Los muertos también esperan a Marruecos

De los 90 migrantes ahogados en la entrada masiva de julio, 81 cuerpos permanecen sin identificar en el cementerio de Sidi Embarek mientras familias enteras aguardan angustiadas

Diario Vasco, Paula Rosas, 01-10-2026

«Se fue sin decirnos nada, y nos enteramos de que había muerto cuando nos llamó la Guardia Civil». Al otro lado del teléfono, en Dar Bouazza, una pequeña localidad al sur de Casablanca, la voz de Hasna suena hundida, como si llegara desde un lugar muy profundo y muy lejano. Su hijo Marouane, de 22 años, estudiante de Biología, es una de las 90 personas ahogadas en la avalancha de finales de julio en la frontera de Ceuta y cuyo cuerpo ha sido enterrado en el cementerio musulmán de la ciudad.

En realidad, Marouane no ha sido identificado oficialmente. Cuando las fuerzas de seguridad recogieron su cuerpo en la orilla de la ciudad autónoma, encontraron un teléfono con él y llamaron a su familia. «Me describieron cómo era y qué llevaba puesto; y era él, Marouane, no podía creérmelo», solloza Hasna. Se le practicó una autopsia y la Policía Judicial tomo sus huellas dactilares y muestras de ADN. Pero aunque se enviaron a Marruecos para que confirmara su identidad, aún no han recibido respuesta. Lo mismo ocurre con los otros 81 fallecidos que aún están sin identificar en el cementerio de Sidi Embarek.

El reino alauí está retrasando esos cotejos o se ha negado a repatriar a los cuerpos sin dar más explicaciones, como le ocurrió a la familia de una de las víctimas de la avalancha, un joven de 21 años de Mdiq (Rincón) que falleció en el hospital de Ceuta, adonde llegó con un hilo de vida. Identificado y con la documentación en regla, el cuerpo fue llevado hasta la frontera del Tarajal en un coche fúnebre, para encontrarse con que las autoridades marroquíes le negaron la entrada, según cuenta El Faro de Ceuta.

No hay una explicación oficial, pero el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, ha llegado a relacionar la aceptación de los cadáveres con el retorno inmediato de los más de 2.500 menores que entraron en Ceuta durante la avalancha. Algo imposible debido a las normas de protección españolas y europeas.

Said Mohamed señala las tumbas recientes que se alinean como una cuadrícula macabra en una terraza recién construida de esta necrópolis. Es el encargado del cementerio musulmán, donde trabaja desde hace 26 años. Las estrechas sepulturas están muy pegadas unas a otras, delimitadas por los ladrillos de hormigón que forman sus paredes, y cubiertas, como es la tradición islámica, por unos montículos de tierra. Una pequeña placa blanca en la cabecera, en la que están escritos unos números, es la única identificación de los cuerpos que yacen abajo, todos ellos reposando sobre su costado derecho, mirando en dirección a La Meca.

«De los 90, solo hay nueve identificados», reconoce. No tienen nombre, pero todas esas tumbas tienen una historia trágica que quizás no llegue a conocerse. Pero uno de ellos, el 5498, remueve con más crudeza algo en el interior de Said: «Es la única mujer migrante que he enterrado en 26 años aquí». Se llamaba Salma y murió ahogada, aunque ella, en realidad, no quería migrar. Sus dos hermanos se habían echado al agua el día 30 de julio y, cuando su madre se enteró, le pidió a Salma que fuera a buscar al pequeño, aún menor de edad, para traerlo de vuelta, aterrada de que le sucediera algo. No llegó viva. «Supe de la historia por los hermanos, que estuvieron en el entierro. El más pequeño estaba hundido, el pobrecito, se echaba la culpa por la muerte de la hermana», recuerda Said.

«Todos los que hay aquí enterrados son personas, todos tienen una familia que está sufriendo. Pero cuando muchos hablan de esta crisis se olvidan de las personas», lamenta el funcionario. El pasado día 30 de julio, desde la posición elevada del cementerio, que se despliega cerro abajo como un manto de motas blancas, Said y el resto de trabajadores pudieron comprobar cómo empezaba a aparecer gente por la carretera de abajo, que viene desde el Tarajal, donde se encuentra la frontera. Cada vez más personas, mojadas, agotadas. «Vi hasta a unos chicos que venían vestidos aún de camareros, y le dije a los compañeros: nos tenemos que preparar porque aquí va a haber desgracia», rememora.

El cementerio solía enterrar entre 15 y 20 migrantes al año, cuenta Said: «El año pasado ya era trágico, con 46 ahogados, pero este año… Esto es una tragedia». Desde la avalancha, Said recibe periódicamente llamadas de familias marroquíes que no saben qué ha pasado con sus hijos. «Alguien les pasa mi teléfono y me llaman desesperadas, las pobres, intentando conseguir alguna información. Pero nosotros, en el cementerio, no la tenemos».

Una de esas familias es la de Mohamed Ennassiri, un joven de 23 años de Asila, que, como Marouane, desapareció un día sin avisar a su familia de que quería emprender la travesía hasta España. Su tío Hafid cuenta por teléfono que no han tenido ninguna confirmación de su muerte, pero que saben por otros chavales que también se echó al agua: «Era muy buen chico, trabajaba como mecánico, pero sin decir nada se evaporó. Estamos desesperados».

Mohamed es quizás uno de los 90 enterrados en Ceuta. O de los que las olas arrojaron a la costa marroquí. También es posible que el mar se lo tragase y su cuerpo nunca llegue a encontrarse. Es imposible saber cuántas personas fallecieron en la avalancha del 30 y 31 de julio. Helena Maleno, fundadora del colectivo Caminando Fronteras, que lleva décadas defendiendo los derechos humanos de las personas migrantes, contó a este periódico que su organización ha documentado «145 víctimas fallecidas encontradas».

Hasna y Said, los padres de Marouane, han movido cielo y tierra para intentar recuperar a su hijo y darle sepultura cerca de ellos, poder iniciar así un duelo que ahora mismo es un océano de angustia e incertidumbre. Su gran deseo es saber que al menos está enterrado. «Seguimos esperando a que Marruecos nos responda, nos diga algo pero, dos meses después, vivimos sin saber nada y sin poder recuperar a Marouane. Es una pesadilla».

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