Los menores extranjeros de las calles de Ceuta se autoorganizan en una protesta: “Los niños migrantes tenemos derechos”
Adolescentes de entre 14 y 17 años llevan varios días concentrándose con pancartas y proclamas para pedir plaza en centros de acogida
El País, , 01-10-2026Mohamed busca desesperado un rotulador en la playa del Trampolín. Tiene 17 años según el documento de identidad que porta y ansía escribir una frase en una pancarta. “Queremos entrar en la organización benéfica para menores”. Ese es su lema. El suyo y el de un centenar de adolescentes magrebíes que se arremolinan en la entrada del asentamiento de migrantes que queda sobre la arena de Ceuta. El Bakkali ha extraído la frase de su móvil, donde la ha traducido del árabe al castellano mediante una aplicación. El resto de chicos lo rodean, inquietos y expectantes, esperando a que su líder tenga listo el cartel. Mohamed por fin completa el letrero. Solo falta acordar cuál será el cántico de la protesta. Ya está, tienen uno, hay quórum: “¡Centro de menores! ¡Centro de menores!"
La escena tiene lugar la mañana del miércoles, pero Mohamed (nombre ficticio) y sus camaradas llevan un par de días repitiendo la protesta. Se juntan al inicio de la playa de El Trampolín, compilan varias pancartas y arrancan la concentración. Casi ninguno habla castellano ni francés, solo árabe. Los carteles están escritos gracias a la ayuda de los traductores de los móviles. No todos tienen teléfonos. Mohamed, sí, un iPhone. Sueña con ser ser futbolista y cuenta que quiere dejar atrás su oficio en una cafetería de Tetuán. Por ahora, su objetivo y el del resto de compañeros, a medio plazo, es acabar en la Península. En el corto, conseguir una plaza en un centro de menores de Ceuta después de días durmiendo al raso en las calles de la ciudad. Ese es el principal objetivo de la manifestación. Uno de los chicos echa una mano a Mohamed para organizar la concentración. El ayudante grita a todo pulmón el cántico compartido. “¡Centro de menores! ¡Centro de menores!“, exclama con acento árabe. La multitud replica al unísono.
La protesta del grupo de menores migrantes en Ceuta.
Manu Brabo
Los chicos de la asamblea vienen de distintos puntos de Ceuta. Llevan autoorganizados un par de días. A mediodía del miércoles tratan de marchar hacia las calles de la ciudad con sus pancartas, fabricadas con lo que pillan, para manifestarse. “Incluso los niños migrantes tienen derechos”, se lee en otro de los carteles. “Solo queremos una cosa, que España proteja a los menores”, demandan sobre un trozo de tela. Los agentes de la Policía Nacional, que controlan la zona, impiden que continúen avanzando fuera de la playa. “¡Mira, otro 15-M!“, bromea uno de los policías. Varios de los chicos han intentado en diferentes ocasiones conseguir una plaza en un centro de acogida acudiendo a la comisaría o a puntos de acogida, pero no obtienen respuesta y siguen deambulando sin rumbo. Fuentes policiales desconfían de su edad real, también recelan de las identificaciones que aportan con fotografías o fotocopiadas.
Este periódico vio varias tarjetas de identificaciones físicas con fechas de nacimiento que certifican que tienen entre 14 y 17 años ―EL PAÍS no pudo comprobar las acreditaciones de todo el centenar de adolescentes presentes―. En el caso de Mohamed, el cabecilla del grupo nació el 11 de septiembre de 2009, según su documento. Durante la protesta, los mayores empujan a los más jóvenes para que se coloquen en primera fila y sean así retratados por las cámaras en primer plano como reclamo. Entre ellos, Nasreddine, de 15 años, que duerme en una tienda de camping ubicada ya al final del Trampolín, donde decenas de adultos se toman una ducha entre la neblina del último día de septiembre. Una jornada de bochorno tropical en Ceuta.
Nasreddine quiere trabajar como barbero en España. Sus compañeros ensalzan sus dotes de peluquero apuntando a otro de los manifestantes, con un perfecto rapado degradado obra de Derbabi. Él residía en Castillejos y, Mohamed, en Tetuán. Ninguno quiere volver. Todos dicen estar solos. Algunos hablan con sus padres por teléfono. Todos quieren entrar en el ¡Centro de menores! ¡Centro de menores!.
El Gobierno de Ceuta ha acogido a 2.566 menores extranjeros no acompañados en el sistema de protección autonómico desde que estalló la crisis (700 entraron antes del cruce masivo). Pero cientos permanecen aún en las calles a la intemperie, aunque La Moncloa no tiene certeza de cuántos. La ciudad autónoma dispone de 29 plazas ordinarias. Desde el inicio de la crisis, se han instalado una veintena de establecimientos para responder a la emergencia y albergar a los niños y adolescentes. Sin embargo, el Ejecutivo central y el local mantienen un pulso por la derivación de los menores a la Península. Un plan al que se opone el popular Juan Jesús Vivas frente a las demandas de la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, de visita en Ceuta este miércoles y jueves. En las calles ya permanecen solo adolescentes, los más pequeños han ido siendo realojados. Mohamed y sus amigos lo saben.
—¿Hay alguien que haya nacido en 2012?—, pregunta la periodista.
—¡En el centro de menores!—, responden.
Un día antes, durante el desalojo de la playa de Benítez, algunos menores fueron separados en el paso fronterizo de El Tarajal y trasladados luego en furgonetas a recursos para chicos. La Moncloa sigue realojando a adultos en los establecimientos levantados, como el de Loma Colmenar, adonde fueron decenas de hombres que estaban asentados en Benítez. Pero los menores no pueden compartir espacio con los adultos.
Mientras la guerra entre Ejecutivos continúa, Mohamed y su cuadrilla seguirán durmiendo en calle. Y pretenden continuar con la sentada en la playa del Trampolín el tiempo que haga falta. Uno de los más jóvenes coge su móvil para traducir una pregunta que quiere hacer a la periodista. No habla. Solo escribe y aprieta el botón del audio. Todos los demás escuchan atentos la pregunta que sale del teléfono. Comparten la misma duda.
—¿Crees que esta manifestación nos ayudará?
La máquina lee las palabras. La esperanza de su mirada y de la del resto anhelando una respuesta en positivo hablan por sí solas.
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