Siempre han estado
Gara, , 24-09-2026Cuando uno repasa y recuerda los alegatos de políticos, medios de comunicación, pseudointelectuales e incluso tratados sobre el concepto de las dos Españas, no puede dejar de pensar, no sin cierta sorna, en la manifiesta intencionalidad de ocultar y encubrir los hechos que oficializaron un régimen dictatorial, con la connivencia de la Iglesia católica, a raíz del golpe militar fascista de 1936. Machado lo formulaba con notable brillantez como, «la España que muere y la que bosteza».
Aporta una perspectiva clarificadora de la actual situación del Estado español, y ayuda a entender la putrefacción de un sistema donde la cultura democrática no se ha considerado ni lineal ni relevante. La represión y sometimiento por medio de la violencia a los sectores populares y democráticos, junto la supresión de los derechos a las naciones dentro de su estado fueron ya un decálogo de intenciones.
Y de esos polvos estos lodos, efectivamente coexisten dos sensibilidades, una fascista, claramente intolerante, xenófoba, misógina y violenta, y otra con poso democrático, que, a pesar del alto grado de contaminación en algunos apartados, como consecuencia del tufo nacionalcatólico respirado durante tantas décadas, puede llegar a ser receptiva con algunos derechos en diferentes niveles o intensidades.
Desgraciadamente, el nazismo no ha desaparecido nunca de su «piel de toro», especialmente en estamentos militares, judiciales, policiales, sectores políticos y eclesiásticos. No hay que olvidar que fueron ellos los que apoyaron y consolidaron la asonada, reprimiendo brutalmente la reivindicación de la restitución de derechos y libertades políticas y sociales. Represión de especial relevancia en las clases trabajadoras, y con singular saña en el aspecto cultural-lingüístico en los pueblos a los que despojaron de sus derechos, Euskal Herria, Catalunya o Galiza en menor medida.
Son los mismos poderes que diseñaron y aprobaron la corrupta y fraudulenta transición del 78 a la muerte del dictador, cambiar el decorado, pero no el guion y los actores para que todo siguiera igual y nada cambie. ¿Alguien tiene constancia de homenajes oficiales desde los diferentes gobiernos, con la pomposidad y generosidad a la que acostumbran con otras víctimas, a los miembros de las fuerzas policiales, guardias civiles, alcaldes, concejales, civiles y otros asesinados por el régimen golpista por defender la democracia y el legítimo gobierno republicano?
Mientras una gran parte de sectores progresistas siguen sin superar los complejos derivados del sentimiento de perdedores, confundiendo ideario o dogmatismo con justicia, praxis y necesidades, las envalentonadas derechas continúan con su demagogo discurso populista de buscar el problema y no aportarla la solución. Más allá de intentar seguir adoctrinando con consignas neofranquistas del estilo de la «una grande y libre».
El blanqueamiento y enaltecimiento del fascismo está adquiriendo cotas preocupantes, de graves consecuencias para la convivencia en libertad y entre diferentes. Normalizar comportamientos e ideologías antidemocráticas nunca ha sido la solución, la reconciliación debe venir a través del reconocimiento y no del sometimiento.
La condescendencia con declaraciones, afirmaciones, fakes, amenazas, agresiones, exaltación de símbolos y proclamas nazis y demás parafernalia ultra los lleva a considerarse impunes y protegidos. máxime cuando al que se reprime es al que confronta y se enfrenta al totalitarismo e injusticias.
Alguien podrá decir que el crecimiento de los movimientos intolerantes es global, también en la decrépita Europa, y no les falta razón, pero la diferencia entre lo coyuntural y estructural marca la divergencia. La cuestión española es claramente un problema de andamiaje y estructura democrática, sus cimientos son tan precarios y de construcción tan deficiente que los valores de derechos y libertades cotizan en mercados secundarios. Y al igual que en el problema del flujo migratorio, hasta que no se corrijan y solucionen las cada vez más acentuadas desigualdades y déficits democráticos en origen, será muy difícil, por no decir imposible, su solución.
El fascismo tiene la capacidad de aglutinar en torno a su embrionaria ideología supremacista el resto de las miserias humanas: egoísmo, miedos, complejo identitario, insolidaridad, matonismo, perdida de prerrogativas, etc. Las crisis que generan y la conformación de un enemigo externo al que culpabilizar de la pérdida de poder adquisitivo, puestos de trabajo, identidad, etc., es el caldo de cultivo ideal para el crecimiento de los movimientos reaccionarios cuyos proyectos de sociedad no van más allá de eliminar derechos para mantener sus privilegios de clase, raza y origen, y defender las corrientes neoliberales con sus oligopolios, financieros, tecnológicos e industriales.
La grotesca deformación de la sociedad y el esperpento social actual parece retroceder a la sociedad española al escenario con la que la generación del 98, sin IA, ilustraba la decadencia de los valores y el pesimismo social por el ocaso «del imperio» de los corruptos, y parasitarios borbones, junto a la ineptitud de la mayoría de la clase política.
Frente a la incultura e inconsciencia que proponen las derechas, más cultura y conciencia. Es el momento de tomar iniciativas en confrontar y denunciar desde parámetros progresistas y democráticos sus propuestas vacías y discursos fanáticos de odio y venganza como argumentos. La mejor forma de combatir esta lacra es proponer y trabajar en contenidos con soluciones reales poniendo en valor las personas y proyectos colectivos desde la solidaridad, igualdad y justicia social.
Existen tan pocas dudas de que los derechos que nos corresponden como individuos o como naciones nos sean devueltos por convencimiento democrático del Estado español, y no a través de la presión social, como las que suscitan la interesada planificación del problema ceutí, sus intervinientes, cómplices y objetivos. Todo ello sin justificar la incompetencia e inanición de un gobierno pusilánime y acomplejado.
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