Ilustración oscura, la contracultura ultra que nació en un blog anónimo y está cegando Occidente: "Aunque el trumpismo muera, va a sobrevivir"

La jalean en Silicon Valley y promueve cambiar presidentes por consejeros delegados. El politólogo Arnaud Miranda explica en su último ensayo cómo unos frikis colocaron sus tesis reaccionarias en la Casa Blanca... y por qué ya no hay que reírse de ellos

El Mundo, Daniel Arjona , 24-09-2026

Dos días antes de que Donald Trump jurase por segunda vez el cargo, Peter Thiel celebró una fiesta en su casa de estilo Beaux Arts en Washington. Entre los invitados estaba el vicepresidente electo, JD Vance, que distinguió una cara conocida al otro lado del salón y la saludó a voces: «¡Yarvin, fascista reaccionario!». La respuesta llegó en el mismo tono: «Gracias, señor vicepresidente. Y me alegro de no haberle impedido salir elegido». Yarvin le contaría después a Politico: «No creo que lo dijera con mala intención, pero tampoco creo que lo dijera con buena».

El aludido era un ingeniero de 51 años que en abril de 2007 había abierto un blog con el seudónimo de Mencius Moldbug que empezaba así: «El otro día estaba haciendo bricolaje en mi garaje y se me ocurrió inventarme una nueva ideología». Desde allí, en entradas kilométricas y socarronas, fue armando un credo: Estados Unidos «es solo una empresa», la democracia «ha fracasado» y lo que el país necesita es un consejero delegado con control absoluto y despedir a todos los funcionarios.

La noche electoral de 2016 ya la había pasado en la mansión de Thiel en San Francisco, donde los invitados descorcharon champán a medida que se conocían los resultados. «Creo que la resaca me duró hasta el martes», le escribió semanas después al provocador británico Milo Yiannopoulos (por cierto, deportado recientemente por el ICE). En 2021, un candidato al Senado por Ohio llamado JD Vance, preguntado en un pódcast por cómo arrancar de raíz a la clase dirigente, contestó: «Bueno, hay un tipo, Curtis Yarvin, que ha escrito sobre estas cosas». Lo cuenta el periodista californiano Gil Durán en The Nerd Reich, publicado en agosto en Estados Unidos y aún sin traducir al castellano, donde reconstruye cómo aquellas ideas viajaron «de un oscuro blog seudónimo» a la cumbre del poder.

Hoy aquel tipo firma con su nombre y hasta The New York Times lo ha entrevistado. Lo que no está tan claro es qué ha hecho el poder con sus ideas. Ni qué han hecho las ideas con él.

La Ilustración oscura sostiene que la democracia es un sistema ineficaz y corrupto que debe ser derribado. En su lugar, propone gobernar los países como empresas, con un consejero delegado que haría las veces de monarca y unos ciudadanos reconvertidos en clientes. ¿No estás contento con el servicio? Múdate a otro Estado. Además, los paladines (abrumadoramente masculinos) de la Ilustración oscura creen en jerarquías naturales entre individuos, sexos y razas, desconfían de la naturaleza humana y tienen como enemigo principal a la Catedral como llama Yarvin a la alianza de universidades y prensa progresistas que, a su juicio, gobierna de verdad un Occidente en decadencia. Ah, y su ala más radical confía el futuro a la tecnología, de manera que la política solo serviría para acelerar el capitalismo hacia un porvenir poshumano.

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Para entender de dónde salen esas ideas, ha escrito el politólogo francés Arnaud Miranda (Clermont-Ferrand, 1997), doctor por el Sciences Po e investigador asociado del CEVIPOF, La Ilustración oscura. Comprender el pensamiento neorreaccionario (Taurus). El libro arranca con una distopía: Washington, 2035, 10 años después de la Gran Restauración, la US SovCorp es «el Estado-empresa más próspero del mundo» y en las pantallas brilla el retrato del rey de América, «apodado cariñosamente Big Boss». El guión, advierte Miranda, está «inspirado en la visión política de toda una serie de intelectuales perfectamente reales, surgidos de las profundidades de internet a finales de los años 2000».

