La huella esclavista en las calles de Bilbo

Colectivos como Ongi Etorri Errefuxiatuak y la Red de Mujeres Migradas y Racializadas de Euskal Herria han revisado el pasado de esclavitud que sigue presente en Bilbo con una ruta por calles dedicadas a comerciantes y militares vascos que hicieron de la trata humana un lucrativo negocio. Varios historiadores destacan su importancia para recuperar la ignorada memoria de la colonización.

Gara, Gorka Castillo, 04-10-2026

El escritor polaco Ryszard Kapuściński solía decir que la esclavitud marcó de forma indeleble el alma de los africanos, pero también la de los blancos que convirtieron el comercio humano en la base de su dominio colonial y del actual racismo. Con un historial tan rico como el de cualquier otro país europeo en cuanto a crueldades e injusticias históricas, Euskal Herria también mantuvo una relación íntima con el tráfico de personas. La tuvo entre los siglos XVI y XIX y, aunque oculto, hoy no es difícil seguir su rastro. Organizaciones como SOS Racismo Bizkaia, Ongi Etorri Errefuxiatuak y la Red de Mujeres Migradas y Racializadas de Euskal Herria lo han hecho en Bilbo con una guía de calles dedicadas a personajes que hicieron de la trata humana su más desgraciado negocio. Desempolvaron los libros del tiempo y exploraron un callejero consagrado a una generación de comerciantes y guerreros que prosperaron a la sombra de un negocio que redujo a la esclavitud a miles de africanos. La ruta que han confeccionado no solo relativiza el romanticismo construido alrededor de la figura del “indiano” en su búsqueda laboriosa de gloria y poder, sino que transgrede las biografías que la meritocracia oficial ha proyectado de ellos para hacerlos inmortales.

Cartel que los colectivos antirracistas y de mujeres racializadas colocaron en esa calle. Gorka Castillo
CALLE JUAN DE GARAY
«Muchas de las que vivimos en Bilbao estamos familiarizadas con avenidas y plazas que llevan nombres de personas que no sabemos muy bien lo que hicieron para merecer ese reconocimiento o que el prestigio que les conceden en los libros no se ajusta a la verdad», explica Cristina García de Andoin, una de las impulsoras de esta ruta esclavista. Un ejemplo de lo que dice aparece en la céntrica calle Juan de Garay, una de las arterias próxima a la Plaza de Zabalburu. Aquí comienza el trayecto. Pocos conocen cómo este hombre forjó su leyenda. Juan de Garay nació y creció en Urduña entre relatos e inventivas de aventureros en un mundo nuevo. América, Abya Yala. En 1576 fundó Santa Fe y, dos años después, Buenos Aires. Como otros colonizadores hicieron para evitar que sus conquistas no terminaran convertidas en endemoniadas pesadillas, decidió poblar esas dos ciudades con personas esclavizadas transportadas desde África. Corpulento y temible, Juan de Garay fue una espada obediente de la Corona española con una exagerada inclinación a la crueldad y la violencia, especialmente contra aquellos que consideraba infieles, los indígenas y los esclavos. La hostilidad hacia él no encontró un momento de tregua. Solo era cuestión de tiempo que algo le sucediera. Y sucedió. En 1583, durante uno de sus interminables viajes hacia territorios inexplorados de la Pampa argentina, fue asaltado por guerreros querandíes que lo mataron sin contemplaciones. A mazazos.

Reproducción de la organización de las bodegas de los barcos esclavistas. British Library
El historiador de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) Martín Rodrigo Alharilla, autor del libro “Del olvido a la memoria. La esclavitud en la España contemporánea”, admira que iniciativas como esta revelen que la sociedad civil trabaja en la difusión de un pasado que ha sido borrado de la historia. «Donde no se hace casi nada es en las instituciones. Los académicos generamos conocimientos en las universidades, pero no se destaca lo suficiente la labor que hace el mundo del activismo, lanzando rutas, exposiciones y performance como la de Bilbao, pero también se hace en Barcelona, Valencia, Cádiz y Madrid. Hay una web (https://espanaesclavista.es/) que es una gran herramienta para geolocalizar lugares como esta calle, encontrar material didáctico e investigar sin necesidad de ser un especialista las huellas que prevalecen de aquella época», afirma. Hoy, la calle Juan de Garay ha adoptado el nombre Harrera hiria kalea de manera oficiosa. Tal y como están las cosas, suena a saludo de bienvenida a un mundo nuevo.

