La fortaleza española que resiste a treinta metros del Trampolín de Ceuta
Los vecinos de la barriada en la que acampan 1.500 indocumentados han tenido que instalar alambre de espino y cámaras para evitar que sus casas sean asaltadas, como ya les ha ocurrido a algunos
ABC, , 01-10-2026La tarde muere en Ceuta. Mientras los 1.500 ilegales afincados en la playa del Trampolín se preparan para una nueva noche de hogueras, timbales y venta ambulante, en la calle de la Colina, ubicada a unos 30 metros de la arena, un vecino discute con un magrebí que está sentado en el quicio de su puerta. Poco después, un coche sube la calle hasta la entrada de una urbanización que parece, casi, una fortaleza. La entrada está protegida por una gran puerta corredera de hierro y por una segunda defensa de vallas amarillas que busca disuadir más que bloquear la entrada. Todas las viviendas son unifamiliares y varias están coronadas por alambre de espino y cámaras de seguridad que graban todo lo que ocurre en el exterior, y que no estaban ahí hace tan solo un par de meses.
«Esto ha sido nuestra salvación», comenta un vecino mientras retira las vallas para poder entrar. A los lados, dos carteles con banderas de España recuerdan a los viandantes que «Ceuta somos todos» y que «el mejor acto de humanidad para los que aquí viven y para muchos más en la ciudad es agilizar los retornos» de los inmigrantes.
«Ten en cuenta que aquí estamos rodeados. Tenemos justo ahí enfrente el Trampolín. A mano izquierda, el CETI y, justo al lado, La Hípica. Y después el monte, que sigue llenito de gente. Se esconden en cualquier sitio», dice Karima mientras comenta las medidas de seguridad que han instalado en la zona. Lleva viviendo en la urbanización 13 años y todavía recuerda las tardes de verano en las que bajaba con su familia a pasar el rato a la fresca. «Ver la playa así genera frustración e impotencia», apunta. Después baja la mirada hacia el mar de lonas que cubren la arena y señala que «lo que viven las personas ahí abajo no es normal, ni humano, ni digno» y que «seguro que los hay con necesidades y que son buenos». Pero los vecinos no se pueden fiar, «porque no saben ni quienes son» y llevan ya meses sumando malas experiencias. Las peores el 30 y el 31 de julio, cuando unas 80.000 personas o más, quién sabe lograron cruzar la frontera con Marruecos.
Entonces se organizaron para establecer turnos de vigilancia en la entrada. Todo después de que algunos inmigrantes entrasen en las casas escalando las vallas para ocuparlas. «Al que vive aquí se le colaron unos cuantos. El pobre lo ha pasado muy mal», me dice Karima señalando un edificio naranja de varios pisos. Ahora está rodeado por concertinas y tiene todas las persianas echadas.
Mientras charlamos junto a la barrera de seguridad se acerca Pablo, otro vecino, y se une a la conversación. «Una mujer que iba en coche se acaba de parar ahí a preguntarme si esto era el CETI, que le estaba llevando al hijo de un amigo de su marido, que está en Marruecos, un móvil y una riñonera que le habían enviado. ¿Cómo mandas a tu hijo aquí? ¿Lo más importante no es tener a tu hijo a tu lado?», se pregunta. «Son correos que están aquí y que usan las familias al otro lado de la frontera», añade Karima. Y los dos comienzan a cuestionarse sobre cómo podría solucionarse el problema de Ceuta, que es el monotema de la ciudad.
«Nuestro problema se soluciona solucionándoles el problema a ellos, con devoluciones, regularizaciones o como sea necesario. Como marque la ley, lo que no se puede hacer es dejarles ahí. Si no tienen documentación, lo que hay que empezar a hacer con ellos es sacarles fotos, tomarles huellas y coger nombres», dice la vecina.
«En las películas, en las guerras y en Ceuta»
A Pablo le preocupa lo que pueda pasarle a los acampados cuando llegue uno de los típicos temporales de Levante, «porque el mar sube y se come la playa, y a veces llega hasta la carretera» que separa el Trampolín de La Colina: «Puede haber peligro para ellos mismos, que noten el agua, comiencen a correr y se aplasten unos a otros. Se está jugando con fuego y puede ocurrir una desgracia. Eso sumado a los problemas que tienen entre ellos y a las noches, que son de borrachera y colocón. ¿Qué van a hacer entonces?».
