«Después de dos semanas dando pan duro de comer a mis hijos, no pude más y me eché al agua»

Cientos de mujeres que llegaron en la avalancha se hacinan con sus hijos pequeños en una carpa gestionada por los vecinos, sin agua ni servicios, aunque muchas aseguran que lo que los abusos y precariedad que dejaron atrás es peor

Canarias 7, Paula Rosas Enviada especial a Ceuta, 29-09-2026

Ferdaus se acaricia la ya prominente barriga que se adivina bajo su túnica negra y confiesa que aún no sabe si será niño o niña. El pasado 31 de julio, el segundo día de la avalancha en la que más de 80.000 migrantes entraron en Ceuta, se echó al agua embarazada de cuatro meses, consciente del peligro que corría, pero huyendo de una amenaza mayor, asegura: «Mi marido es muy violento, y yo no quería que mi hijo se criara con él. No tenía adonde ir. Vi la oportunidad y no lo pensé, cerré la puerta de mi casa y me fui para la frontera».

Ahora malvive con otras 350 mujeres y niños, algunos de tan solo tres años, en una carpa junto a la mezquita de Sidi Embarek de la ciudad autónoma, con quienes comparte dos baños químicos que se han instalado fuera pero que huelen dentro, y donde se alimenta gracias a la solidaridad de los vecinos, cuyas donaciones canaliza la ONG Luna Blanca. El campamento está al límite de aforo. Esta noche ha llovido y el agua se ha colado por los laterales de la carpa, empapando alfombras, mantas y colchones en los que duermen apiñadas estas mujeres y donde pasan la mayor parte del día.

Maletas y bolsas del Mercadona amontonadas entre los camastros sirven para guardar las pocas pertenencias que trajeron o que han recibido de donativos. De aquí y de allí asoman un Mickey Mouse o un oso de peluche, y la ropita colgada precariamente de cuerdas entre los postes de la carpa recuerda que aquí están viviendo 60 niños.
No hace mucho que Ferdaus era una niña también: tiene 22 años, un título de peluquería y sueña con poder ejercer su profesión en España, lejos de un pasado de maltrato y «donde pueda darle un futuro mejor a mi hijo». Lo que se ha encontrado, dice, es descorazonador, pero no se rinde. Se está tratando una infección de orina que ha pillado, quizás, por dormir en el suelo, o por la falta de higiene a la que les obligan las circunstancias. Se asean como pueden con botellas de agua y a veces consiguen cita para ducharse en un centro social cercano. Cuando dé a luz tiene la esperanza de que la lleven al CETI, adonde han ido a parar otras mujeres que también llegaron embarazadas ya han tenido a sus bebés.
Su historia se parece a la de tantas bajo esta carpa. Saida estaba viuda, con cuatro hijos y sin trabajo. Uno de ellos, Malek, asoma bajo una manta adormilado por la fiebre. «Debe ser un virus, pero aquí al menos pudimos ir al médico y nos dieron medicinas». Fathi cobraba el equivalente a 200 euros al mes trabajando de basurera en Castillejos y pagaba 150 de alquiler: «Tenía que mendigarle a mis vecinos para poder alimentar a mis hijos. Después de dos semanas de darles pan duro ya no pude más». Jayed se echó al agua con Suleiman de 12 años y Rayan, de 10, agarrado a su espalda. Rayan es del Madrid, tiene una sonrisa que ilumina la carpa y está esperando que alguien le done una pelota para liarse a dar patadas por ahí.

Defendiéndose de las ratas
Otras están peor. En un callejón fuera de la carpa, en una diminuta parcela pegada al cementerio musulmán de la ciudad, Hajjar, su hijo Anás, de tres años, y su madre Hafida, duermen en unas tiendas de campaña que, desde el muro bajo que las separa del tráfico y en el que se amontona una montaña de basura, parecen setas brotadas con la lluvia. «Hemos tenido que defendernos de ratas, que vienen por la noche, y un día pasaron unos hombres borrachos que quisieron meterse aquí», denuncia la joven.

La desprotección en la que se encuentran estas mujeres se refleja en un número que preocupa en la ciudad: los juzgados han abierto 37 procedimientos por agresiones sexuales desde la entrada masiva del verano. Son 39 víctimas en total, 14 de ellas niñas, y un varón. La última, una chica de 17 años a la que la policía tuvo que reanimar tras ser agredida este sábado en la playa del Trampolín, donde se hacinan más de 3.000 migrantes. En España se reportan diariamente 64 delitos sexuales, según datos del ministerio del Interior.
«Huyen de Marruecos porque no encuentran apoyo en las instituciones, muchas de ellas son víctimas de maltrato, de abusos en el seno de sus familias, llegan con traumas muy profundos», cuenta Karima Mustafa. Esta ceutí, a la que las mujeres de la carpa conocen por la fórmula afectuosa de «Hacha Karima» (hacha es una mujer que ha completado el hach o peregrinación a la Meca), coordina este pequeño universo de la carpa con mano de hierro y una tremenda generosidad. Gestiona las donaciones, el botiquín, reparte compresas, mantas, peluches y hace de enlace con Luna Blanca, que aporta las comidas.

Solidaridad vecinal
Su hijo, Abdellah Mustafa, es el presidente de la asociación de vecinos del barrio y el responsable de que todas estas mujeres tengan un techo. «A los pocos días de que llegaran, vio a una niña por la calle rodeada de cinco hombres que querían violarla. Se enfrentó a ellos, y eso que iba en patinete, pero tiene muchos pantalones», dice Karima orgullosa. Abdellah consiguió rescatar a la chica y buscarle alojamiento. Tras acoger en un campo de fútbol del barrio a las mujeres y niños que acampaban por las calles de las barriadas, levantaron la carpa en el espacio junto a la mezquita de Sidi Embarek que les cedió Luna Blanca.

El gobierno central está acondicionando ahora un terreno anexo para instalar baños, duchas y poder poner literas. Las dos nuevas carpas que han montado, aún vacías, estaban este lunes llenas de charcos porque no habían resistido a las lluvias. «Esto es el caos», se queja Karima.
Ahora están repartiendo el desayuno leche, pan, quesitos y mermelada y cuando algunas se salen de la fila y montan un pequeño revuelo, Hacha Karima pega cuatro gritos y todo vuelve al orden. Las mujeres la respetan. «A veces hay alguna discusión o pelea, pero lo normal que podría haber en cualquier casa», cuenta.

Algunas, cuenta, están divorciadas, han sido abandonadas o son madres solteras, y cargan con ellas un estigma. En Marruecos, fuera de las grandes ciudades que el régimen muestra como escaparate de modernidad, sigue reinando un conservadurismo que oprime a muchas mujeres. «Son víctimas, pero sus familias y la sociedad las culpan de sus desgracias», señala Karima. Muchas necesitan atención psicológica, dice, «y otras simplemente están muy necesitadas de cariño, de un abrazo».

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