Migrantes nepalíes en la primera línea de fuego tras el 7 de octubre en Israel: “Mi familia me suplicó que no trabajara en un país en guerra, pero no tenía otra opción”
Más de 2.000 personas del país asiático viven y trabajan en el Estado judío supliendo a trabajadores palestinos a los que se bloqueó el acceso a empleos israelíes tras los atentados
El País, , 06-10-2026Rajan Dawadi, un nepalí de 40 años forma parte de los miles de trabajadores del sur de Asia que llegaron a un Israel en guerra para cubrir la grave escasez de mano de obra tras los ataques de Hamás. No era la primera vez que Dawadi ponía rumbo a Israel. En 2013, salió por primera vez de su pueblo en Nepal para aprender allí técnicas agrícolas modernas que esperaba que transformaran sus perspectivas de futuro. Más de una década después, se vio obligado a regresar al Estado judío, convencido de que era la única manera de mantener a su familia y conseguir que sus hijos pudieran seguir estudiando.
Miles de trabajadores extranjeros salieron de Israel tras el asesinato o secuestro de decenas de sus compatriotas como consecuencia de los atentados del 7 de octubre de 2023, cuando hombres armados dirigidos por Hamás atacaron el sur del país y dejaron 1.200 muertos y 251 personas secuestradas. A la vez, los trabajadores palestinos ―la otra mano de obra clave en el país― vieron revocados (los gazatíes) o paralizados (los cisjordanos) sus permisos de trabajo y entrada a Israel en noviembre de 2023. Eso provocó en aquel momento un déficit de unos 110.000 trabajadores, que se ha ido compensando con al llegada de decenas de miles de extranjeros, según datos del Banco de Isael.
Dawadi pidió un préstamo de 1.000 dólares y viajó a través de Sri Lanka hasta llegar a Israel, país al que llegó en plena guerra y donde optó por un trabajo de alto riesgo en primera línea, antes que por la pobreza en Nepal. “Mi familia me suplicó que no trabajara en un país en guerra, pero no tenía otra opción”, recuerda en una entrevista por teléfono. Trabaja en Tiberíades, en el noreste del país, lejos de la Franja de Gaza, a unos 90 minutos de los territorios palestinos, en una granja avícola. “Mi salario mensual inicial era de 5.571 séqueles (1.818 dólares). Cada abril me suben el sueldo, así que ahora gano 6.443 séqueles (2.104 dólares) al mes”, cuenta.
Explica que hay un búnker a unos cinco minutos de la granja donde trabaja. “Después de que las sirenas empezaran a sonar con más frecuencia y de que comenzaran a caer metralla y fragmentos del cielo, mi empleador construyó otro a solo unos minutos, al que es más fácil llegar. Pero el miedo a si viviré o moriré nunca desaparece del todo”, asegura Dawadi.
Lo peor llegó cuando el conflicto se extendió por la región, recuerda Dawadi. Un misil lanzado por los hutíes de Yemen impactó en mayo de 2025 cerca del aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv y una instalación petrolera cercana a su lugar de trabajo se incendió en marzo de 2026, una vez iniciada la guerra entre Irán e Israel. “Tuve miedo de morir. Mi mujer me llamaba constantemente, suplicándome que dejara el trabajo y volviera a casa. Y aunque los sistemas de defensa antimisiles de Israel interceptaron todo lo que pudieron, el terror y el pánico permanecieron entre todos nosotros”, asegura. La presencia de un cuartel del ejército en una colina cerca de Sde Ilan, próximo a donde vive ahora Dawadi, hace que su zona esté más expuesta.
Más trabajadores extranjeros
Tres años después del inicio de la guerra, activistas de derechos humanos y organizaciones de la sociedad civil de Nepal siguen oponiéndose al envío de trabajadores a Israel, alegando los riesgos de seguridad derivados del conflicto en curso. Sin embargo, las cifras siguen aumentando. Israel ha solicitado 2.300 cuidadores nepalíes en su última ronda de contratación de este año, como parte de un programa que envía trabajadores al país desde 2022. De estas vacantes, solo 1.115 candidatos superaron inicialmente los requisitos y posteriormente se realizó el proceso de selección. Este año, el Gobierno también abrió dos fases de contratación para puestos de cuidados y agricultura en Israel, mientras que los nuevos protocolos laborales bilaterales se encuentran en sus últimas etapas.
Actualmente, unos 246.000 extranjeros trabajan en Israel, de los cuales 44.782 lo hacen en situación irregular, según Moshe Nakash, director de la Administración de Trabajadores Extranjeros de la Autoridad de Población e Inmigración de Israel. Según Shiva Raj Khadka, vicepresidente de la Asociación de Migrantes Nepalíes en Israel, alrededor de 4.000 nepalíes trabajan actualmente en Israel a través de canales tanto legales como irregulares.
