientes de la emergencia migratoria. Como otras barriadas de la periferia, El Príncipe se ha convertido en refugio de los migrantes llegados a finales de julio que se resisten a abandonar Ceuta.

Son las diez de la mañana de este jueves y un gallo no para de cacarear en el corazón de El Príncipe. A esa hora, Tamo espera junto a sus cinco niñas dentro en una de las casitas de colores. La hija mayor tiene 11 años; la más pequeña, ocho meses. Todas son un calco con estaturas en escalera. Los ricitos cortos de la bebé son ya cabellos ondulados y de color azabache en sus hermanas. Tamo y sus pequeñas vivían en un pueblito cercano a Fez, y junto a su marido llegaron a Ceuta en el cruce masivo de finales de julio. El fotoperiodista que las retrata para este reportaje tiene también una imagen de la familia en el mar, con chalecos flotadores, durante la entrada multitudinaria. Los seis se han refugiado con vecinos, como muchos otros migrantes que se adentraron en El Príncipe y en otras barriadas. Habían permanecido unidos hasta que, según cuenta Tamo, hace unos días su marido fue devuelto a Marruecos por andar ebrio y montar jarana. Ahora, ellas ya no podían seguir donde se estaban quedando.

Tamo y sus hijas, en El Príncipe.
Joaquin Sanchez
Ahmed Enfed-Dal, presidente de la Asociación de Vecinos, trata de buscar una solución para Tamo y las pequeñas a través de las instituciones. Además explica cómo han transcurrido los días desde el cruce masivo. “Desde el día 30 de julio hasta hoy, en la barriada de El Príncipe ha habido una población flotante de migrantes muy grande”, relata Ahmed. “Algunos han ido retornando a su país, otros se han ido quedado aquí”, prosigue. “Y con la batida que se ha hecho en El Trampolín, otra vez han venido muchos a El Príncipe”, añade el hombre, de 48 años y mediador social, que desde el inicio de la crisis se ha implicado muchísimo con los migrantes. “Yo soy de Ceuta, puro caballa”, apostilla. La población musulmana de la ciudad autónoma no obtuvo la nacionalidad española hasta la década de los 80, cuando una ley del Gobierno de Felipe González regularizó su situación.

Fue entonces cuando El Príncipe, hoy con unos 12.000 habitantes, empezó a poblarse principalmente de ceutíes musulmanes. Las casitas de colores del barrio habían empezado a levantarse entre 1970 y 1980, sustituyendo a las antiguas chabolas habitadas desde los años 20 por obreros marroquíes dedicados a la construcción o a la pesca. Décadas después, ya con las casitas de colores, El Príncipe se hizo con el título de uno de los barrios más peligrosos de España, con el narcotráfico como telón de fondo. Hoy, muchos de sus vecinos se han popularizado por ayudar a los migrantes durante los días más duros de la entrada masiva. Hay quien también los metió en casas patera para sacar dinero.

Ahmed Enfed-Dal con menores, en El Príncipe.
Joaquin Sanchez
Cuando Ahmed camina por El Príncipe, decenas de adolescentes se acercan al presidente de la Asociación de Vecinos pidiendo auxilio. Ahmed continúa andando y no paran de salir menores y menores extranjeros no acompañados de todos lados. Y eso que el Gobierno de Ceuta tiene ya en el sistema de acogida a 2.827. Entre los recovecos de las sinuosas calles hay cobertizos con mantas, alguna caja a modo de cama y también excrementos. Ahmed asegura que no hay problemas con los vecinos. Aunque no todos están de acuerdo. “¡Estamos ya hartos!“, exclama con vehemencia un censado del barrio, que se queja de la suciedad y del trasiego de gente.

En una de las esquinas está sentado Hamid, de 36 años. Vino de Tetuán el 30 de julio y lleva semanas trabajando como chapuzas para uno de los vecinos después de más de dos meses en el barrio. Junto a su silla hay un aparato metálico con el que corta las losas para alicatar una pared. Hamid asegura que cobra 30 euros al día por ese empleo y es ya casi uno más en El Príncipe. A pocos metros de Hamid hay otros migrantes que llegaron hace poco, tras el desalojo de El Trampolín. Conscientes de que muchos de los que estaban en la playa retornaron a Marruecos tras el operativo policial, escaparon del asentamiento a las barriadas periféricas. Todo por el miedo a ser devueltos. Mohamed y Najib, de 30 y de 23 años, huyeron por ese motivo a El Príncipe. Mohamed se instaló en un antiguo fuerte del vecindiario y Najib lleva tres noches durmiendo sobre la parte desnuda de un montículo. Los dos quieren alcanzar la Península. Ninguno tiene idea de cómo.

Najib, en una ladera junto a El Príncipe.
El ministro Ángel Víctor Torres, al frente del mano único, reconoció este jueves que hay migrantes que se resguardan en casas, barrios o en montes, como ocurre en El Príncipe. “La voluntad del Gobierno de España es que todo aflore”, apuntó Torres. La Moncloa prefiere no dar datos de cuántos permanecen en la calle. Como cifra orientativa, la Cruz Roja reparte en estos momentos en torno a 1.000 comidas diarias. Pero el número fluctúa, llegando en algunas jornadas a las 1.500 pese al desmantelamiento de El Trampolín.

Otros migrantes que estaban en las tiendas de la playa se guarecen en el monte. En un bosque cercano se puede seguir su rastro: entre los árboles hay desperdicios de la comida que reparte la Cruz Roja diariamente. También hay mantas. Y los militares patrullan la zona siguiéndoles la pista. Fuentes gubernamentales aseguran que la fuerzas de seguridad, una vez completados los desalojos de los campamentos, continuarán con operativos de menor escala para ir localizando a las personas que permanecen en los barrios y en los montes y trasladarles al paso fronterizo de El Tarajal. Finalmente, como ocurrió con los desalojos, pretenden darles ahí la opción de entrar en un recurso de acogida o volver a Marruecos. Desde el 10 de agosto, 11.026 migrantes han retornado al país vecino; 10.513 regresaron voluntariamente y 513 fueron expulsados por infracciones.

Uno de esos 513 expulsados es el marido de Tamo y padre de las niñas. Las seis y sus cabellos azabache tienen ya plaza en uno de los 10 recursos habilitados por el Gobierno. Lo lograron gracias a la implicación del presidente de la Asociación de vecinos de El Príncipe, Ahmed, y sus contactos institucionales. Dentro de la casita de colores, Tamo suspira aliviada al enterarse de la noticia.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)