Decenas de migrantes denuncian agresiones de militares: “Nos dicen que si no nos vamos, seguirán las palizas”
El informe de AI expone un goteo de casos en Ceuta, donde hombres y niños aseguran haber sido atacados por uniformados
El País, , 01-10-2026Cada mañana, nuevos jóvenes aparecen con golpes caminando por las calles de Ceuta: una brecha en la cabeza, un tobillo hinchado, un brazo dislocado, el costado amoratado, una raja de lado a lado de la cara. Y siempre es la misma explicación: me pegaron los soldados. Decenas de testimonios recogidos en distintos puntos de Ceuta entre jóvenes sin relación entre sí, con el único vínculo de dormir cada día a la intemperie en la ciudad autónoma, coinciden al describir las palizas que sufren cada noche a manos del Ejército. Parejas de soldados que irrumpen por la noche entre los cañaverales, las arboledas o las rocas de la playa para aplicar una metodología violenta que comenzó con la llegada masiva de decenas de miles de migrantes hace dos meses. Este martes, Amnistía Internacional recogió en un informe una veintena de casos y los envió a los presidentes del Gobierno español, Pedro Sánchez, y de la ciudad de Ceuta, Juan Jesús Vivas. Pero los testimonios recogidos por AI no son los únicos.
Al joven Abd Elmouj, de 20 años, le duele todo el cuerpo y pasa las horas sentado en una piedra cerca de playa Benítez. Según su testimonio, la noche del 2 de septiembre dormía en la zona de Benzú cuando llegaron seis soldados. Le golpearon en el hombro y la cara y le hicieron una brecha en la cabeza. “Dormía entre los matorrales cuando aparecieron. No los vimos llegar. Simplemente vi las botas y partir de ahí una lluvia de golpes con un palo por todo el cuerpo. Luego nos pidieron el dinero y los móviles. El dinero se lo llevaron y los móviles los destrozaron, dice enseñando un teléfono cuarteado. Consecuencia de aquello, Elmoujtiene un brazo y un tobillo rotos y tres grapas en la cabeza para cerrar las brechas. Mohamed Benisse, de 18 años, tiene una pierna en carne viva. “Yo logré escapar pero caí ladera abajo y me desgarré la pierna”, dice enseñando un muslo ensangrentado.
Abd Elmouj, de 20 años (cabeza y brazo vendado). Foto tomada En el trampolín el 4 de septiembre
Jacobo García
Amine (nombre ficticio) también recuerda la noche del 2 de septiembre. Tiene 18 años y estaba buscando un lugar para dormir en el barrio de El Príncipe, por las inmediaciones del Colegio Reina Sofía. Junto a un grupo de tres menores y otro adulto, deambulaban y valoraban dónde quedarse, cuando una patrulla de “unos siete militares” les interceptó, explica. Cuenta que comenzaron chillándoles y les reunieron en corro a los cuatro. Les dieron porrazos hasta tirarlos al suelo, y dos de ellos salieron huyendo. Amine se quedó inmovilizado, mientras los militares le pateaban el costado y la tripa. “No entendía lo que decían, pero chillaban”, cuenta. Ni él ni el resto de jóvenes que también salieron heridos denunciaron la agresión. “¿A quién? ¿A la policía que no nos deja ni entrar en la comisaría para identificarnos?“, responde. ”Nos dijeron que no pararían las palizas hasta que nos fuéramos", explica.
El 7 de septiembre, cerca de la una de la madrugada, el argelino Mohamed Boudlior Nadil caminaba por Loma Colmenar con otros dos marroquíes, cuando aparecieron los militares, comienza su relato. “A los dos marroquíes se los llevaron a la aduana y los devolvieron a Marruecos. Pero yo soy argelino y les enseñé mi documento de identidad: no podían devolverme a Argelia”, explica. Entonces me llevaron a un bosque en Belyounech y me dijeron que me quitara la ropa. Cuando me quité la ropa me rociaron la cara con un gas lacrimógeno. Luego me destrozaron el móvil”. Yassine Elhajje, junto a las naves de El Tarajal, describe una escena similar vivida la noche del 27 de agosto. “Estaba durmiendo en una de las colinas cuando llegaron los soldados y me pegaron con la porra hasta hacerme caer. Eran varios soldados en tres coches y eran cerca de las cinco de la mañana”, recuerda. Ese mismo día, el periódico El Faro de Ceuta publicó que un grupo de jóvenes había atacado con piedras dos patrullas del ejército en una emboscada que terminó con cuatro soldados heridos. La versión de algunos de los jóvenes que dicen haber presenciado la escena es que los soldados estaban pegando a los migrantes cuando los descubrieron y los atacaron a pedradas.