Visita guiada en la Plaza Fleming, junto a la calle Zabala. Marga García Enguix
CALLE BRUNO MAURICIO ZABALA (PARADA EN LA PLAZA FLEMING)
Bruno Mauricio de Zabala vio la luz en Durango en 1682. Su casa natal aún conserva el aire palaciego de antaño, con su muro de piedra, sus balcones y una placa en recuerdo de quien llegó a ser capitán general del Río de la Plata, gobernador de Paraguay y fundador de Montevideo. Guerrero triunfal, Zabala pertenecía a una familia que administró el expolio del Nuevo Mundo cuando la corte española ya veía aquellas tierras como un surtidor de conflictos más que como un manantial de riqueza. Tras ser nombrado funcionario especial del virrey de Perú en la región del Paraná, tuvo que extremar la vigilancia a los rebeldes pueblos guaraníes, consolidar a cañonazos el poder del imperio en una zona de fricción colonial con franceses y portugueses, redoblar algunos tributos a terratenientes, impulsar el desarrollo urbano en las nuevas ciudades que se iban fundando, sofocar alzamientos de hacendados criollos con ambiciones de independencia, asentar la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas y poner orden al enjambre de esclavos que arrojaban los barcos que llegaban de África casi sin control. Y lo hizo todo con un solo brazo. El otro lo perdió en combate durante una campaña militar en el Río de la Plata en nombre de su rey.

Su huella en Bilbo está unida a los barrios altos del Distrito 5, la zona donde contratistas sin escrúpulos erigieron siglo y medio más tarde edificios desconchados como símbolo de la pobreza que esperaba a quien desafiaba a los amos del mundo preindustrial. En la parte alta de la calle Zabala perviven todavía las casas de los ferroviarios, construidas sobre un antiguo camino que se dirigía hacia la ermita de San Roque y albergue de los peregrinos franceses que iban camino de Santiago. Es el espejismo de un barrio que se percibe a sí mismo como “normal”, pero que la propaganda barata se empeña en expurgarle del color local para llevarse algo que contar a los labios. Al fondo está la plaza Doctor Fleming, siempre en estado de gracia, el punto de encuentro para cientos de vecinos y vecinas de piel oscura que hoy viven separados del resto de la ciudad por barreras invisibles, más sutiles que antes por efecto de la gentrificación que lentamente les rodea, pero no por ello menos profundas. Aquí viven espíritus que hablan de África a ritmo de marimba, imanes que son antracita pura pero que no esperan un ápice de conmiseración ni de odioso paternalismo. Nada de eso. Están en su pequeño mundo. Quizá por ello los colectivos antirracistas y feministas de Euskal Herria han encontrado en este lugar, que no es de nadie pero es de todos, inspiración y razones para borrar el nombre de Zabala y sustituirlo por el de Erregularizazioa orain kalea.

Mapa indicativo de la ruta esclavista por Bilbo.
CALLE CORTES
He aquí la consagración del progreso asimétrico de Bilbo y de la muerte del tiempo. El coste para conseguirlo está siendo inconmensurable. Solares rotos, tertulias a voz en grito en la era de la inteligencia artificial, policías malencarados, bares iluminados como santuarios de neón, pensiones alimentadas desde antiguo por que pagaron un peaje demasiado alto con la esclavitud denigrante que les impusieron en mancebías del olvido. Aquí fue donde Bertold Brecht detuvo su retórica poética en 1929 mientras escribía la letra del tema “Bilbao song”, la canción que muchos años después interpretó Marianne Faithfull vestida de azul cobalto y llorando como una magdalena: «Podías obtener placer y ruido por un dólar en Bilbao. En la pista de baile crecía la yerba y a través del techo se veía la luna verde. ¿Por qué me duele tanto? Aquí vivió mi amor y están mis recuerdos». Suena bien la versión de Faithfull. Sobre todo porque la dedicó con desgarradora elocuencia a uno de los focos más activos del movimiento abolicionista de la ciudad en el siglo XIX.

