De repetir curso recién llegada de Honduras a empezar un doble grado en la Universidad: la tenacidad inagotable de Nayeli
Según Unicef, la pobreza infantil en España alcanza a 2,7 millones de niños. La Fundación Balia utiliza la educación y el acompañamiento emocional y social para estrechar la brecha de la desigualdad. Esta estudiante migrante es una de las jóvenes que ha pasado por la entidad.
El Mundo, , 05-10-2026Nayeli tiene 23 años y nació en Honduras. Sin contacto con sus padres, se crio con sus abuelos mientras su tía migró a España en busca de prosperidad. Años después, ella la animó a probar su misma suerte. “Si las mujeres tenemos menos oportunidades en general, ¡en Honduras todavía menos!”, dice. Aterrizó aquí hace una década y desde entonces ha formado un hogar con su tía y y sus primos en el barrio madrileño de Las Águilas.
Aquella adolescente tristona que llegó en 2º de la ESO con el curso empezado es hoy, contra viento y marea, una orgullosísima universitaria. En su camino ha sufrido, y sufre, muchos palos en las ruedas, pero también el soplo a favor de la Fundación Balia, una entidad que trabaja desde hace 25 años con chavales en situaciones de vulnerabilidad a través de la educación, el acompañamiento emocional y el desarrollo de competencias sociales. Actualmente, atiende a 3.200 menores y 1.200 familias en sus centros de Madrid, Sevilla y Guadalajara. Nayeli fue una de esos niños.
Ser sobrina y no hija de su adulto de referencia ha marcado y sigue marcando la vida de esta joven, que empieza este curso el doble grado de Relaciones Laborales y Recursos Humanos en la madrileña Universidad Rey Juan Carlos gracias a una tenacidad abrumadora. “Como no tengo primer grado de consanguinidad con mi tía he tenido muchas dificultades para conseguir la documentación para quedarme. Después de 10 años, todavía sigo luchando por tener DNI”, cuenta.
Duelo migratorio
Nayeli se queja, pero sobre todo se lamenta. Es una peleona en voz baja. Tiene pavor a la Administración y a la burocracia, los fantasmas que le quitan el sueño incluso semanas antes de tener cita en una ventanilla. “Siempre digo que Extranjería es el trauma de mi vida”, confiesa.
“Cuando llegué estaba muy desanimada. No sacaba buenas notas. Estaba pasando, ahora lo sé, por el duelo migratorio”, cuenta. Su tía se preocupó la llevó a la Balia, donde se enroló en un proyecto de baile con el ojo puesto en la acogida y la integración.
“Cuando vienes con el curso empezado te dan por perdida porque se da por hecho que vas a repetir. Ahora que ha pasado mucho tiempo, creo que sí era capaz de hacer lo que hacían mis compañeros. En Honduras sacaba buenas notas y recuerdo la vergüenza que me daba decir que había repetido”, cuenta. La Fundación también la ayudó con un programa de apoyo académico con el que reparó su autoestima.
Cuando llegaron para otros los tiempos de la PAU, sus problemas con la documentación no le permitieron ir a la Universidad y estudió un grado superior de Integración Social con una beca de la Fundación Balia. “Tampoco podía acceder a las ayudas del Ministerio porque no tenía la residencia. Ahora la he conseguido, que es un paso previo a la nacionalidad”, explica. Este proceso, que se cuenta en unas líneas, ha sido un tortuoso y larguísimo peregrinar de papel en papel y de un “no” detrás de otro, pero por fin, tiene un permiso para estudiar que, también, le permite trabajar. Pronto llegará la renovación (anual) y volverá a presentarse con sus papeles ordenados y el susto en el cuerpo.
Nayeli.
Nayeli.
La Universidad, el sueño de sus abuelos
Su ilusión por poder poner un pie en la facultad es máxima: “Estudiar ha sido siempre mi objetivo y el sueño de mis abuelos. Cuando vi que estaba admitida lloré de la emoción. Pensé que después de tanta lucha lo había conseguido. Ahora toca seguir luchando otros cinco años más para sacarlo adelante”, dice todavía incrédula.
