Manuel Delgado: “En una ciudad todo el mundo es inmigrante”
El antropólogo Manuel Delgado carga contra la actual depredación económica de las urbes en ‘Todas las ciudades están poseídas’
La Vanguardia, , 24-09-2026Un libro contra las ciudades dirigidas no por alcaldes sino por empresas y consultores. Contra la expulsión de las clases populares. Contra la cultura convertida en coartada para echar a la gente de sus casas. Contra los políticos y urbanistas que trabajan para matar el demonio de lo urbano. Contra el Modelo Barcelona. Y… contra la izquierda anticapitalista convertida hoy, dice, en la izquierda capitalista. Un libro a favor de la vida en la calle y su orden autoorganizado. Y del derecho a la vivienda. Y de las luchas y las pasiones de las ciudades. El antropólogo Manuel Delgado cumple 70 años publicando Todas las ciudades están poseídas ( Capitán Swing), que aborda cómo la apropiación económica de las urbes también se apoya en el uso de la moral, del bien, sea en forma del urbanismo de rectilíneas avenidas o de la cultura de faraónicos e higienizantes museos, frente al mal que representa el desorden de los barrios de cualquier ciudad.
Sentado en un bar de la plaza Vicenç Martorell, cerca de la Facultad de Geografía e Historia de la que se acaba de jubilar, Delgado recuerda que en el mundo académico “ya no escribimos libros”. “En los cómputos académicos puedes escribir un libro que cambie el pensamiento de la humanidad y te puntuará mucho más un artículo en una revista indexada que no leerá nadie”, ironiza. Pero él tenía ganas de poner negro sobre blanco cuestiones en las que pensaba hace tiempo. “Y pensar siempre es pensar a la contra. En este caso, hay mucho espacio para sentirse insatisfecho de lo que están siendo las ciudades y lo que se está haciendo con ellas, destruirlas, al menos destruir lo que más las alimentaba, la vida urbana”.
Delgado, que colaboró con Ada Colau, resume que “el nuevo municipalismo lo que podía hacer, lo ha hecho, y ya es un mérito”, pero “la evidencia es que no es de la política de la que depende hoy la ciudad, sino del mercado”. “Buena parte de lo que se llamó la izquierda anticapitalista ahora es la izquierda capitalista, que ejecuta los mismos designios del capitalismo solo que lo hace envolviéndose en valores morales incontestables. Y al final la diferencia no es tan grande como se esperaría”.
“Los que teníamos cierto tipo de ideas en la cabeza –admite– hemos sido derrotados. Y nuestros referentes están en manos de nuestros enemigos. Quien defiende la causa obrerista es la extrema derecha. Las viejas ilusiones de la izquierda han desaparecido porque no tenemos horizonte histórico y frente al capitalismo salvaje y la ultraderecha hacemos huertos urbanos y talleres de costura para hombres. Menos mal que tenemos la extrema derecha y así tenemos alguna cosa contra la que estar. Porque no se sabe a favor de qué estamos”. Y esgrime que “la ciudad popular tenía que ver con que en parte importante de la ciudad había expectativa de una sociedad mucho mejor. Y esa expectativa prácticamente ha desparecido. El capitalismo de izquierdas le pide al capitalismo que no se pase. Están contra el capitalismo salvaje, como si en algún lugar hubiera alguno que no lo fuera”.
Delgado gesticula, se enciende, se ríe, pide continuamente que no se le atribuya ninguna originalidad a su libro, como cuando habla de la condición poseída de las ciudades. “La Biblia ya está llena de ciudades malditas, Babilonia, Nínive, Babel. La ciudad real siempre es diabólica, siempre es Sodoma y Gomorra. Y la alternativa es la Jerusalén celestial, el reino de Dios, una ciudad perfecta. Urbanistas y arquitectos quieren construir Jerusalenes que creen ver realizados en maquetas y proyectos que muestran hasta qué punto no saben nada de la vida real. Piensan que un buen plan solucionará los problemas sociales. Pero las ciudades que diseñó Le Corbusier en las periferias francesas son muy conflictivas y da igual que las haya generado el talento. Y la Vila Olímpica está muerta. ¿Qué problema tenía el Modelo Barcelona? Que era un modelo. No es que los urbanistas estén contra la vida, es que no tienen ningún interés en conocerla. Quieren hacerla legible. Y la ciudad puede ser legible, la vida urbana, no”.
Y subraya que está “a favor de la planificación, de mejorar la vivienda, la vida, siempre que no sea a costa de expulsar a nadie, que es lo que está pasando. Un control sobre la ciudad es compatible con que la vida urbana desarrolle sus cualidades creativas. Pero ahora es el mundo al revés. Se vigila la calle de manera obsesiva y en cambio se deja en total libertad lo que tendría que estar en custodia permanente, como la vivienda”.
Habla de pioneros como Jane Jacobs y Henri Lefebvre y su “derecho a la vivienda”. Y de la inmigración. “¿Qué indigna, preocupa y justifica la aparición de la extrema derecha? No es la inmigración. Es perfecta. Ojalá los tuviéramos encerrados en los mataderos de Vic todo el tiempo trabajando. El problema es que salen a la calle y los ves. La gente que se cree clase media no puede soportar la imagen de la desigualdad que deparan”, dice. Y avisa: “No son ningún problema, sino la solución. Son los que juegan en la calle aún. Salga a ver a quién encuentra que no haya sido inmigrante. Mi padre durmió en el metro de plaza Espanya meses. El inmigrante es un fantasma porque su papel es pulular por las calles para espantarnos. Pero no vienen porque necesiten venir, sino porque necesitamos que vengan. Y que lo hagan a nado y muestren que son fuertes y pueden trabajar en los peores trabajos por el peor sueldo. Esta gente es indispensable. Un inmigrante es el que le dice inmigrante a otro que viene después de él. En una ciudad, todo el mundo es un inmigrante”.
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