¿Son los memes, el troleo y la monarquía el nuevo sexo, drogas y rock and roll? «Está perfectamente resumido», responde Miranda en conversación con este periódico. «Creo que es un punto que a menudo han subestimado los comentaristas, y todavía más los universitarios». En los años 2010, explica, costó entender que internet, además de un vertedero del odio ultra, era un lugar de expresión contracultural. «Gente que se consideraba marginal, no respetada por la ideología dominante, que veía lo que pasaba en los medios y en la universidad como una especie de pensamiento bienpensante, de ideología moralizante, etcétera, se refugió en cierto modo en un espacio que no solo explotó para desarrollar sus ideas, sino también toda una cultura».

Con una salvedad que no esconde: «Hay que admitirlo: la extrema derecha ha estado sobrerrepresentada en esos espacios». Esa contracultura no trae, aclara, «los mismos valores de esperanza o de liberación» que la de los años 60. Pero se la toma «bastante en serio». Sobre el wokismo es prudente: las ideas progresistas ganaron terreno en la universidad, admite, pero la unidad orquestada que les atribuyen los reaccionarios no existe.

Basta con asomarse a su vocabulario. La «píldora roja» que despierta al converso sale de Matrix; Nick Land coronó a Moldbug como «el Señor Sith de los reaccionarios». Y el propio Yarvin reparte a sus compatriotas en el mapa de El señor de los anillos, según una entrevista que recoge el filósofo Carlos Fernández Liria en Contra la Ilustración oscura (Arpa): «Por un lado, están los votantes de Trump. Aquellos a quienes, con Tolkien, llamo Los hobbits. Un ejército de estúpidos que a menudo hacen estupideces. Luego están Los elfos, la clase dirigente. Finalmente, Los elfos oscuros, como Musk y yo, con la responsabilidad de guiar a los hobbits hacia un resultado positivo».

La broma, sostiene Miranda, formaba parte del plan. En 2009, Yarvin recomendó a los suyos «pasivismo» en lugar de activismo, con una consigna: «No actúes hasta que sea el momento de actuar». En 2015 otro bloguero, Nick B. Steves, redactó un código de conducta para la tribu. La regla número 5 decía: «No habléis con la prensa de la neorreacción». La 7 prohibía acostarse o salir con «las cónyuges o ex cónyuges» de otros neorreaccionarios.

«Lo más interesante de la estrategia de los neorreaccionarios es esa idea de pasivismo, de oponerse al activismo del populismo con la idea profundamente elitista, antidemocrática, de que una ideología no debe triunfar convenciendo a las masas, sino convenciendo a las personas adecuadas», explica. «Se trata, por tanto, de que la mayoría no te tome en serio. Y la dimensión irónica de los textos de Yarvin, ultraprovocadora, no solo sirve para escandalizar, sino también para que no le tomen en serio los demócratas, la izquierda. Hay, pues, una estrategia de camuflaje».

Bajo ese camuflaje cabía todo. En Patchwork, uno de sus primeros ensayos, recuerda Durán, Yarvin imaginó San Francisco gobernada por una corporación totalitaria y especuló con qué hacer con los residentes «no productivos»: quizá «convertirlos en biodiésel, que puede ayudar a mover los autobuses municipales». Estaba, dijo, «de broma». Su objetivo, precisó, era «una alternativa humanitaria al genocidio».

Hasta que llegó el éxito. En enero de 2025, The New York Times lo presentó como uno de los ideólogos de la nueva Administración y los paralelismos se amontonaron: el DOGE de Elon Musk, la Gaza convertida en «Riviera de Oriente Medio», el desplante de Vance a los europeos en Múnich. Miranda pide no confundir el eco con la autoría. «Yarvin no buscó la notoriedad que tiene hoy. En cierto modo le alcanzó el éxito, o la apropiación de sus ideas. Nunca, y esto es muy importante decirlo, nunca ha sido el spin doctor de Trump o de Vance. Sería una aberración pensar que está a los mandos o que lo controla».

