Crítica de 'Ceniza en la boca': Odisea sin retorno

"La sola visualización del título, Ceniza en la boca, provoca desazón. Un incómodo extrañamiento que llena el sentido del gusto de pasmo y estupor"

Diario de noticias de Gipuzkoa, Juan Zapater, 09-10-2026

La sola visualización del título, Ceniza en la boca, provoca desazón. Un incómodo extrañamiento que llena el sentido del gusto de pasmo y estupor. Su significado resuena a preludio de sensación inquietante. A eco penitencial. Lo es, y cuando se sabe de dónde proviene esa ceniza, todavía resulta más terrible, más dolorosa al implicar la presencia de una pérdida. Diego Luna se las arregla para visibilizarla con una poética tan potente, con una mirada tan reconciliadora y con un gesto tan contenido, que todo en esta adaptación de la obra de Brenda Navarro adquiere el sentido de la piedad. En el filme se impone la mueca de compartir una luz oscuramente esperanzadora.

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Para empezar, esa escena postrera de literalmente llevar ceniza a la boca acontece en un hogar materno lleno de ausencias. Allí todo lo preside la hegemonía de un abuelo militar atribulado en tiempo de miedo y la crueldad de una abuela de cuya boca salen dardos envenenados. Ellos y un contexto de delincuencia, hacen que el regreso a la Ítaca natal de su protagonista se sepa inicio de una nueva y definitiva partida. Se trata del cierre de un círculo que recompone la imagen de una madre desarraigada y con la que se identifican los pasos de su hija.

Cuando Lucila (impresionante Anna Díaz), al lado de una reproducción de La última cena, se lleva ceniza a los labios, se literaliza el título de la película en una siniestra comunión. Eso acontece en su recta final, en el desenlace de un vía crucis que preconiza un tiempo de adviento. Por eso mismo, Diego Luna, en un riguroso ejercicio de ortodoxia cinematográfica, cierra su película casi con el mismo plano con el que la ha comenzado. Entre ambos han pasado varios años, han acontecido muchas cosas en un mundo de migrantes, en una sociedad de transterrados que en la reescritura de Diego Luna se entregan a la soledad.

El propio director ha relatado que de la novela de Brenda Navarro, poliédrica y desgarradora, él ha extraído una posible lectura, la que le ancla a la propia biografía de Lucile, la que habla de la ausencia de la madre, la que impone el movimiento y la desafección de ser errante en tierra extraña, de ser extraño en el mismo lugar de su nacimiento. Pero claro que hay otras. De hecho la adaptación de Ceniza en la boca no agota todos los recovecos de la prosa de Brenda Navarro, pero sí acota y hace propia la historia que aquí se cuenta. Y lo que se cuenta debe mucho a la propia forma de ser y estar de Diego Luna, a su necesidad de apurar la vida, de vivir el tiempo. Su historia no parte del inicio de la novela, sino que se centra en la literalidad cronológica de lo que narra. En su mirada, lo que se narra confluye con muchos de los retratos que el cine nos ha regalado, casi siempre con ácido y tino, sobre antiheroínas emigrantes que se buscan la vida atendiendo las necesidades más fundamentales de la sociedad. Cuidan de las personas ancianas, de los bebés, de las casas…, pero apenas tienen tiempo y recursos para atender a su propia existencia.

Ceniza en la bocaDirección: Diego Luna Guion: Abia Castillo, Diego Luna y Diego Rabasa a partir de la novela de Brenda Navarro Intérpretes: Anna Díaz, Adriana Paz, Irene Escolar, Luisa Huertas, Laura Gómez y Charlie Rowe País: México. 2026 Duración: 97 minutos

Con fogonazos en blanco se articula el periplo de Lucila. En esos saltos temporales, saltos espaciales, la vemos crecer física y mentalmente. También la vemos sufrir. La sensibilidad de Diego Luna resulta contagiosa, se siente llena de sutilezas, sin subrayados innecesarios. En su retina, Anna Díaz encarna la vida. Y en esa vida hay secuencias plenas de sensualidad y alegría. Claro está, también hay pozos de soledad y negritud. En todos los casos, el tratamiento rezuma una extraordinaria coherencia.

Si la fama del Diego Luna actor eclipsara la personalidad del Luna director, se incurriría en un grave error. En Ceniza en la boca queda claro que Luna se sabe y se siente director. Su trabajo representa un sólido e interiorizado proceso cinematográfico. En su filme aletean mil decisiones asumidas desde el rigor. Del tratamiento de la banda sonora, a la planificación de todas y cada una de las secuencias, Luna muestra plena consciencia Su retrato de la emigración no incurre en demagogias ni en lugares comunes, no hay personaje sin dimensión ni escena sin intención. Evita el tremendismo y da argumentos para recibir su película como una solvente crónica sobre algo irrebatible; todos somos extraños, todos estamos de paso, sea cual sea la tierra.

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