Jacobo Bergareche: “Las historias de los migrantes son la épica, las nuestras son una mierda”
El escritor, cuyo hermano fue asesinado en Luanda, viaja con un amigo migrante, Amadou, al pueblo del que salió, en las profundidades de Guinea-Conakri. El resultado, donde sus historias se entremezclan, es el libro ‘Tío grande’
El País, , 29-09-2026Jacobo Bergareche (Londres, 50 años) recibe con el rizo al viento y los pies descalzos. Tiene la casa, al norte de Madrid, llena de libros, muchos libros (literatura clásica, grandes volúmenes de arte) y muchos cachivaches (sobre su despacho, una lámpara hecha con postales de figuras indelebles del rock). Abajo la cocina y el jardín, donde da banquetes para sus amigos (tiene un libro reciente sobre la amistad, coescrito con el neurocientífico, y amigo, Mariano Sigman), porque también le gusta cocinar y explicar sus recetas en las redes sociales.
Bergareche es un tipo que hace muchas cosas: viajar por ahí, vivir aventuras y luego contarlas; una que cuenta ahora mismo, muy delirante, mientras ofrece un agua con gas —y en la que no podemos extendernos aquí—, acaba con el escritor pasando un par de noches en una cárcel de Austin, Texas. Ahora planea un viaje en bici a la torre donde Michel de Montaigne, cerca de Burdeos, se inventó el género del ensayo y trató de aprender a morir. Bergareche tiene un afán natural por organizar cosas: “Tengo alma de productor”, dice. Bueno, es que también ha sido productor.
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Uno de los eventos que organiza es un campeonato anual de mus en honor a su hermano Roque, que fue asesinado en Luanda, capital de Angola, en 2012, cuando celebraba un acuerdo empresarial. Tratando de robarle, en una violencia tan azarosa que causa terror, un atracador callejero le propinó un disparo en la cabeza. Curiosamente, había entre los hermanos de la familia Bergareche una especial fascinación por África, vehiculada por la música (por ejemplo, el maliense Ali Farka Touré o los clásicos del afrobeat) y también por Miriam, una mujer marroquí, de Tetuán, de gran carácter e increíble mano para la cocina, que trabajaba en la casa de la abuela materna y mezclaba con soltura la gastronomía vasca y la árabe.
Ahora, cada año, los amigos recuerdan a Roque en un ambiente festivo, jugando al mus, comiendo y bebiendo. Un año de estos, el campeonato se celebró en un txoko en el que estaba ese día al cargo —suele ser en fechas navideñas— un joven migrante africano llamado Amadou. Cuando Bergareche trató de hacer migas con el joven para convencerle de que les dejara estar más tiempo del establecido —las fiestas a veces se lían— descubrió que Amadou era natural de Guinea-Conakri, en el África occidental y tropical, así que compartió con él la trágica historia de su hermano. Amadou le relató la trágica historia de su viaje “al País de los Blancos”: salieron seis amigos, con solo 12 años, viajaron durante dos años y medio, solo llegaron dos. Amadou soñaba con ser médico, aunque al final terminó dedicándose a esa gran panoplia de pequeños trabajos a los que se dedican los jóvenes africanos —por ejemplo, estar al cargo de un txoko—. Así nació una extraña amistad.
Retrato de Amadou, con quien viaja el autor Jacobo Bergareche para conocer el pueblo de Bominí, en Guinea-Conakri.
JACOBO BERGARECHE
“Fue mi editor, Luis Solano, el que me dijo que dejara de escribir novelas de pijos y me sugirió que me fuera de viaje con Amadou”, explica Bergareche. En Libros del Asteroide ha publicado exitosos textos como Los días perfectos (2021) o Las despedidas (2023): el primero trata sobre los contrastes entre el estallido del enamoramiento y la rutina de las relaciones largas; el segundo sobre un trabajador en fondos de inversión, un bon vivant con casa en Menorca, que se enfrenta a las posibilidades nunca exploradas de un antiguo amor. Ahora Bergareche se embarcaría en una aventura de otra índole que le llevaría a Bominí, el pueblo remoto, en las profundidades de Guinea, del que Amadou partió, en un viaje infernal, para tener una vida mejor en un lejano mundo idealizado. Este mundo. “Luis Solano ha puesto en peligro a su escritor: a Ignacio Peyró le pone a escribir sobre Julio Iglesias [en referencia al ensayo El español que enamoró al mundo] y a mí me manda a África…”, bromea el autor. El libro que se trajo Bergareche se titula Tío grande, que es como le llama su amigo africano que, por cierto, participa de los beneficios de la edición.
Como Bergareche no estuvo presente en el viaje de Amadou a España, se centra en su viaje conjunto a Bominí, donde la novela coge tintes de relato antropológico: el estudioso blanco europeo que se acerca con curiosidad a la vida de los africanos (véase el delirante El antropólogo inocente, de Nigel Barley). Describe aquella aldea como neolítica. “La verdad es que no pasan estrecheces: pueden comer de lo que les da la naturaleza, y disponen de mucho tiempo libre. No lo quiero romantizar desde la mirada europea, pero es una vida sostenible. Solían mirar las estrellas, pero ahora miran el móvil, y es que el móvil es su gran maldición”, dice el autor. Es curioso que en estos lugares vivan con una tecnología tan arcaica, un puñado de herramientas agrícolas, casas de adobe, algunas motos chinas, pero al mismo tiempo llegue la sofisticación de los smartphones y la red 5G que les permite recibir los cantos de sirena de los países del norte global. Así, muchos chavales, como Amadou, deciden iniciar un viaje hacia un lugar que no saben ni dónde está ni cómo se llama, el legendario País de los Blancos. “Otros se mudan a la capital, Conakri, y no me lo explico: es el infierno, la ciudad más desagradable que he conocido nunca”, dice Bergareche.
