Alemania: cuando la vacuna de la historia pierde efecto

El vocabulario racista de AfD suena más trivial que los grandilocuentes términos nazis, pero no lo es

El País, Rosa Sala Rose, 29-09-2026

Si la historia se repitiera, el reciente resultado del partido de extrema derecha AfD en el land de Sajonia-Anhalt habría catapultado a Alemania a julio de 1932. En ese mes, el partido nazi NSDAP fue la fuerza dominante en las elecciones al Parlamento regional del land de Turingia. Los resultados fueron estremecedoramente similares: 42,5% el NSDAP, 43,8% AfD, quedando los dos a pocos escaños de la mayoría absoluta. Ahí, hace 94 años, en unas elecciones regionales como las de este septiembre, se encontraba a punto de eclosionar el huevo de la serpiente.

En 2026, la democracia lleva al menos dos puntos de ventaja: a diferencia del NSDAP, AfD no cuenta con un aparato paramilitar como las SA. Y un cortafuegos ha llevado a los demás partidos a rechazar la coalición con AfD (aunque este muro de contención ya esté mostando las primeras grietas).

Lo peligroso de la nueva serpiente de AfD es que, con el aval de sus 10 millones de votos, ha dado nueva respetabilidad a lo que en las dos últimas generaciones o no existía, o se había ocultado discretamente: la poderosa corriente ideológica völkisch o del nacionalismo étnico. El patrioterismo populista, la actitud de matón envalentonado y el desprecio a los diferentes se han vuelto aceptables de nuevo en gran parte de la población. Ningún reparo ha impedido al entonces copresidente de la AfD Alexander Gauland subirse a una tribuna y decir que “Hitler y los nazis no son más que una mota de polvo en más de mil años de exitosa historia alemana” (“mota de polvo” es una traducción benevolente; Gauland dijo en realidad “cagada de pájaro”).

En una actitud populista muy propia de la AfD, Gauland tiró la piedra y escondió la mano, diciendo después que esa afirmación había sido “una tontería”. Pero ahí quedó dicha, manchando la confianza en el futuro de la Alemania democrática.

Y eso que los “más de mil años de exitosa historia alemana” de Gauland son una tesis casi tan cuestionable como la del nazismo como cagadita de pájaro. Sugiere la existencia de un pueblo continuo y orgánico que atraviesa los siglos con su esencia intacta. Sin embargo, hasta 1871 Alemania no fue ni siquiera un Estado. Fragmentada en un mosaico de territorios, dividida por la Reforma, sin fronteras naturales ni centro político, la nación alemana se definió tarde y por lo único que sus habitantes compartían hasta cierto punto, la lengua, a la que después se superpuso, de forma militante, una cultura alemana (extraordinaria, eso sí) cuando hasta entonces se había escrito o pensado sobre todo en francés o en latín.

La alemana no es la única nación supuestamente milenaria que, en realidad, se imaginó en la modernidad. Pero lo que convierte el nacionalismo en un auténtico veneno político y social es otra fantasía más que se añade a las tres anteriores de la historia común, la nación y la lengua: la idea de que la nación así construida no sea algo que se pueda adoptar, sino la esencia de un pueblo que no solo fluye en su imaginario colectivo, sino también en su sangre. Esa es la esencia del nacionalismo étnico o de lo völkisch.

¡Qué formidable tentación narcisista reside en esa idea! Si la superioridad de una nación no exige esfuerzo, sino que fluye en la sangre, cualquier borrachín ignorante es partícipe de un ideal superior. Desde la perspectiva völkisch, nacer, residir y nacionalizarse en Alemania, hablar alemán y tal vez incluso leer a Goethe jamás harán alemán a un turco. Es más: para que esa perversión ideológica funcione de verdad, ese turco (o sirio, o judío, o marroquí) no solo no sería un alemán, sino que se convierte en enemigo de lo alemán, porque toda identidad, ya se sabe, se construye en torno a un Otro que supuestamente no la tiene.

Sabemos la devastación que esa idea ha producido.

Y, sin embargo, ahí está de nuevo. Agotado el efecto de la tremenda vacuna histórica de Auschwitz, en solo dos generaciones después de Hitler, AfD vuelve al ruedo político con esa herencia. Frente a un pueblo entendido como el conjunto de sus ciudadanos (demos), defiende con frecuencia un pueblo definido por la ascendencia (ethnos). “El pasaporte por sí solo no hace a nadie alemán”, dijo en 2016 el político de AfD Marc Jongen, y ese mismo año Gauland sostuvo que una selección alemana ya no era alemana “en el sentido clásico”. La distinción ya tiene su propio vocabulario. Ya no se habla de “arios” ni de elementos “ajenos a la raza”, sino de alemanes “de pasaporte” (Passdeutsche) y de alemanes “biológicos” (biodeutsch).

Ese nuevo vocabulario suena más manejable, más trivial, que los grandilocuentes términos nazis. Pero no lo es. Björn Höcke reclamó ya en 2018 un “proyecto de remigración a gran escala”. La AfD de Sajonia-Anhalt que acaba de triunfar ha hecho campaña con una “ofensiva de deportación y remigración”. Y, para rematar, el mismo Gauland de la cagada de pájaro alertó del Bevölkerungsaustausch, el “gran reemplazo”, una fantasía conspirativa según la cual hay un plan oculto consistente en reemplazar a todos los alemanes por una población de otro origen étnico.

Y ahora ese mismo partido ha triunfado también en Mecklemburgo-Antepomerania. Demos gracias a que la historia nunca se repite exactamente igual, por inquietantes que sean sus rimas.

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