Desolación

Público, Rafael Cabanillas, 25-09-2026

“DESOLACIÓN” es el título del gran poemario de Gabriela Mistral, la poeta del viento. La chilena que consiguiera el Nobel de Literatura, veinticinco años antes que Neruda. Premios de extraordinario prestigio entonces, hasta la perversión actual – sin contar el de Kissinger – con la concesión, por ejemplo, del Nobel de la Paz a Corina Machado. Premio que luego regalara de manera obscena y humillante a Trump. Más el que le entregó Gianni Infantino – otro impresentable – y su FIFA, al gran pacifista… de guiñol y pacotilla. Por favor, decidme algo que esta gente no haya pervertido. Todo lo que tocan sus sucias manos, queda profanado y corrompido.

El poemario de Gabriela fue publicado en Nueva York en 1922. Un libro desgarrador cuyos versos expresan el dolor y la angustia cuando ya no puedes más. Cuando ya te fallan las fuerzas y la tristeza y la incomprensión no te permiten resistir. La desolación de la poeta con los mismos elementos de la naturaleza siempre presentes: “La bruma espesa, eterna”, el viento, que “hace a mi casa su ronda de sollozos y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito”, “el mar callado y yerto”, “la nieve silenciosa”. El mar que ahoga a los que huyen del hambre y la guerra, el viento que silencia nuestras voces, la nieve y el frío que hielan nuestros corazones. Desolación porque “la tierra a la que vine no tiene primavera”, “porque la noche larga ahora tan solo empieza.”

Veo, estupefacto, en el noticiario de la BBC las jaulas metálicas en las que han metido a los inmigrantes, “cazados”, como diría ese innombrable diputado al que pagamos 9.278 euros mensuales y que da tanto asco y grima, por el ICE de Estados Unidos y llevados al centro de detención de migrantes Alcatraz. Ahora Alcatraz Alligator, refiriéndose a los caimanes de los humedales de Florida que rodean el centro, dispuestos a devorar al que se lance al agua. El gobierno USA es repugnante hasta con la toponimia: “Alcatraz de los Caimanes.” Hortera, megalómano y ridículo, cambiando los nombres al Lago Ontario y al Golfo de México. E inhumano, alabando a sus caimanes que se comen a los presos. Desolación.
Según ha reconocido el propio gobierno, las jaulas se utilizaban para “calmar” a los detenidos y que “se tranquilizaran y tuvieran tiempo a solas”. La jaula de rejillas metálicas, tiene una superficie de 1,67 m2. Es decir, una cabina telefónica. Una jaula que los funcionarios denominaban “la caja”. Dejada a la intemperie, en medio del patio, bajo el sol y la lluvia, bajo el miedo y la tortura, para que el resto de detenidos, unos 1.500, te vieran ahí dentro. Atado, esposado de pies y manos. Obligado a mantenerte erguido durante horas, sin poder sentarte o tumbarte.

Si en esa jaula metieran a un animal en esas condiciones, no sé, un chimpancé, una pantera negra, se montaría un escándalo mundial. Pero como es un ser humano, un “nadie”, no ocurre absolutamente nada. Nada, nadie. Un ser humano que no ha cometido delito alguno. Incluso protegido jurídicamente. No ha robado, no se ha forrado engañando con las criptomonedas ni con el precio del petróleo y las armas, no ha violado a una niña en una isla, no ha asesinado a una poeta o a un enfermero indefenso sobre una acera. Simplemente está sometido a un proceso administrativo de expulsión. Cuando veo la imagen de la jaula siento esa terrible desolación. Desolado al no entender cómo hemos podido llegar hasta aquí.

Si sales vivo de esa cabina del horror, te llevarán a otra más grande. Que no deja de ser jaula por mucho que aumente su tamaño. Te llevan esposado, muñecas y tobillos. En ocasiones con una cadena larga que arrastras por el suelo para que vaya sonando. Caminando lentamente con las piernas abiertas. Antes te habrán colocado un mono carcelario. El color dependerá de tu grado de peligrosidad: rojo oscuro los más peligrosos, naranja brillante los que han cometido alguna falta. A ti te han vestido de azul porque estás limpio de polvo y paja, limpio de cualquier delito. Salvo el de haber escapado de tu tierra buscando pan para tus hijos.

