El marco mental de la crisis de Ceuta
El miedo al crecimiento de la extrema derecha puede llevarnos a combatirla aceptando su descripción del mundo
El País, , 24-09-2026La crisis de Ceuta, aunque se haya designado como una invasión física, es un asalto mental a nuestros conceptos y marcos de interpretación que aceptamos con servil estupidez, en el entorno de la oposición, pero también en buena parte de la opinión pública progresista que apoya al actual Gobierno. Es un buen ejemplo de cómo funcionan los marcos mentales y las agendas o, mejor, cómo algunos están empeñados en que funcionen, para beneficio propio y desconcierto del público en general.
Sabemos que cuando jugamos en campo contrario, con las reglas de otros y el arbitraje en contra sería un milagro que no perdiéramos. Casi nunca se trata de una manipulación directa, sino de una sutil persuasión para establecer un nuevo sentido común en la que con frecuencia colaboramos sin ser muy conscientes de ello. La paradoja consiste en que el miedo al crecimiento de la extrema derecha puede llevarnos a combatirla aceptando su descripción del mundo, por ejemplo, demostrando que nosotros también podemos imponer el orden o la seguridad según ellos los entienden.
Se me ocurren al menos cuatro interpretaciones y significados que se han erigido desde que se desató la crisis de Ceuta y que hemos aceptado de una manera poco crítica. Los mejores análisis han coincidido en designarla como una crisis en la que intervienen múltiples factores (los migrantes, Marruecos, la sentencia del Tribunal Supremo), en un escenario peculiar (una pequeña ciudad fuera del espacio Schengen) y en la que deben intervenir diversos actores (el gobierno autonómico, el de España con distintos ministerios, la oposición, la Unión Europea, los medios de comunicación), con actores políticos mucho más interesados en la competición que en la colaboración. El intento de imponer una nueva hegemonía pasa, de entrada, por simplificar: poner el foco en un solo factor, generalmente en términos de culpa frente a unos inocentes: sean los migrantes, Marruecos o el Gobierno de España. Por supuesto que hay diferentes grados de responsabilidad, quién agrede y quién es agredido, pero la rotunda simplificación que se pretende tiene éxito cuando solo aparece un culpable singular y se silencia, por ejemplo, la falta de solidaridad de las comunidades autónomas gobernadas por el PP y Vox, que se han manifestado en la calle pero no han puesto ningún recurso a disposición de posibles traslados para aliviar a la población de Ceuta o la propia negativa del Gobierno autónomo a colaborar en la gestión de espacios seguros de acogida.
Otra de las operaciones para que se imponga una nueva visión sobre la crisis es plantearla en el lenguaje de la firmeza, el poder, el control o la soberanía. Toda lo que se refiere a los derechos de las personas que allí se encuentran o la dimensión diplomática desaparece cuando se reclama únicamente un poder con determinación que resuelva rápidamente lo que, como es obvio, requiere un trabajo que durará semanas o meses. Tiene mucho que ver con esto la operación de descargar toda la responsabilidad en el presidente (qué invento más rentable lo del antisanchismo, qué gran instrumento de simplificación). Ahora resulta que en un Estado compuesto todo depende de él y se malogra por su falta de olfato o por sus vacaciones, cuando en vez de coordinar debería estar dando ruedas de prensa en la ciudad autónoma, como Ayuso en la sierra de Madrid durante los incendios. Una variante de esta personalización es hacerlo depender todo de una visita del Rey a Ceuta, otro de los grandes temas de la discusión pública este verano.
Si personalizar es un error (a veces, muy voluntario), es porque estamos en un proceso que involucra a muchos autores y no se puede acortar en el tiempo sin incurrir en algunos de los errores cometidos en la crisis de 2021 y que se saldó con lesión de derechos y dos personas inhabilitadas. Por lo visto no queremos un presidente que descanse (no estaba en El Ventorro precisamente y seguro que en todo tiempo conectado). Por cierto: qué visión de la cultura tienen quienes le reprochaban haber recomendado libros y canciones durante la crisis, como si no pudiera hacerse otra cosa en periodos de crisis, es decir, la inmensa mayoría del año, al paso que vamos, con incendios y guerras.
Otra estrategia es acompañar el lenguaje de la inmediatez y la efectividad con términos rotundos: todo se reduce al poder, la soberanía, las fronteras, la determinación y la firmeza ejecutiva, el lenguaje de la autoridad, el adentro frente al afuera. El principal error serían la descoordinación, al tiempo que se exige órdenes directas de quien debería coordinar. Se incurre también en la contradicción de achacar debilidad a quien se acusa también de autoritarismo. Es una concepción del poder muy reveladora de cómo desearían ejercerlo sus críticos, muy poco compatible además los valores y procedimientos democráticos y con la realidad compuesta del Estado.
La manipulación más inquietante y perversa es la de hacer pasar por agresores (asaltantes, hordas, se les ha denominado) a las víctimas (o al menos a las más vulnerables, más aún que la población ceutí, sometida también a una fortísima tensión), entre ellas, sobre todo, a las niñas (a las que hasta la fecha solo han acogido los Gobiernos de Navarra, Euskadi y Cataluña). En vez de una crisis con dimensiones de derechos humanos y nuevos riesgos, se utiliza el lenguaje de la invasión. Lo siguiente es deshumanizar su situación atribuyéndoles conductas y amenazas que les situarían fuera de nuestra común humanidad. Qué poco se habló al principio de las más de 140 personas ahogadas, que parecían un accidente natural y sin capacidad para sobrecogernos. Al mismo tiempo se han extendido bulos acerca de su comportamiento brutal (que violan y comen animales). Esto supone una preocupante inversión de la mirada. Como sucede con el fenómeno de la migración en general, llevamos tiempo escuchando discursos que presentan a quienes vienen como si fueran unos fuertes invasores y a nosotros como débiles víctimas, para que no nos preguntemos qué responsabilidad podemos tener en ello y cuáles serían nuestras pasadas y presentes obligaciones.
Si las extremas derechas y las que anteriormente no lo parecían tanto están resultando exitosas es porque, en vez de estar en la solución de los problemas, han descubierto que es más interesante en términos electorales cabalgar las crisis y servirse de ellas para desgastar a los gobiernos y esperar que una catástrofe mal resuelta se los lleve por delante. El problema consiste en que llevamos tiempo ayudándoles involuntariamente a que esa operación les salga bien, al darles la razón con la manera de designar esos problemas. Las batallas políticas comienzan con la denominación de lo que está en juego. Propongo dar esas batallas desde el principio, sin otorgarles una ventaja que no merecen.
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