«Si en 4 días se ha arreglado lo de la vivienda de Maricarmen, ¿por qué no han solucionado esto en 2 meses?»
60 días después de la avalancha, muchos ceutíes se sienten abandonados por las autoridades y muestran su hartazgo por una situación que ven insostenible, con 10.000 migrantes aún en la ciudad
Canarias 7, , 30-09-2026La primera caseta que se montó en la playa del Trampolín de Ceuta la vio Emilio Muñoz levantarse desde el balcón de su casa. «Me metí a prepararme un café y, al salir, ya había dos. Y luego cuatro. Y luego cien. Estaba en el día 0, en el momento 0», cuenta. Hoy es imposible contar cuántas tiendas y chozas pueblan esta playa ceutí, donde malviven miles de migrantes llegados en la avalancha que ha puesto a prueba a una ciudad que, dos meses después, se encuentra ya al límite de sus fuerzas.
No está claro el número de migrantes que siguen en Ceuta desde que más de 80.000 entraran a nado y bordeando la frontera del Tarajal los pasados 30 y 31 de julio. Las cifras bailan entre las que ofrecen las distintas instituciones, pero se calcula que son más de 10.000 en una ciudad de 84.000 habitantes. Hay gente por todas partes, la mayoría repartidos por una decena de centros estables y otros de acogida temporal, pero también durmiendo en las calles de polígonos industriales, de barriadas y en las playas. En su enorme mayoría son hombres jóvenes quienes pululan por la ciudad sin mucho que hacer.
«Es horroroso, Ceuta está que no la reconocemos, hay mucha gente a la que le da miedo salir», cuenta Manoli, una vecina de Sidi Embarek, un barrio popular de la periferia de la ciudad autónoma en el que se han levantado varios campamentos de emergencia, pero donde también hay gente durmiendo en coches o por las mismas calles. La queja es la misma en barrios como Los Rosales, playa Benítez, el Polígono o el Príncipe: inseguridad, suciedad, pérdida de libertad. Unos los llaman invasores, otros muestran empatía hacia los migrantes e intentan ponerse en su lugar, pero todos están convencidos de que la situación ha llegado al límite. Que la ciudad ya no puede más. Que es urgente volver a la normalidad.
Pérdidas económicas
«Si en cuatro días se ha arreglado lo de la vivienda de Maricarmen, ¿por qué no han logrado solucionar esto en dos meses?», se pregunta Alejandro Ponce, un joven ceutí que, como muchos en la ciudad, cree que hay falta de voluntad política para buscar salidas a la crisis. «Así no podemos seguir, ni nosotros ni ellos, porque mira las condiciones en las que está viviendo toda esa gente, ves a niños pequeños durmiendo por ahí, sucios y en la calle. Es que no puede ser», lamenta camino del taller en el que confecciona las decoraciones de los eventos que organiza. En agosto calcula que ha perdido unos 4.000 euros de ingresos porque, con la ciudad como está, «la gente está posponiendo todo: bautizos, bodas… Nadie tiene ánimo para celebrar».
El taller de Alejandro está muy cerca de la casa de Emilio, en el edificio Cariño, desde donde vio instalarse a los primeros migrantes. Antes del 30 de julio, bajaba todos los días a darse un baño antes de ir a trabajar en la brigada forestal. La vista de su casa ahora es las de las duchas al aire libre que se han instalado al final de la playa del Trampolín y en las que los migrantes se asean como pueden. Los grifos están siempre abiertos, y a lo largo del día por allí pasan miles de hombres que, en bañador o calzoncillos, se enjabonan frente al mar e intentan lavar la ropa en pequeños cubos, frotando con las manos. «Desde aquí he visto de todo, peleas, adolescentes que salen en mitad de la noche llamando a la policía porque las querían violar… Hay gente buena, pero también los hay que ves que no tienen buenas intenciones», asegura.
Harto de la situación, Emilio inició hace dos semanas una acampada simbólica frente a la Delegación del Gobierno, en pleno centro de la ciudad, para reclamar soluciones. Desde entonces, duerme allí en una tienda de campaña junto a otros vecinos para que la crisis de Ceuta no pase a un segundo plano y sea olvidada. Con sus gafas de sol y una camiseta de los Ramones, Emilio se ha convertido en una suerte de celebridad local, al que todo el mundo busca. «Hay partidos que han intentado sacar rédito político a esto, pero esta es una protesta apolítica. Yo soy progresista, pero es que esta situación va a acabar con nosotros», dice
El contraste entre el centro de Ceuta y la periferia no podría ser mayor, parecen dos ciudades distintas. La vida trascurre en algo que se parece a la normalidad, la gente pasea, se sienta en las terrazas, entra a las tiendas de moda de la calle Camoens. Unas patrullas militares apostadas en los puentes que separan el centro del resto de la península ceutí, junto a las Murallas Reales, dan la vuelta a los migrantes que circulan por el resto de la ciudad.
Dos ciudades
En la terraza de la cafetería Apolo, a pocos metros de allí, los comensales dan cuenta de unos pinchos de atún cocinados a la brasa que perfuman toda la calle con un olor que hace salivar, nada más lejos al hedor a orines y heces que emanan de la playa del Trampolín, o de los polígonos junto a la frontera del Tarajal, donde familias como la de Aziz y su hija Karima, de seis años, duermen a la intemperie. «Se me agarra fuerte por la noche de miedo cuando escucha las peleas, que son constantes», asegura este padre.
El del Apolo no deja de ser un espejismo de normalidad que se rompe cada hora menos en las de la siesta, cuando suena a todo volumen el himno de España desde la terraza de Ernesto Valero, justo detrás de la Delegación del Gobierno. Ernesto ha instalado una enorme bandera nacional que ilumina por la noche y unas pancartas que va cambiando con distintos mensajes. La que cuelga ahora es a favor del presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas, pero tiene otra que reza «no es inmigración, es invasión». «Nos han fastidiado la vida», dice desde su terraza, con una hermosa vista de la ciudad a sus pies y, al fondo, al otro lado del Estrecho, la península y el peñón de Gibraltar.
Para Soufian, un militar del cuerpo de paracaidistas que hace de taxista en sus ratos libres, la convivencia, de la que todo ceutí se enorgullece, se está llevando a un límite insostenible: «Demasiado poco ha pasado para lo que estamos viviendo. Pero todo tienen un límite y podría estallar por los aires».
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