Transcurridos unos meses de martirio, una noche te meterán a escondidas junto a otros compañeros en la bodega de un avión, a gritos y empujones. Eres mexicano, guatemalteco, hondureño o venezolano, de corazón y sangre caliente, y ahora, de repente, te has convertido en africano. Tienes mujer y dos hijos de tres y cinco años, pero desde que te los arrancaron de tus brazos en aquel apartamento de los suburbios de San Diego (California), no has vuelto a saber de ellos. Mucho menos ahora, que te han mandado a Bangui, la capital de la República Centroafricana. A 14.000 km en línea recta de distancia y 22 horas de vuelos.

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Amo África tanto como España. Igual que le ocurriera a Karen Blixen con su Kenia de kikuyus y cafetales en las colinas del Ngong. El fiel Farah y el joven Juma. He recorrido los países del Golfo de Guinea “a pata”, realizando el documental “Cine para África”. De mis libros africanos, salvo con “Hojas de Baobab”, con “África en tu mirada” pagamos durante dos años el mantenimiento – hermosa metamorfosis de libros por lentejas – del hogar infantil de Defalé (Togo) y con “Conversaciones con un baobab” reconstruimos una escuela en Mangili (Madagascar). En uno de esos viajes llegué a la República Centroafricana y os puedo asegurar con conocimiento, que jamás había visto tanta pobreza y tanta miseria. Desolación. Para llorar, aunque ya no te quedasen lágrimas. Incluso viniendo de Burkina Faso.

Analizado el PIB de los 20 países más pobres del mundo, 18 son africanos. Justamente a los que, mayoritariamente, están deportando a los migrantes que detiene el ICE. El ICE asesino que mata impunemente a sus propios ciudadanos o se lleva a niños de cuatro años.

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En ese ranking de la pobreza mundial, la República Centroafricana está en el puesto número 3. Es, por tanto, el tercer país más pobre del planeta. País al que acude, metafóricamente, Donald Trump, aprovechándose de su miseria, descargando sus aviones de inmigrantes, pagándoles 81 millones de dólares según el acuerdo bilateral entre USA y la RCA, a cambio de aceptarlos y meterlos en centros de internamiento hasta nueva orden. ¿Cuándo saldrán? No se sabe. Esto es África, donde las preguntas nunca tienen respuesta. África de la infinita paciencia. Donde cualquier sueño se trunca en pesadilla. África del kalavnicof y la risa de hiena. África de ferris oxidados como ataúdes flotantes del Estigia. África sensual de las especias, de manglares y rojos flamboyanes. África de majestuosos baobabs y acacias de espinas.

Algunas valientes organizaciones de la República Centroafricana, pues pueden ser muy pobres y a la vez más dignos que todos nosotros, han criticado ese vergonzoso acuerdo, que convierte su país en un “vertedero humano” al que los poderosos envían a los “no deseados”. “Algo indecente, que viola el derecho internacional, con personas que fueron encarceladas injustamente, y ahora son recluidas en prisiones de máxima seguridad sin que se hayan formulado cargos”. Un tráfico de seres humanos que debería ser perseguido por la Corte Penal Internacional. Desolación.

Un misil Tomahawk cuesta alrededor de 1,3 millones de dólares. Un Patriot, entre 2 y 6. Con una docena de cada tipo, ya pagan sobradamente el acuerdo con la República Centroafricana para que “se ocupe” de los deportados. Las migajas de la infamia. En la última guerra contra Irán, por un antojo del pacificador Trump y su descerebrado secretario de Estado de Defensa, llevan lanzados más de 3.000 misiles. Uno de los primeros mató a 200 niñas en un colegio. Guerra perdida por Trump, que ha puesto el mundo – el petróleo, la economía – patas arriba, para joder todavía más a los más pobres del planeta. Que antes de morir de hambre, se verán obligados a largarse nuevamente de sus países saltando literalmente todas las fronteras, sean muros de hormigón, de hierro o de cuchillas. Yo lo haría. Tú también lo harías. Aunque en esas concertinas te dejes las tripas.