Nayeli trabaja en el servicio de teleasistencia madrileño, un servicio que atiende emergencias en personas dependientes y que acompaña vía telefónica a otros perfiles vulnerables. También ha probado suerte, ahora sí, con una beca MEC del Estado con la que poder sufragar la matrícula y otros gastos: “Sólo podía incluirme como miembro de una unidad familiar con padre o madre. Preguntando y preguntando esta vez he podido poner a mi tía como tutora y me lo han aprobado, así que estoy a la espera de la resolución”.
Con la ilusión puesta en el marketing
Sarela posa en uno de los centros de la Fundación Balia, en Madrid.
Sarela posa en uno de los centros de la Fundación Balia, en Madrid.
Sarela (20 años) es otra de las usuarias de la Fundación Balia y, a diferencia de Nayeli, ella sí nació en España. Sus padres son de República Dominicana. En su caso, enganchó con la entidad a través de un grupo de baloncesto. “En ese momento mi madre no estaba conmigo. Vivía con mi abuela y entré allí para estar menos sola”, reconoce.
Además de red social, ha contado con ayuda para comprar material escolar, pagar la matrícula y las cuotas del grado superior en Marketing y Publicidad, con especialidad en Organización de Eventos y Protocolo, que este año quiere terminar. “En cada comienzo de curso los demás tenían todo su material nuevo y los libros que necesitaban. A mí me los compraba mi madre cuando reunía el dinero y usaba la mitad de un cuaderno para una asignatura y la otra mitad, para otra. Después, en la ESO, en mi colegio empezamos a usar un ordenador. Mi madre no tenía los 500 euros que costaba. Lo pudimos financiar, pero me dieron uno de repuesto”.
Cuando acabe el grado, le gustaría trabajar en una agencia de marketing y publicidad y si no, “en alguna empresa chula de moda”, concluye. Cree que, sin el apoyo de Balia, “habría terminado la ESO” y se habría puesto a trabajar en una peluquería, como su madre.
El germen, los niños de la llave
La Fundación Balia nació hace un cuarto de siglo con la primera oleada migrante que recibió España. “Las fundadoras quisieron centrarse en el colectivo de niños que regresaban solos a casa, con una llave colgada al cuello, porque sus padres llegaban muy tarde del trabajo”, afirma Beatriz Sigüenza, directora de la Fundación. La entidad fue creciendo con ellos y acompañándolos en las necesidades educativas que surgían según iban cumpliendo años. “Nuestro objetivo es que sigan más allá de la ESO. No nos conformamos con que sean camareros, que está muy bien, pero queremos que tengan la oportunidad de ser lo que quieran ser”, añade. Y para ello buscan y sacan recursos allí donde los haya: de sus donantes, de ayudas públicas y de los acuerdos y sinergias con otras organizaciones.
Actualmente, la población de chavales que atiende se reparte al 50% entre migrantes y nacionales. “El perfil de niño de niño español que viene aquí es el de chavales de familias vulnerables, con padres sin estudios y con trabajos inestables. Predominan los niños que solo están con su madre”, explica la directora.
Por ponerle ejemplos y algunos números al asunto, tanto Nayeli como Sarela han recibido una beca de 3.000 euros para estudios, procedente de un acuerdo entre las fundaciones Gregal y Balia. Ese dinero, dice Sigüenza, no se otorga en cash a los beneficiarios: “Somos nosotros los que pagamos los gastos directamente”, matiza.
El tesoro de la Fundación son los jóvenes que, gracias a la educación, hoy trabajan en Netflix o en la industria aeronáutica. “Tienen un mundo muy pequeño y nosotros tenemos que enseñarles las otras oportunidades que pueden tener. No queremos que el código postal determine su futuro”, concluye.
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