La derecha y los sprays
Gara, , 02-10-2026Leía estas semanas que los hombres de Vox habían bajado a Ceuta, entre otras cosas, para regalar a las mujeres ceutís, las de pura cepa, sprays de pimienta. Algunas periodistas feministas advertían, con razón, de lo racista del gesto, y añadían que eso situaba a las mujeres como víctimas. Lo curioso es que una de las características de Vox es la negación de las mujeres como víctimas.
La derecha española instrumentaliza la presencia de hombres racializados y migrantes para sus intereses, promoviendo la apología del odio y el terror sexual que tan buenos resultados electorales le otorga, junto con la idea de que son solo los hombres de fuera los que ejercen violencia contra las mujeres. Pretenden reducir y vincular la violencia machista con los hombres desconocidos y, a poder ser, migrantes. Forma parte del mismo juego para sembrar el terror y desenfocar la mirada y, así, no poder atender ni identificar los machismos del cotidiano, ni todas las formas de expresión de esta violencia. En esta ocasión ocurre una circunstancia llamativa y es que los hombres de derechas, que siempre han presumido de proteger a sus mujeres con sus propios músculos, parece que buscan una respuesta activa frente a la indefensión histórica en la que hemos sido socializadas las mujeres, pero claro, dentro de un contexto recreado de inseguridad y centrando la diana en unos pocos hombres. Distinguir que el objetivo principal de la violencia patriarcal son las mujeres no es situarnos como víctimas; se trata de reconocer la existencia de la misma. De hecho, claro que hemos recomendado recursos y estrategias para caminar más seguras e, incluso, muchas de las mujeres que leerán este artículo se reconocerán en ellas. Que lo utilice Vox no significa que nosotras tengamos que renunciar a las mismas, sino, precisamente denunciar su manipulación racista y patriarcal.
La semana pasada, la parlamentaria del PP Ana Vázquez esgrimía un spray de pimienta en el Congreso aludiendo que era un material escolar básico y el símbolo de la falta de libertades que sufren las mujeres ceutíes. Como señalan diferentes ONG, en Ceuta nos encontramos con menores magrebíes explotadas sexualmente, a las que recogen tipos bien blanquitos. Recordemos que más del 27% de los hombres en España reconocen pagar por sexo, es decir, que vulneran derechos fundamentales de las mujeres como son el derecho al propio cuerpo y a la libertad sexual porque los derechos humanos no pueden comprarse ni venderse.
Es hiriente que los mismos negacionistas que niegan la violencia contra las mujeres y recortan o, directamente, eliminan los recursos para actuar frente a la urgencia cotidiana sean quienes nos hablen de la libertad de las mujeres. Debemos de recordarles que hay más de 800.000 maltratadores registrados en VioGen y, de estos, casi 87.000 son reincidentes. También que el 28% de los asesinos machistas tenían denuncias de otras exparejas. Además, estos mismos negacionistas son los que niegan que la violencia patriarcal tenga relación con la desigualdad entre hombres y mujeres y son parte de los responsables de que los datos año tras año informen del aumento de la creencia contradictoria, entre los jóvenes, de que, por un lado, la violencia de género no existe y, por otro, es inevitable ya que ha existido siempre. Según advierte la Fiscalía General del Estado, existe una «alarmante espiral que no para de crecer» de delitos sexuales cometidos por menores. Cada 37 minutos se denuncia un delito contra la libertad sexual y, en la mayoría de los casos, el victimario es un conocido. Aproximadamente el 35% de las mujeres han sufrido acoso digital; entre las menores de 16 a 17 años, esa cifra es del 28%.
Como vemos, en muchos casos el spray de poco nos serviría, aunque lo que representa ese spray no es solo un recurso de defensa, sino que es una herramienta que nos permite no renunciar al espacio público, porque nos hace sentirnos más seguras, aunque sabemos que centralizar la defensa en el spray sobredimensiona la imagen del desconocido, en un contexto de noche y de calle. Pero es que esa realidad también existe. Negarla no es parte de nuestro quehacer. Sí lo es, en cambio, denunciar cómo a las derechas les importa bien poco la violencia contra las mujeres, y usan su poder político, como sucede en Valladolid, para sustituir en el protocolo VIVA «violencia de género» por «violencia doméstica».
Como en todos los análisis sociales, coexisten diferentes variables que complejizan los mismos. A la negación, se une la mercantilización, una vez más, de los derechos. Podríamos establecer un algoritmo bastante simple: si nuestros deseos, y las acciones que de ellos se derivan, rompen los derechos fundamentales de alguien, entonces tendríamos que modificar nuestras palabras y, en lugar de hablar de deseo, deberíamos nombrarlo como explotación, abuso y violencia. Quizás así podamos recuperar el sentido ético y de la cooperación necesaria para no extinguirnos como humanidad.
Mercadear con los derechos fundamentales o contraponer los derechos de unas frente a los de otras permite que haya quien crea que sacar el máximo provecho por el alquiler de una casa es lícito. También que pagar por sexo es libre mercado y no violencia; que la explotación reproductiva es cumplir con un deseo y que poco importa si se hace a expensas de practicar la compraventa de seres humanos. Cuando abres la puerta a la laxitud ética, a la aceptación de la vulneración de derechos de otra persona para beneficio propio, podrás encontrar las justificaciones que te permitan dormir aun sabiendo que eres la pesadilla de otras. Pero ello no es solo una cuestión de unos pocos. Una sociedad tolerante a la crueldad es una sociedad inhumana.
Estas semanas el desahucio de Mari Carmen nos ha conmocionado. Ella nos conminaba a aprender a luchar. Seguimos aprendiendo mientras millones de mujeres siguen siendo expropiadas, incluso, de ellas mismas. No queremos sus sprays, sino el acceso real a los derechos y, eso, solo se consigue con la lucha colectiva.
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