Deportar migrantes desde Estados Unidos a Ruanda, Sierra Leona, Camerún, República Centroafricana, Burundi o Liberia, entre otros, es una prueba más de la degeneración de la especie humana. Un acto criminal y una canallada. No bastó con “invadir” – invadir de verdad con soldados y armas, a cañonazos, no con unas chanclas –, toda África, repartírsela creando fronteras con escuadra y cartabón desde un despacho de Berlín, esquilmar todos sus recursos, capturar a sus gentes con redes para venderlos en las lonjas de esclavos…, para que en pleno siglo XXI nos dediquemos ahora a enviarles todas nuestras inmundicias: los residuos radioactivos, la ropa tirada a los contenedores, los coches viejos, los neumáticos, la basura informática y tecnológica, para, a cambio de dinero, deportar a los migrantes que nos estorban. Dejarlos allí tirados, sin pasaportes ni papeles, en un limbo “legal”.

Solo con recordar los nombres que pusimos a sus tierras – Costa de Marfil, Costa de Oro (Ghana), Costa de los Esclavos (Benín y Togo) – da escalofríos. Date una vuelta por la bahía de Ouidah, alójate en un chozo de la playa, habla con sus gentes, y cuando veas las fotos de sus antepasados con sus miembros amputados por desobedecer al hombre blanco o las argollas que les ponían al cuello en las cadenas de esclavos, sentirás vergüenza de pertenecer al género humano. Desolación.

Enfrentarse a Estados Unidos, oponiéndose a aportar el 5% a la OTAN o no permitir el uso de “sus bases” en España, tiene consecuencias. Enfrentarse a Israel, denunciando el genocidio, mucho más. La CIA y el Mossad actúan. La alianza de Israel con Marruecos, auspiciada por Trump, habla por sí sola. Es muy fácil manipular a la gente a través de bulos en las redes sociales, aprovechar una sentencia del Supremo – ¡Ay los jueces peperos/voxeros y el Supremo! – para que crucen la frontera 80.000 personas, de las que mueren 142. Por eso, en esta situación tan complicada, la prudencia del gobierno español es loable. Admirable, cuando a tu alrededor todos piden guerra, especialmente las alimañas al oler la sangre. Diálogo y negociación con Marruecos, que, si quisiera hacernos daño, abriría sus fronteras del sur y entrarían millones de personas del Sahel. Solo una pregunta: ¿Por qué tanta rapidez y facilidades para que vinieran 350.000 ucranianos y 200.000 venezolanos, y ahora esta lentitud y este caos?

Ante la jaula metálica, la deportación, la quema de campamentos, la barbarie…, deben prevalecer los derechos humanos. El respeto a la ley y no a las vísceras. Cada grito en esas manifestaciones de “¡Fuera los moros! ¡Ceuta cristiana!”, ayuda poco a la convivencia de los ceutíes, con la mitad de su población musulmana e igual de española. Proteger, dar seguridad a todos, ayudar. Aplicar la ley y expulsar a quien corresponda. Atender a los que tienen derecho a quedarse por la legislación de asilo. Porque nunca les podremos pagar todo lo que les robamos, ni reparar tanto daño sufrido. Además, os puedo asegurar que, comparados con todos esos – políticos, periodistas, empresarios y nazis – que han ido allí a boicotear y meter cizaña – salimos ganando. Porque esas mujeres y hombres africanos, sin lugar a dudas, son mejores personas que todos estos infames instigadores del racismo y el odio. Y recuerda siempre: ¡No son los migrantes los que vendrán a echarte de tu casa! ¿Verdad, Mari Carmen?

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