A Aldellah Zahar, de 21 años, le aseguraron que las palizas pararían si cambiaba su ubicación. Este joven procedente de Marrakech asegura que los militares le golpearon en la pierna cuando estaba durmiendo. Su amigo Otman, que estaba a su lado, asentía, y aseguraba que a él no le habían dado “tan fuerte”. Zahar mantuvo que le habían roto la pulsera de atención médica. Los militares le habían dicho que si se mantenía en la zona de Loma Colmenar, no le volverían a pegar.
Haitam tiene 16 años y entró al centro de menores Aljarafe el 25 de septiembre. Relata varios episodios en los que los militares le habrían hostigado de formas diferentes (gritos, empujones e insultos) pero ha documentado las heridas resultantes de una agresión, que se produjo el 1 de septiembre. Enseña fotografías de sus piernas ensangrentadas, que ahora lucen moradas y amarillentas. “Me cogieron solo, estaba por la zona de San Antonio, porque solía dormir por allí para esperar cerca del centro por la mañana”, recuerda. Cuenta que unos uniformados “con boina roja” le empujaron contra un vallado y le propinaron patadas y bofetadas.
En varios testimonios más recogidos por EL PAÍS en el polígono del Tarajal, Achraf Baba de 25 años, Anar Berri, de 20, Walid Botu, de 20, Jilali Oussama, de 23, y Omar De Khila, de 27, coinciden en que dormían entre los matorrales cuando empezaron a recibir golpes por todo el cuerpo. En muchos casos coinciden en identificar el tarbuch o fez, gorra distintiva del cuerpo de regulares del Ejército y en que, al menos, uno o dos de los soldados hablaba dariya, el dialecto marroquí del árabe.
Driss, de 29 años, de Fez, también relató que el viernes 21 de agosto a las cinco de la madrugada le habían pegado “los militares” cuando estaba durmiendo cerca del Polígono de El Tarajal. El hombre tenía la cabeza vendada y esperaba a que le atendieran en Médicos del Mundo. Según su testimonio, quienes le agredieron tenían navajas militares. Aseguró que le habían atendido en el hospital, pero no conservaba el parte de alta y en la pulsera que todavía llevaba se había borrado la fecha de la atención médica.
Abdelkhalek, de 20 años, procedente de Casablanca, contaba el 1 de septiembre a este periódico en el Polígono de El Tarajal que los militares le habían pedido que pusiera el código de su teléfono para desbloquearlo y después se lo rompieron. También aseguraba que le habían quitado un collar, un reloj, una maquinilla de cortar el pelo y le habían roto las gafas graduadas y no podía ver.
Migrante con lesiones en la piel, en Ceuta.
Amnistía Internacional (EFE)
Con lesiones, muy pocos de los migrantes acuden a curarse al hospital, sino que lo hacen en algunas de las organizaciones de ayuda humanitaria que trabajan en Ceuta. La máxima responsable de una de estas organizaciones de reconocido prestigio internacional confirma a este periódico los testimonios, aunque rechaza dar su nombre y pide no publicar el nombre de la organización dado el clima de tensión que se vive. “Todos los días atendemos de más de una decena de marroquíes que vienen con contusiones, fracturas, ojos amoratados, brazos rotos y siempre nos dan las mismas razones: nos pegaron los soldados”, explica en una cafetería.
Estas agresiones han provocado otra imagen habitual en las calles ceutíes: jóvenes que salen despavoridos en cuanto una patrulla militar aparece en las inmediaciones, aunque sea a plena luz del día. Los migrantes, muchos de ellos menores, huyen por los callejones o acuden a refugiarse cerca de periodistas con cámaras o trabajadores de ONG, a los que usan como escudo. “Delante de vosotros no lo van a hacer”, aseguraba Amine el pasado sábado.
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