Y Karima asiente: «Aquí hay vecinos que subiendo con el coche se los han encontrado a pedradas, a palos y a cuchilladas. Hemos visto amputaciones de orejas, hemos visto amputaciones de brazos… No sé cómo un ser humano le puede hacer eso a otro. Son cosas que solo se ven en las películas y en las guerras. Ahora las tenemos en la puerta de casa».
Pablo también tiene instalado alambre de espino en los muros que dan al patio de su vivienda. «Todavía tengo que colocar más en un lado, lo tengo ya preparado para ponerlo. El vecino también puso un rollo justo al lado», comenta mientras señala su domicilio, en el que también tiene colocadas cámaras exteriores: «Los primeros días fueron como un apocalipsis zombi. Mi vecino sacó a uno que se le había colado hasta dentro y tuvo que venir la policía. En otra ocasión se nos colaron tres en la urbanización y estuvimos hablando con ellos para calmarles y que salieran, porque aquí hay barrancos, y temíamos que alguien se despeñase».
Dentro de todo lo negativo, apunta algo positivo: «La barriada ha hecho piña. Antes éramos de hola y adiós, y ahora hacemos más vida juntos».
Asaltos y fotos
Riduan observa desde al lado de su casa cómo un grupo de decenas de inmigrantes espera al otro lado de un cordón policial ubicado a la entrada del Trampolín. Es el mediodía del domingo. Hace escasas horas, la UIP levantó parte del cercano asentamiento de Playa de Benítez. Han expulsado a 250 ilegales de la zona.
- ¿Y a dónde los han enviado?
- Al Trampolín y al Guano.
- ¿Que nos han mandado otros 250 para acá?
Y resopla mientras menea la cabeza. Justo detrás se encuentra la cafetería Beach and Brasas. «Fue asaltada por unos mil inmigrantes a finales de agosto y el dueño tuvo que cerrarla de forma permanente», explica. Lleva 17 años viviendo en el barrio, donde sigue junto a su mujer y sus tres hijos, todos menores de edad. «Aquí hemos convivido con la inmigración ilegal desde siempre, pero como esto no hemos visto nada igual. Cuando vienen familiares y amigos desde la Península y lo ven se quedan horrorizados. Esto tienes que tenerlo delante para entender lo que es», dice.
Riduan recuerda los primeros días de la invasión «con impotencia». Dice que los subsaharianos que fueron llegando en un primer momento a la playa «se comportaron», pero entonces llegaron los magrebíes: «Empezaron a poner casetas de buenas a primeras. Algunos vecinos, entre ellos yo, bajábamos con palos a rompérselas para que no se asentasen». Pero no les funcionó: «Vieron que la Policía no hacía nada, por lo que fueron llegando más y se acabaron asentando. Al principio eran muy discretos, pero en cuanto cogieron confianza se envalentonaron y se nos enfrentaron. Tuvimos que salir con defensas, porque nos intentaban agredir. Y la Policía luego nos reprendía a nosotros, porque nos decían que no podíamos hacer eso».
Riduan apunta que sus «nuevos vecinos» son «incívicos» y «no hacen caso a nada de lo que se les dice»: «Van haciéndoles fotos a las mujeres en la playa y a alguno que otro lo han pillado masturbándose. No están acostumbrados a vivir en sociedad. No saben ni cruzar la carretera. Y esto te lo digo yo, una persona de origen marroquí».
«Van haciéndoles fotos a las mujeres en la playa. No están acostumbrados a vivir en sociedad, y eso te lo dice una persona de origen marroquí»
Riduan
A pesar de que vive en un bajo con garaje, dentro de casa no ha tenido ningún problema. Sin embargo, sus vecinos de al lado no han tenido tanta suerte: «El hombre se ausentó un momento de casa y cuando volvió se encontró a su mujer en la terraza rodeada. La habían asaltado. Son dos personas mayores y tuvieron que empezar a hacer guardias ellos mismos hasta por las noches porque tenían miedo de que volviera a pasarles otra vez».
Como Karima y Pablo, Riduan remarca lo complicado que es estar permanentemente viviendo con 1.500 desconocidos de los que la Policía, en muchos casos, no sabe ni los nombres: «Aquí tenemos presos, gente en busca y captura que no puede volver a Marruecos porque han matado y han violado. No sabes ni con quien estás hablando y ahora mismo están todos aquí». En el Trampolín, donde la vida sigue igual dos meses después del asalto a las fronteras sin que nadie pueda hacer nada por remediarlo.
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