Tatiana Tibuleac: “Todos eran alcohólicos durante el comunismo”

La moldava Tatiana Tibuleac habla de su nueva novela, basada en su padre periodista y la realidad de la emigración

La Vanguardia, Xavi AyénXavi Ayén/Chisináu. Enviado especial, 07-10-2026

Muy pocos turistas visitan Moldavia, antigua república soviética que alcanzó su independencia en 1991. Nosotros hemos venido porque tenemos una cita con su escritora más célebre, Tatiana Tibuleac (Chisináu, 1978), que escribe en rumano, la lengua oficial del país. Pese a la tranquilidad que se respira, esta ciudad de 800.000 habitantes está a tan solo dos horas de coche de la guerra de Ucrania. Las estadísticas indican que Moldavia es uno de los países más pobres de Europa, pero eso no se percibe paseando por los parques y las calles del centro de la ciudad. Como en los libros de Tibuleac la identidad (nacional, lingüística, personal) es el gran tema de una sociedad que ha visto cómo sus ciudadanos cambiaban de pasaporte y de alfabeto de una generación a otra, tras la independencia de 1991. En esa época se ambienta Cuando seas feliz, golpea tú primero (Impedimenta/Àmsterdam), novela protagonizada por Mila, emigrante moldava en París, justamente como la autora de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, un fenómeno internacional que solo en España ha vendido 200.000 ejemplares. El de ahora, cuenta, “es un libro sobre la relación de ella con su padre, periodista, como el mío, y el desarraigo de los emigrantes”.

Tibuleac vive normalmente en las afueras de París, pero ha querido que nuestro encuentro sea en Chisináu, y más concretamente en su barrio de Botánica, en los territorios donde suceden varios de sus libros, especialmente el segundo, El jardín de vidrio, sobre una niña y una anciana que recogen botellas por las calles de la ciudad.

“Mi padre, ya fallecido, odiaba la idea de que yo también fuera periodista, como él – confiesa la escritora, paseando por su antiguo barrio–. Es una profesión difícil. ‘Nunca comerás a tu hora y pasarás frío –me decía–. ¿Por qué no te haces médica? ¿Por qué no te haces cualquier otra cosa?’. En aquella época, ser periodista significaba despedirte de tu familia el lunes por la mañana y volver a casa el viernes por la noche, dormir en pueblos… Recorrías el país en autobús. El recuerdo que tengo de mi padre es que siempre estaba trabajando. Mi madre era correctora en un periódico… así que crecí en una familia en la que escribir y leer eran cosas muy importantes. Nunca fuimos pobres… pero sabíamos que nunca seríamos ricos”.

La ternura con que habla de su padre guarda relación con la del libro, donde se alterna con momentos de crudeza porque “todo el mundo pasa por una etapa en su vida en la que odia a todo el mundo y, ante todo, a sus padres, son los que tiene más cerca“. Sin embargo, “él me enseñó a leer. Y con esto no quiero decir que me enseñara el alfabeto, sino que me enseñó a leer literatura, cómo entender los libros. Aprendí de él lo importante que puede ser un libro en la vida de alguien, en la visión que tienes de la vida. ‘Lee muchos libros malos –me decía– porque solo así llegarás a los buenos’. Opinaba que nadie puede decirte qué es un buen libro hasta que lees uno malo y luego otro… y al final ya lo entiendes tú”. Con un suspiro, afirma que “le importaba más su profesión que su familia. No le culpo, porque creo que yo habría hecho lo mismo si no fuera mujer y no tuviera hijos. Para él, la dignidad consistía en ser honesto en tu trabajo, hacerlo muy bien y ser respetado por ello”.

”Me di cuenta de que no podía ser un libro sobre él, sino que es sobre los dos y nuestras respectivas generaciones. Ahora también es un libro sobre mí, o sobre las mujeres de mi edad”.

Tibuleac fue conocida durante años, pese a los consejos de su padre, como periodista televisiva. Al emigrar a Francia, de repente, tras pasar un verano con su padre, sintió la necesidad de escribir ficción y, a través de ella, recuperar sus raíces. La frase inicial de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2017), ya se ha hecho famosa. Dice así: «Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás».

Muy distinta es la relación que mantiene la autora con su madre, a quien visitamos en su apartamento. Nació en un gulag en Siberia, donde sus padres, pequeños propietarios rurales, habían sido deportados. Nos ha cocinado plachintas, unas tartas al horno tradicionales de la cocina moldava, y nos muestra álbumes de fotos y recuerdos familiares.

“En mi primera novela, hay una familia disfuncional –sonríe Tibuleac–. En la segunda es peor, y en la tercera, aún peor. ¡Es increíble cómo vuelvo a lo mismo cada vez! Pero la noción de familia disfuncional varía de una región a otra, de un país a otro. Hay lugares donde significa una madre soltera. En otros sitios se diría que una familia disfuncional es aquella en la que todo el mundo bebe o, para otros, aquella que no puede mantenerse por sí misma y depende de la ayuda del Estado. Pero lo que quiero mostrar en mi libro es que cualquier familia, incluso una rica o completa, puede ser muy infeliz”.

