Julia Navarro, novelista: “No se puede entender nada si no echamos la vista atrás. Ni lo que está pasando en Gaza, ni en Ucrania, ni en China”

La escritora y periodista Julia Navarro retrata en Una familia moderna (Plaza & Janés) los cambios que atraviesan una familia y, por extensión, toda una sociedad. La vejez y la inmigración, dos de los grandes temas de nuestro tiempo, vertebran la novela

La Vanguardia, Marga Durá, 02-10-2026

En su décima novela, Julia Navarro (1953) se calza los zapatos de Martha, una exbailarina de setenta años un tanto egocéntrica que contempla con perplejidad un mundo que cambió tan rápido que apenas lo reconoce. Mientras intenta conjurar el paso del tiempo con un retoque estético en los brazos, su marido, Thomas, profesor de filosofía, araña la efervescencia de tiempos pasados con un último seminario en la universidad.

La tormentosa relación que Martha mantiene con su nieta, Penny, de género fluido, y con su hija Felicitas, que pese a su nombre no cesa de llorar, aborda el estupor de tres generaciones que no encuentran su lugar, que se han descolgado por las rendijas del arrollador paso de la historia.

El matrimonio sexagenario sirve de reflexión para entender cómo ha cambiado la sociedad en el último medio siglo.

Martha y Thomas, los protagonistas de Una familia moderna, pertenecen a la generación que disfrutó de su juventud en la década de los setenta y quiso cambiar el mundo. ¿Qué ideales de esa generación han perdurado?

Es una generación que ensanchó los espacios de libertad. Sentó las bases para que la sociedad actual fuera más libre, más interclasista, con una preocupación por asuntos que antes no se tenía. Fue una generación que dijo no a las guerras y reivindicó la paz, la libertad, el ecologismo…

¿Qué suponía ser una familia moderna en los años setenta?

Lo primero que se hizo fue desestructurar la familia. En esos años se cuestionó la verticalidad de las relaciones dentro del núcleo familiar. Además, las mujeres hicieron más visibles sus demandas y sus derechos, y formaron una parte activa de ese cambio de la sociedad.

La novela aborda el tema de la inmigración desde un grupo de mujeres sin papeles. ¿Cree que la historia de la humanidad sería posible sin las migraciones?

No, es que no habría historia. La historia de la humanidad es una historia de migración. Cuando el ser humano no puede seguir viviendo en un lugar, lo que hace es marcharse, y esa es la historia de la humanidad. Pretender ponerle puertas al campo es totalmente absurdo. Lo único que pasa hoy en día es que tenemos noticia al minuto de esos desplazamientos de personas, pero insisto, no se puede entender la historia sin hablar de las migraciones.

Plantea un interesante cruce de miradas en el libro. Mientras Penny, la española, considera que la pobreza de Latinoamérica se debe a la conquista española, Lucía, hondureña, culpa a sus propios gobiernos corruptos. ¿Dónde se posicionaría en este debate?

Yo creo que las miradas monolíticas sobre la realidad llevan a no entenderla. La realidad está hecha de muchas verdades. Decir que lo que pasa hoy en América Latina es culpa de Hernán Cortés…, hombre, pues yo creo que no. Podemos criticar lo que sucedió con la llegada de los españoles a América y podemos discrepar todo lo que queramos, pero en los últimos doscientos años América ha sido independiente, y los problemas de la sociedad actual no tienen que ver con Hernán Cortés, sino con los gobiernos de hoy.

Lucía, en un momento de la novela, afirma que no se puede juzgar el pasado con los valores del presente. ¿Somos víctimas del revisionismo?

Es que no se puede juzgar. Dentro de treinta o cuarenta años, las sociedades del futuro nos mirarán con la visión que ellos tengan en ese momento. Los paradigmas habrán cambiado y tendrán una perspectiva diferente. A lo mejor les parecemos marcianos. No se puede entender el pasado con los ojos del presente, porque entonces estamos condenados a no entender nada. Ni el pasado, ni el presente.

¿Qué conclusiones imagina que sacarán en el futuro de lo que consideramos “una familia moderna”?

Depende de cuáles sean los paradigmas en esa época. Pero yo destacaría una cosa que me preocupa: esta es una sociedad que, a fuerza de querer ser políticamente correcta, está dejando jirones de libertad. Está acabando con la discrepancia, está imponiendo la censura del “esto es lo que usted tiene que pensar”, “esto es lo que puede decir”, y “si usted no piensa esto y además lo dice, le cancelamos”. Aparentemente hemos avanzado en las libertades, pero el “le cancelo si usted discrepa de las verdades oficiales” es una nueva forma de censura. No sé si la sociedad en 2046 destacará esto o destacará otras cosas, vete tú a saber.

En Una familia moderna trata el cambio que ha sufrido la Iglesia católica desde la perspectiva de la protagonista, que además es atea. ¿Cómo ha sido esta transformación?

Si la Iglesia ha durado dos mil años de historia es porque en cada momento ha sabido otear por dónde iban las cosas. Afortunadamente, la Iglesia de hoy no tiene nada que ver con la Iglesia de hace veinte años. Juan Pablo II ya hizo evolucionar un poco la Iglesia, pero la revolución ha sido más profunda con el papa Francisco. Se habían abierto puertas y ahora hay que empujarlas para que se abran del todo.

En la novela habla de lo difícil que es asumir la vejez y de las artimañas que buscamos para alargar la juventud. ¿Es esta una de las características de nuestra sociedad?

Mi reflexión al plantear este tema no es tanto hablar de juventud, sino de lo que significa envejecer. Supone estar en la antesala de la muerte. Es el último cuarto de hora de la vida, y morirse es una putada. Nadie quiere morirse. Tener conciencia de que estás más cerca de la muerte cuando tienes setenta u ochenta años que cuando tienes treinta hace que muchas personas, no tanto por una cuestión de estética –“quiero tener una arruga menos y parecer más joven”–, busquen alargar esa apariencia de juventud, como si con ello le estuviéramos poniendo freno a esa última cita que todos tenemos en la vida con la parca.

Una familia moderna sucede en la actualidad, pero buena parte de su producción anterior está ambientada en el pasado, en un pasado cercano, eso sí. ¿Cómo se documenta?

Yo soy del siglo XX, así que todo lo que ha pasado en este siglo digamos que lo tengo más a mano. Estaría mintiendo si dijera que tengo que hacer un trabajo de documentación exhaustivo. He tenido, efectivamente, que documentarme sobre determinados acontecimientos en determinados momentos. Mi afán no es contar la historia; mi afán siempre es contar qué le pasa a la gente. Indagar sobre la condición humana y sus claroscuros. Mis novelas son de personajes, tratan sobre qué le pasa a las personas en determinadas circunstancias, porque todos somos hijos del momento en el que nos toca vivir, y esas circunstancias, sin duda, nos determinan y nos marcan.

En otra de sus novelas, Dispara, yo ya estoy muerto, recorre la historia de las relaciones judeopalestinas desde finales del siglo XIX hasta la actualidad. ¿Se puede entender lo que está ocurriendo ahora en Gaza sin ese contexto histórico?

No se puede entender nada si no echamos la vista atrás. Ni lo que está pasando en Gaza, ni en Ucrania, ni en China. Es imposible comprender el presente si no conocemos el pasado. Me parece que el conocimiento del pasado es absolutamente imprescindible para saber cómo hemos llegado hasta aquí.

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