Reproducción de un bergantín gemelo al barco negrero «Cazador santurzano». Archivo Veleros mercantes argentinos
La esclavitud fue suprimida oficialmente el 22 de marzo de 1873 durante el corto periodo de gobierno de la I República y concernía a todos los territorios de ultramar excepto a Cuba, que tuvo que esperar por presiones de los propietarios azucareros a 1886. Algunos políticos antiesclavistas intentaron que aquel momento histórico fuera recordado en una placa conmemorativa donde pudiera leerse: “El día de hoy quedó rota la cadena del esclavo”. Así consta en el diario de sesiones del Congreso pero nada de esto ocurrió. Regresó la monarquía y aquella inscripción nunca terminó de colocarse. Desde entonces, apenas se ha tratado de escarbar en aquella época. Durante el último siglo y medio solo se han tramitado dos proposiciones de reparación en el Estado español. Una en 2011, destinada a levantar un monumento en desagravio por aquel pasado. La otra en 2022, instando al Gobierno a incorporar la esclavitud en los libros de texto y a reconocer el papel que aquel Estado monárquico desempeñó en la trata transatlántica de personas. Ambas disposiciones fueron aprobadas pero, como ocurrió con la placa de la I República, acabaron en el cajón del olvido. «Ni siquiera hay una mención en las dos leyes de memoria histórica. Ambas olvidan la cuestión del esclavismo y el colonialismo como elementos de conocimiento porque fueron elaboradas de manera restringida a la guerra civil y la represión franquista», explica el historiador catalán Rodrigo Alharilla. La ruta preparada en Bilbo no se detiene en la calle Cortes. Continúa por Cantalojas, atraviesa el barrio de San Francisco y baja hacia la ría, en pleno día o en plena noche. Ambos caminos, igual de ilustrativos y sorprendentes.

Visita guiada en el Muelle Marzana. Marga García Enguix

En ese mismo lugar, placa en memoria de Rafael Padilla «Chocolat», primer artista negro de la escena francesa. Gorka Castillo
MUELLE MARZANA
Se llega a Marzana casi por accidente, como ocurre con las rutas de la emoción que se organizan para mostrar a los viajeros las almas secretas que esconde una ciudad. Junto a las escaleras de acceso al Puente de San Antón hay una inscripción en memoria de un hombre único: “Chocolat”, el primer artista esclavo de la historia. Chocolat llegó a Bilbo procedente de Cuba en 1875, acarreando los trastos de un acomodado terrateniente de Sopuerta llamado Patricio Castaño que hizo fortuna en Cienfuegos con los ingenios azucareros. «Aquella era una época donde se forjaban verdaderas fortunas con la trata de personas, en las plantaciones azucareras de Cuba o en la construcción del ferrocarril en América Latina. Y justificaban ferozmente el clasismo en función de la raza porque era la única manera de reforzar un decadente orden social injusto que reconocía que el papel natural de las personas negras era servir a los blancos porque eran inferiores», resume el profesor de Historia de América de Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU), Óscar Álvarez Gila. La placa que hay colocada en honor de Chocolat en el Muelle Marzana es la única referencia directa a la esclavitud de toda Euskal Herria. El nombre que Castaño asignó a su siervo negro fue Rafael, pero le negó el apellido. Chocolat obtuvo infinidad de logros, además de su intrépida huida de la capital vizcaina. También cosechó un triunfo arrollador en prestigiosos teatros de París gracias a la inteligencia que imprimía a sus funciones de mimo moderno. Era desternillante pero tuvo que soportar el trato degradante que le dispensaba la chusma aburguesada que acudía a verle allí donde actuaba vistiendo sus mejores galas. Sus amos de Sopuerta llegaron a restregarle con jabón para blanquearle la piel.