“Mi infancia fue una infancia feliz. Todo cambiaba de un día para otro. Todo sucedía muy rápido: nos independizamos, empezamos a escribir de nuevo en alfabeto latino, llegó la perestroika, la glasnost…”. Pese a ello, el alcohol es uno de los temas centrales del libro. “En la antigua Unión Soviética casi todo el mundo era alcohólico, no solo mi padre. En Moldavia, el vino forma parte de nuestra cultura, es un símbolo de hospitalidad y amistad… y a veces se sale de control. No creo que él pensara que era alcohólico, porque en Moldavia no se suele usar esa palabra. En París, durante la pandemia, vi a mucha gente a mi alrededor que empezó a beber un poco más, yo incluida. Y pensé que era interesante, como forma de conectar con el pasado, aunque no esté muy orgullosa de esta conexión, claro, pero de algún modo fue tejer otro vínculo con él. Y sí, hice que mi personaje fuera alcohólica. Me interesó mostrar la marginalización de las mujeres alcohólicas en comparación con los hombres: en Europa del este, si un hombre bebe, sigue siendo el mismo, pero la mujer la que lo hace, queda marcada por la decadencia”.

“La independencia de los años 90 fue estupenda –piensa la autora– pero no tuvimos los medios para disfrutarla, caímos en una enorme pobreza y se produjo una emigración masiva. Ese es el otro tema clave del libro. Fue una época muy dura, mi padre y muchos intelectuales también se vieron muy afectados, lo perdieron todo, sus trabajos, su dignidad, su capacidad para mantener a sus familias. Todos esos valores según los cuales tienes que estudiar, trabajar duro y así conseguirás tus objetivos. Todo eso dejó de tener sentido porque todas aquellas personas que estudiaron con ahínco acabaron siendo pobres, mientras que algunos que no lo hicieron, de repente, eran millonarias. Fue una época de caos, de delincuencia…”.

“Soy la primera inmigrante oficial de mi familia –comenta–. Pero mis abuelos vivieron ocho años en el gulag, en otro país. Y luego consiguieron volver, a una edad en la que es muy difícil empezar todo desde cero”.

Se considera un emigrante afortunada “en comparación con aquella primera ola de emigrantes ilegales que debió trabajar muchos años para pagar las deudas del viaje, vivían en condiciones precarias, muchos de ellos fueron víctimas de la trata de personas”. La nueva novela ahonda en “el hecho de no tener trabajo, de no tener una identidad, la sensación de no pertenecer a ningún sitio puede afectar a todo lo demás”.

“Lo más traumático de las deportaciones de mi familia es que, durante gran parte de mi infancia e incluso de mi juventud, nadie hablaba de ello. Mi abuela me contaba historias de la tierra del invierno, la tierra del hielo, sin más, así que durante muchos años pensé que era una tierra maravillosa, mágica. Siempre me ha sorprendido cómo aquella mujer, que fue deportada allí para ser exterminada, encontró fuerzas para inventarme cuentos de hadas. Mi madre me contó la verdad cuando yo ya era periodista. Me dejó en París sus diarios, tengo como diez. Me dijo: ‘No te lo conté entonces porque no quería que lo supieras. Pero ahora quizá los utilices’”.

“Eso es una carga, debería haber escrito esa historia hace mucho tiempo, me he puesto y siento que ya casi lo tengo. Me gustaría que fuera algo que valga la pena, algo significativo, que explique a las generaciones de mis hijos de dónde proceden mis abuelos y mis bisabuelos”.

El jardín de vidrio, la segunda novela de Tibuleac, se centra en Lastochka, una huérfana de siete años a la que adopta una mujer rusa para recoger botellas de vidrio por las calles de Chisináu. La niña, que crece entre dos idiomas y culturas, es un personaje que se ha convertido en un símbolo del país actual, hasta el punto de que se ha realizado una imponente versión teatral, a cuyo estreno en el Teatro Nacional de Moldova asistimos por la noche, acompañados de la autora. Los aplausos duraron más de ocho minutos.

Los libros de Tibuleac, a caballo siempre entre lo personal y los grandes acontecimientos históricos, encuentran la belleza en lo aparentemente más horrible. “Hay belleza en todo, pero sobre todo en las cosas feas. Mis historias nunca son dulces o tranquilas. Hoy estás triste, mañana pasa algo malo… pero siempre entra un rayo de luz que te permite respirar un poco de aire puro en medio de toda esa tristeza”.

Sobre la guerra de Ucrania, afirma que “está aquí al lado, y nos afecta cada día. También tenemos un territorio anexionado por Rusia, Transnistria. Tenemos amigos, familias… Por eso sentimos esta guerra de forma un poco diferente a como la sienten otras personas de Europa, para empezar porque no formamos parte de la Unión Europea, así que la amenaza rusa es más seria porque estamos solos. La guerra de Ucrania nos ha vuelto a demostrar que olvidar el pasado y no crear una memoria colectiva en un país puede conducir a esto. Durante muchos años tuvimos aquí un régimen comunista y no hicimos nada como sociedad para que los criminales pagaran, como se hizo con el Holocausto, por ejemplo. Es el mismo tipo de crimen: aquí hubo gente que murió de hambre, gente que fue deportada, gente a la que mataron”.

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