Retrato del escritor Jacobo Bergareche.
Víctor Sainz
“Amadou, como tantos migrantes, quiere que se cuente su historia, que la gente sepa por lo que han pasado, que sepan quiénes son y por qué vienen”, dice el escritor. “Eso es lo que más les importa. Un tema del libro es precisamente la visibilidad”. En Tío grande se mezcla la peripecia africana de ambos protagonistas con otras aventuras privadas del escritor, por ejemplo, en Malaui, donde cree descubrir una trama de corrupción gubernamental (que en España no interesa a nadie), o en Irán, donde se ve envuelto en otro lío propio de una película de acción, cuando tiene que escapar, acusado de espía, de la Guardia Revolucionaria iraní (da cierta angustia) por las calles de Shiraz. Por supuesto, hay abundante espacio para las dolorosas circunstancias que rodearon el asesinato de su hermano. Las historias de ambos, Amadou y Jacobo, tan dispares, van encontrando puntos de contacto. No solo el miedo o la pérdida, sino también, y sobre todo, la necesidad de contar una historia para aceptar lo ocurrido.
Una de las preocupaciones del autor ha sido la asimetría entre ambos: no quería ocultar su privilegio y su mirada occidental, quería dejar claro que la historia estaba escrita desde la perspectiva de un español blanco, y además de buena procedencia (por parte de padre de los empresarios vascos Bergareche, por parte de madre de los Mendoza: su abuelo Ramón fue un célebre presidente del Real Madrid). “No me podía esconder para contar su historia, así que al final ha quedado una cosa entre los dos”, cuenta.
El viaje de Amadou desde su pueblo hasta Europa resume el de tantos miles de otros viajeros: cruzar desiertos, enfrentarse al mar, quedarse encallado en países hostiles. Ha querido la casualidad que la publicación del libro coincida con la fiebre por La Odisea provocada por la película de Christopher Nolan. La recuperación del texto homérico ha sido vista por muchos como un correlato a las aventuras trágicas que viven los migrantes en el entorno del Mediterráneo, y así también lo ve Bergareche. “Siempre me lo dice el escritor croata Ivan Sršen, que es amigo mío: las historias de los migrantes son la épica, las nuestras son una mierda. Son caminos de años, muertes de sed en el desierto, violaciones, asesinatos, historias de muerte y sacrificio, de pertenencia y de retorno… eso es la Eneida, o la Odisea o la Anábasis. Hay quien piensa que las buenas historias son las de los ricos, que tienen dinero para que les pasen cosas, pero eso es una chorrada monumental”.
Jacobo Bergareche, en su casa.
Víctor Sainz
También ha querido la casualidad que el libro coincida con la grave crisis migratoria en Ceuta. Tío grande, por cierto, tiene una parada en Melilla, por ahí entró Amadou nadando en 2016, y el texto se ocupa de los dramas en torno a su valla, en la que se produjo un salto colectivo en 2022. En Melilla el escritor conoce a Hamada Azmani, antiguo compañero de Amadou, un joven marroquí que ha llegado a ser campeón del mundo de kickboxing en la categoría de 57 kilos. Más generalmente, la publicación coincide con una fuerte ola mundial de rechazo a los flujos migratorios. “Por un lado no me hace mucha gracia que la gente lo lea desde ahí; pero, por otro, me gusta que la gente pueda ver qué es eso que llaman los menas”, opina Bergareche. Por lo demás, dice que Amadou tampoco es muy consciente de un repunte de la xenofobia: “Él ni siquiera se ve a sí mismo como un negro, se ve como un miembro de su tribu, un fulani, y así ve a los otros africanos, como miembros de otras tribus. Tiene un punto de vista muy diferente al nuestro”, dice el autor.
En cuanto al rechazo al migrante: “Creo que tradicionalmente la migración no ha sido una cuestión problemática, pero en los últimos años se ha promovido que sea vista así: hay un partido político que les señala y dice: ‘Todos nuestros males vienen de esas personas’. Parece que si les echamos dejaríamos de tener problemas. Pero la migración es necesaria, la cuestión es cómo hacerlo bien. En las clases altas es mejor vista, nos ofrecen un servicio, nos limpian la casa; en los barrios obreros no se ve de la misma manera”, dice Bergareche. Ahora, Amadou trata de montar una flota de taxis en su país.
En cualquier caso, opina el escritor, la literatura está para otra cosa. “La literatura pone el foco en las historias de los seres humanos, la política mide en grandes números: si han pasado 80.000 ¿son migrantes o invasores? Son palabras que engloban a todos, que los deshumanizan. Cuando vas al microscopio de la literatura, no ves masa sino humanos uno a uno”.
Uno de los pasajes más emocionantes y desalentadores de Tío grande es cuando dos jóvenes migrantes africanos, Amadou y un compañero del centro de menores de La Purísima, en Melilla, donde son albergados, hablan entre sí y se lamentan de su mala suerte de haber nacido negros. Creen que Dios les castiga por sus pecados en vidas anteriores pero que, con un poco de suerte, nacerán blancos en próximas existencias. Su condición racializada es percibida como una condena. “Al final”, concluye Bergareche, “el azar de la cuna es el que determina todo lo demás”.
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