En Bilbo trabajó como minero, estibador, limpiabotas, cantó y bailó en cafés hasta que un inglés llamado Tony Grice le ayudó a escapar de aquel entorno opresivo. Su fama alcanzó el cénit en 1898 al convertirse en uno de los primeros actores del cine mudo de los hermanos Lumière. Rafael “Chocolat” falleció el 4 de noviembre de 1917 con poco más de 50 años en Burdeos. Allí está enterrado bajo una lápida con su nombre y el apellido Padilla, el que su amo de Sopuerta siempre le negó. Idéntica inscripción es la que figura en el muelle Marzana como recuerdo imborrable. En 2016, se estrenó la película biográfica “Monsieur Chocolat”. El actor que encarnó su personaje fue el multipremiado Omar Sy.

CALLE PRIM Y PLAZA DE UNAMUNO
Al otro lado de la ría, en el margen de las Siete Calles, está la calle Prim, que arranca en la bifurcación de Iturribide con Ronda en su ascenso hacia el barrio de Santutxu. Juan Prim i Prats fue nombrado capitán general de Puerto Rico en 1847. Allí se ganó una merecida fama de cruel e infame por su desprecio hacia la vida de la población nativa originaria y de los esclavos sometidos a trabajos forzados. Él fue el encargado de poner en marcha el “Código Negro”, un conjunto de leyes imperiales destinadas a impedir las rebeliones de personas cautivas y a mantener la autoridad de la Corona mediante la aplicación de castigos horrendos. Puerto Rico, que fue la primera colonia española en instaurar la esclavitud, funcionaba como una enorme plantación esclavista cuando Prim asumió el mando. En 1848, cuando al despótico sistema le quedaban 30 años para desmoronarse, casi el 12% de la población puertorriqueña eran siervos de origen africano. Una cifra demasiado elevada que ponía en riesgo a la minoría blanca. El código negro se aplicó para disuadir las aspiraciones de los libertos y generar terror entre los partidarios del abolicionismo. Su nombre en esta calle de Bilbo es sustituido en esta ruta por el de Aterpea kalea.

Imagen de «Chocolat», víctima de la trata de esclavos también en Bilbo, que triunfó en los teatros de París. Bibliothèque Nationale de France

A su lado está la actual Plaza Unamuno, donde tiempo atrás estuvo ubicada la antigua Escuela de Náutica, el lugar donde las élites de Bizkaia, Gipuzkoa y Lapurdi enviaban a sus hijos para que se convirtieran en pilotos de compañías navieras que pujaban por concesiones en el transporte de mercancías entre el siglo XVI y el XIX. El negocio marítimo era un lujo de reyes. Consistía en llevar productos manufacturados a África para intercambiarlos por personas esclavizadas. El historiador estadounidense Marcus Rediker ha llegado a cifrar en 1,6 millones el número de africanos vendidos entre 1500 y 1870 solo en Cuba y Puerto Rico. Casi un millón de aquellos cautivos fueron trasladados por marinos y comerciantes vascos. Por gente como Pedro de Iriarte o Miguel de Jáuregui. «De Bilbao también soltaron amarras buques negreros, aunque de ellos no se sepa nada y las instituciones no se hayan ocupado del tema. Ni siquiera aparecen en los libros de texto», añade el profesor Óscar Álvarez Gila. Una vez que aquellos buques aligeraban la “carga humana” en las colonias, regresaban a Europa cargados de azúcar, algodón, tabaco, café o ron. «Y también esclavos que traían los terratenientes a sus dominios en Bizkaia, antes y después de la abolición. Ahí están los casos documentados de Leopoldo de Sola e Iradi y Manuel Calvo y Aguirre, que tiene dos calles dedicadas en Portugalete. Este hombre regresó de Cuba con dos mujeres negras, una señora mayor y una niña pequeña que era la hija de su cochero, a quien se recuerda paseando en los años 50 por el muelle del Puente Colgante siendo ya muy mayor», concluye. Este negocio proporcionó gigantescos beneficios económicos no solo a propietarios de plantaciones y comerciantes, sino también a prestamistas y navieras. Y es en este escenario donde brota la tenebrosa historia del “Cazador santurzano”.