Además, de acuerdo con la actualización del informe de la Oficina Central de Estadísticas de Palestina correspondiente al segundo trimestre de 2026, el número total de trabajadores de Cisjordania empleados en Israel y en los asentamientos israelíes se encuentra en 53.000 personas.
Januka Gharti Chhetri, una trabajadora migrante nepalí, posa para una foto en Netanya, Israel, en 2023.
Januka Gharti Chhetri
Januka Gharti Chhetri, de 46 años, es una de esas trabajadoras extranjeras que cuida a personas mayores en Israel, cerca de la frontera con Gaza. Es originaria del distrito de Bardiya, en el oeste de Nepal, y vive en Kfar Maimon, una localidad del sur de Israel y trabaja en la ciudad de Ashkelon.
Su vida también dio un vuelco el 7 de octubre de 2023. “Yo vivía en esta misma zona. Los aviones sobrevolaron durante toda la noche. No podía dejar de pensar en lo que podía pasar después. La noticia de que habían matado a [diez estudiantes] nepalíes y de que el joven estudiante Bipin Joshi había sido secuestrado me hizo temblar de miedo”, relata.
“Después, el Gobierno israelí me trasladó, junto con otros residentes, a la ciudad y nos alojó en un hotel durante cinco meses”, añade. Más tarde fue al kibutz Alumim, la comunidad agrícola cercana a la frontera con Gaza donde murieron los estudiantes y donde fue secuestrado Joshi. “Aquellos pobres jóvenes llevaban solo tres semanas en Israel. Habían llegado desde Nepal para estudiar agricultura. Todavía siento miedo cuando pienso en ese lugar”, recuerda Gharti, que cuida ancianos en Israel desde hace 15 años.
La noticia de que habían matado a [diez estudiantes] nepalíes y de que el joven estudiante Bipin Joshi había sido secuestrado me hizo temblar de miedo
Januka Gharti Chhetri, trabajadora nepalí
Gharti cuida a una mujer de 91 años y, aunque explica que el conflicto no le ha causado daños físicos, asegura que, tres años después, el miedo no ha desaparecido. “Cuando suenan las sirenas, tengo que llevar a la anciana al búnker. No puede moverse con rapidez y meterla dentro lleva tiempo. Cada segundo se hace eterno cuando no sabes qué puede ocurrir”, explica.
Ella también ha sufrido las consecuencias del recrudecimiento de los conflictos en la región. “[Este año] Irán lanzó ataques contra la zona donde vivo. Las explosiones en el cielo sonaban como bombas estallando y tuve que correr al búnker una y otra vez”, relata. “No sé cuándo terminarán esta guerra y el miedo a morir. Cada vez que se oye un sonido parecido al de una bomba explotando en el cielo, toda la casa tiembla. También vibran las ventanas y las puertas. Es entonces cuando siento que podría morir”.
Dawadi asegura que nunca soñó con marcharse al extranjero a trabajar. “Quería a mi comunidad [Dhading, a unos 50 kilómetros de Katmandú] y nunca imaginé que tendría que dejarla. Sin embargo, en Nepal un agricultor no gana lo suficiente para vivir. Incluso cuando perdemos una cosecha, el Gobierno no ofrece mucha ayuda. Además, las tierras de cultivo están desapareciendo, y resulta difícil trabajar en terrenos escarpados y en pendiente”.
Tuve miedo de morir. Mi mujer me llamaba constantemente, suplicándome que dejara el trabajo y volviera a casa
Rajan Dawadi, trabajador nepalí
Dawadi es miembro de la Asociación de Nepalíes No Residentes. Ofrece asesoramiento informal a trabajadores de diez ciudades israelíes que tienen dificultades para soportar psicológicamente el peso de la guerra. “Ayudo a la gente a encontrar búnkeres seguros, y les recuerdo que no publiquen información sobre los ataques en las redes sociales, algo que el Gobierno ha prohibido porque puede revelar la ubicación de un ataque a quienes todavía están buscando refugio. Estoy orgulloso de este trabajo, porque me permite canalizar el miedo”, afirma. “Cada año, cuando se acerca el 7 de octubre, vuelve la ansiedad. Empiezo a preocuparme pensando que podría producirse otro gran ataque”, reconoce Gharti, la cuidadora nepalí.
A Dawadi le quedan dos años de contrato antes de regresar a casa. Cuando le entran las dudas, piensa en la alternativa: “Los campos vacíos de Dhading, las deudas que nunca habría podido pagar, los hijos a los que no habría podido dar una educación. Aquí, al menos, gano dinero y tengo un búnker a dos minutos. No estoy seguro de que esta haya sido la decisión correcta, pero lo único que sé es que no tenía una opción mejor”.
(Puede haber caducado)