«La simplificación de la burocracia no viene de Yarvin. Pero la forma que tomó el DOGE era claramente de inspiración yarviniana. Yarvin decía, a finales de los años 2000, que había que crear una entidad de transición fuera de la democracia y poner al frente a un consejero delegado de probada eficacia. Bueno, eso es lo que hizo el DOGE». Lo mismo, añade, con Gaza. Tras el 7 de octubre de 2023, Yarvin propuso convertir la Franja en una empresa y compensar con acciones a los gazatíes expulsados, y en 2025 un plan con modelos del Boston Consulting Group y participación del instituto de Tony Blair la imaginó como polo comercial regional.

«A él todo eso lo desbordó», resume. A título personal disfrutó del reconocimiento, concede, pero en lo estratégico se vio superado: «Se nota ese pánico. Se nota en todos sus textos de 2025. Yarvin corre detrás de su propio éxito». A mediados de aquel año, recuerda Durán, el ideólogo escribía que «la segunda revolución de Trump, como la primera, está fracasando» y que tenía que «empezar a pensar de forma realista en cómo huir del país». Para Miranda, el pánico lo radicalizó: o el trumpismo iba hasta el final o llegaría, como temía el propio Yarvin, la revancha demócrata. «Y entonces su discurso, y esto es interesante, se fascistiza».

Sus textos van en esa dirección. El 27 de diciembre de 2025, en su boletín Gray Mirror, Yarvin sentenció que el segundo mandato de Trump «es una tragedia» y reclamó para Estados Unidos «un partido duro», uno «diseñado para tomar el control incondicional del Estado», «como el PCCh en China», pensado para la era del teléfono móvil y que llegaría al poder «de forma legal y pacífica». Eso sí, tenía que ser divertido: «¿Creéis que no era divertido ser nazi? ¿Bolchevique? ¿O creéis que es igual de divertido ser republicano?».

Si Yarvin es el panfletario, el filósofo es Nick Land. Profesor en la Universidad de Warwick hasta finales de los 90, figura de la izquierda más vanguardista y padre del aceleracionismo, Land se pasó a la neorreacción y en 2012 le regaló su nombre con una serie de artículos titulada The Dark Enlightenment. «Donde la ilustración progresiva ve ideales políticos, la ilustración oscura ve apetitos», escribió allí.

Miranda los considera los dos polos de un mismo espectro. «En Yarvin está la idea de una desregulación de la innovación tecnológica, pero al servicio de la soberanía. Es decir, la tecnología al servicio de lo político. En el otro extremo del espectro tenemos a Nick Land, para quien la política está al servicio de la aceleración tecnológica». Hasta 2012, recuerda, Yarvin era poco más que un geek conocido en foros como LessWrong. «El público lector existe, pero es reducido. Nick Land le da a la neorreacción un público lector inmenso y, sobre todo, atrapa de paso a gente que se interesa ante todo por la cuestión tecnológica». Entre sus lectores, Marc Andreessen, que en su Manifiesto tecnooptimista de 2023 cuenta a Land entre sus «santos patronos».

Y detrás del movimiento, con la chequera, está Peter Thiel, cofundador de PayPal y de Palantir, que en 2009 confesó: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles». Fernández Liria lo despacha con una frase: «Peter Thiel quizá sea un chiflado, pero es uno de los chiflados que dominan el mundo». Entre septiembre y octubre de 2025, Thiel dio en San Francisco cuatro conferencias privadas sobre el Anticristo en las que, según reconstruye Durán, señaló como posibles sospechosos a Greta Thunberg y a los críticos de la inteligencia artificial. Miranda le ve una función precisa: el aceleracionismo tecnológico choca con la derecha religiosa, con los posliberales católicos o con un Steve Bannon que ahora enarbola el lema Humans first contra las tecnológicas, y alguien tiene que tender el puente.