Visita guiada en la Plazoleta de San Nicolás. Marga García Enguix
PLAZOLETA DE SAN NICOLÁS
«¿Por qué detenerse aquí?», pregunta una de las guías de la ruta, dejando que la explicación siga su curso. «Porque es la puerta de un banco fundado en 1857 por la familia Ybarra con la fortuna que le reportó el tráfico de personas esclavizadas”, responde otra. En concreto, hablan de José Antonio Ybarra. Él fue quien aportó 5.500 pesos en 1833 para la construcción en los astilleros de Baiona de un bergantín acondicionado para transportar a 500 personas. Lo bautizaron con el nombre del “Cazador santurzano” y puso la proa hacia Ajuda, hoy Ouidah, Benin, capitaneado por el santurtziarra Ángel Elorriaga Oliaga. Pese a que el comercio de esclavos ya había sido abolido en Portugal y empezaba a ser perseguido por los británicos, allí esperaban los tratantes de esclavos con una selecta “carga humana”. Solo aceptaron a los cautivos más sanos, fuertes y resistentes que pudieran sobrevivir a la larga travesía que les esperaba hasta Bahía Honda, en Cuba, apretados como termitas en una bodega donde se había aprovechado el espacio al máximo para que el negocio fuera lo más rentable posible. Subieron a bordo a 681 personas encadenadas con grilletes. Los que morían en el trayecto eran arrojados al mar como carnada para los tiburones. El dinero que obtuvieron por la venta de aquellas personas triplicó al capital invertido y compensó los riesgos que suponía un comercio que ya estaba fuera de la ley.

Dos años después, Ybarra manifestó a los intermediarios su disposición a emprender una nueva expedición. Pero el resultado no fue el esperado. El ‘Cazador santurzano’ fue interceptado por barcos ingleses con 629 esclavos a bordo y conducido a la actual Sierra Leona para juzgar a la tripulación. Fue uno de 37 bergantines esclavistas apresados entre 1835 y 1836 por la trata ilegal de personas. Más de una cuarta parte de todos aquellos barcos eran propiedad o estaban capitaneados por marinos con apellidos euskaldunes.

El antiguo edificio de la Escuela de Náutica, actual Plaza Unamuno. Archivo Histórico Foral de Bizkaia
PASEO DEL ARENAL
El tiempo corre en espiral. Y, si no, que se lo digan a los viandantes que han seguido la tortuosa huella del esclavismo por Bilbo. El Paseo del Arenal debería poner fin a este pasado lleno de heridas. Pero aún no. Los organizadores se guardan un último y sorprendente personaje. El Arenal es un muelle de la ría que presume de elegancia, con el Teatro Arriaga como reclamo. De aquí partían los comerciantes que convirtieron África en un continente maltratado a partir del siglo XVI. Aquí también se decidían las inversiones en carne humana y la composición de expediciones que tenían que resultar ventajosas y duraderas. Una de las más afortunadas por aquel comercio fue Casilda Iturrizar, una mujer que ha trascendido en Bilbo como insigne filántropa de obras sociales que cultivó su amor a la botánica cuidando un bosque-jardín que terminó donando al pueblo y que hoy todos conocen como el Parque de los patos. Su marido fue Tomás José Epalza Zurbaran, acaudalado comerciante de la trata de personas esclavizadas con enorme influencia en la concesión de créditos a expediciones a África. Tenía mano en la sociedad financiera que su buen amigo Pedro Zulueta dirigía desde Londres. Doña Casilda Iturrizar y viuda de Epalza tiene dos calles en su honor en Bilbo, una de ellas paralela al Paseo del Arenal. Y un parque con museo donde las acacias de Japón y los castaños de las Indias siguen mojando sus ramas en su viejo estanque con patos. Huellas dolorosas de la esclavitud. La ruta podía haber sido otra, pero ha sido esta.

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