«Todas esas producciones sobre el Anticristo, el katechon, esos conceptos teológicos que sirven para justificar una visión aceleracionista, son una manera de decirles a los religiosos: ‘No os preocupéis, nuestro discurso tecnológico parece incompatible con la religión, pero en realidad vamos a traducir a términos cristianos, católicos, cuál es nuestro proyecto’», explica. «Y eso es lo que hace Peter Thiel».

En esa encrucijada está el hombre de la fiesta. El pasado 10 de septiembre, en la convención republicana de Dallas, el público interrumpió a JD Vance al grito de «¡48!», el número que le correspondería como próximo presidente, y Trump ya admite que lo más probable es que sea su heredero. Miranda ve a un Vance que ha puesto «un poco de huevos en cada cesta» (la autobiografía populista, los años con Thiel en Silicon Valley, la conversión al catolicismo) y al que cada decisión obligará a inclinar la balanza, hasta el punto de que podría firmar el fracaso del trumpismo. Lo que viene, en todo caso, sobrevivirá a Trump. «Se le puede llamar una especie de iliberalismo tecnológico, que es la unión entre los gigantes tecnológicos y los movimientos iliberales», dice. «Y eso, a mi juicio, aunque el trumpismo muera, va a sobrevivir».

¿Y en Europa?

Cuando empezó a estudiarlos, durante su tesis, Miranda estaba convencido de que nada de esto cruzaría el Atlántico. Hoy lo está menos. En París, Yarvin se ha reunido con Éric Zemmour, y Sarah Knafo, pareja del ultraderechista, se presentó este año a la alcaldía con una campaña en la que, según Miranda, insistió más en la inteligencia artificial que en la inmigración: cámaras con IA contra la inseguridad y menos burocracia. Sacó el 10,4% en la primera vuelta y se retiró en favor de Rachida Dati. Aun así, Miranda ve un escollo de fondo para las ultraderechas del continente. «Es imposible defender la desregulación de la tecnología en Europa y ser soberanista. No es posible. No hay campeones tecnológicos tan poderosos como en Estados Unidos, así quedesregular la tecnología significa someterse al imperialismo estadounidense».

En España, Fernández Liria ha optado por la artillería. «Leído con calma, Curtis Yarvin es un mamarracho impresentable. No se sabe muy bien lo que ha logrado vender a gente tan poderosa», escribe, y más adelante señala la motosierra como emblema del programa: «El funcionariado es la luz de la Ilustración. Por eso el programa económico de la Ilustración oscura siempre comienza con una motosierra dispuesta a acabar con la condición de funcionario. Javier Milei, Elon Musk: ellos sí saben lo que hacen». Miranda, en cambio, aconseja «tomarse en serio estas ideas sin darles un aura particular».

Su gran victoria, a juicio de Miranda, ha sido darle la vuelta al tablero. La derecha fue durante mucho tiempo la guardiana de la tradición. Ahora, dice, «los conservadores, los que miran hacia atrás, son los demócratas». Y ahí está la raíz de su atractivo: «¿Quiénes son los partidos y las fuerzas ideológicas que hablan de conquistar tierras, de ir al espacio, de aumentar la humanidad, de relanzar el capitalismo y, en definitiva, de tener una visión positiva y abierta del futuro? Son las fuerzas de extrema derecha». El resto, explica, carga con la restricción ecológica, y el reto es imaginar «un futuro que dé ganas» sin olvidarla.

Nick Land ya había imaginado en 1994, en su ficción Meltdown, un futuro sin frenos: «En el futuro próximo ya no subsiste nada humano». En junio de 2025, en una entrevista, Ross Douthat, de The New York Times, le preguntó a Peter Thiel si prefería que la especie humana perdurase. Thiel titubeó. «Está dudando», le hizo notar el periodista. «Hay tantas preguntas implícitas en esto…», balbuceó Thiel. Douthat insistió: «¿Debería sobrevivir la especie humana?».

La respuesta fue sí. Pero tardó 18 segundos en darla.

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