Tambores de guerra cercanos
Deia, , 23-09-2026Cuando vivía en los trópicos, en más de una ocasión, viajando por zonas rurales, podía oír los tambores que resonaban en el vacío estelar, confundidos con los ruidos de los animales nocturnos. No podía evitar que aquellos sonidos salidos de los bosques me recordaran a las películas de Tarzán en la selva y al sonido de los tambores africanos que anunciaban el peligro de ataques a los exploradores y expoliadores blancos, que palidecían al oírlos, ya que no entendían su lenguaje.
Las películas de Tarzán están basadas en la novela Tarzán de los monos, escrita por Edgar Rice Burroughs en 1912. Fueron las primeras películas de Hollywood más cercanas a la fantasía del libro original que la última versión, estrenada en 2016, una versión edulcorada muy al estilo hollywoodense. En las películas sobre la conquista del Oeste, los apaches, sioux y comanches también se comunicaban mediante sonidos de tambores y señales de humo. Estas historias alimentaron nuestra infancia y quedaron ahí, en el trasfondo de la memoria y el subconsciente. Solo el tiempo ha contribuido a entender mejor las realidades históricas que frecuentemente nos presenta la industria del cine.
Algo parecido ocurría con las versiones hollywoodienses de Guerra y paz, la novela de L. Tolstói, con K. Hepburn y otros actores conocidos, presentando un reduccionismo de la novela a una historia de amor en algo más de tres horas. La Unión Soviética respondió con una superproducción, más ajustada al libro, de más de siete horas, basada en la misma novela, lo mismo que había hecho con el filme sobre Napoleón en respuesta a la épica película francesa. Diferentes versiones de la Historia.
Pero ahora esos tambores lejanos de nuestra infancia vuelven a resonar cada vez más cercanos, y las señales de humo no vienen de las Montañas Rocosas, sino de las guerras en Ucrania y Oriente Medio. En las últimas declaraciones del 47.º presidente de los EE.UU. sobre Groenlandia no había descartado el uso de la fuerza. No comment fue su respuesta a la pregunta directa de un periodista, aunque en otras declaraciones había dicho que utilizaría todos los medios posibles. Parece que, de momento, ha optado por la vía de la CIA. Ya se sabe de qué pie cojea el presidente. Lo que parecía imposible comienza a dejar de ser improbable.
Ahora, tras la reunión del WEF de 2026 (World Economic Forum) en Davos, más de 800 altos ejecutivos de grandes empresas, de un total de 3.000 personas, trataron de imponer su visión del mundo. Allí estaba también el presidente Sánchez, como un Quijote ante los molinos de viento.
Rusia atacó Ucrania en nombre de la seguridad, lo mismo que ha hecho Israel en Gaza y otros países de su entorno, y EE.UU. con Irán. Según la prensa, durante la primera fase del alto el fuego ha bombardeado uno de cada dos días. Ahora los EE.UU., como lo hicieron con Venezuela, han puesto la misma justificación para adueñarse de todos los territorios que consideren necesarios para su seguridad. Los panameños pueden echarse la siesta, por el momento.
En 2017, el conocido filósofo Yuval Noah Harari afirmaba que “la mayoría de la gente no aprecia lo pacífica que es la era en que vivimos”, ya que, a principios del siglo XX, solo el 0,54% del total de los 56 millones de personas que habían muerto en el mundo lo habían hecho a causa de las guerras. Un cuarto de siglo después, en 2024, estas cifras están estimadas en 63 millones de muertes totales y unas 200.000 a causa de las guerras.
Steven Pinker, otro historiador inglés, también decía algo parecido: “Vivimos la época más pacífica y próspera de la historia”, en la que “la gente, a lo largo y ancho del mundo, es más rica, más libre, más educada, tiene más salud, es más tolerante y goza de mayor igualdad que nunca antes”. Decía que la ley de la selva ya no está en vigencia. En los EE.UU., el 1,5 % de las muertes totales se debe a las armas, y la desigualdad ha ido aumentando cada año. Hasta el Financial Times, no precisamente un diario socialista, lo ha publicado como signo de alarma de lo que puede venir.
Richard Overy, un historiador británico, afirmaba en una entrevista en el periódico digital La Tercera que “este siglo XXI ha sido casi tan violento como el siglo pasado”, aunque evidentemente no hemos llegado a los 200 millones de muertos por guerras del siglo XX. Y continúa diciendo que, si la gente estudiara más, entendería todas las dimensiones y consecuencias de elegir la guerra. Las personas que dirigen las guerras hoy no están interesadas en la Historia; están interesadas en la victoria. Y en sus intereses económicos personales, añadiría yo.
Las estadísticas son interesantes y nunca dicen toda la verdad. Y tal vez tengan razón los expertos e historiadores, pero la percepción de muchos ciudadanos, especialmente en Europa y en los países industrializados, es que vamos camino de una mayor confrontación, y lo que parecía imposible – las guerras en Europa – lo llevamos viendo cuatro años en Ucrania.
El aumento del presupuesto militar, con el refuerzo de armas y hombres, está acelerando una carrera armamentística sin precedentes en los últimos años. Además, Putin presume de nuevos misiles supersónicos, China hace alardes de su poderío militar en su patio trasero y en África no se quedan atrás. Tal vez la explicación sea el acceso a ciertas informaciones que nos bombardean de manera constante.
Cuantas más armas y ejércitos, mayor probabilidad de que haya enfrentamientos. Solo hay que repasar la Historia. Los militares se entrenan para la guerra, no para dar sopitas a los pobres.
Por otra parte, las tensiones internas en los EE.UU., con el envío de la Guardia Nacional a diferentes ciudades y los oficiales de inmigración del ICE actuando como fuerzas paralelas al mando del presidente, recuerdan a los grupos paramilitares fascistas de los años treinta en Europa y están tensionando la sociedad civil en los EE.UU., cada día más dispuesta a hacer frente al Gobierno.
Dos recientes películas juegan con esta hipótesis: Civil War, realizada en 2024, que muestra un futuro distópico y futurista de un enfrentamiento interno entre diferentes grupos; y la más reciente, Una batalla tras otra, de 2025, basada en una novela de Thomas Anderson, en la que se relata un futuro con la caza al inmigrante como telón de fondo y un grupo revolucionario inspirado en los movimientos civiles de los años sesenta que se enfrenta a los militares. Otra situación distópica y futurista.
Aunque, en mi opinión personal, esta última me resultó aburrida. Pero ambas películas apuntan hacia un enfrentamiento interno en los EE.UU., una implosión del imperio. Ya sabemos que los EE.UU. son el país con mayor número de armas por habitante, más de 1,5 por persona, y que el número de muertes anuales por armas de fuego alcanza el 1,4 %, muy lejos de las estadísticas de Europa.
Entretanto, los tertulianos franceses, según me informa una amiga parisina, hablaban de las probabilidades y posibilidades de nuevas guerras en Europa este pasado 14 de julio, como si hablasen del tiempo, mientras los cazas franceses pintaban la bandera tricolor en los cielos franceses como muestra de fuerza y orgullo.
Por otra parte, diferentes drones de origen desconocido han aparecido en diferentes aeropuertos de la UE, amenazando su seguridad. Ya se habla de una guerra híbrida iniciada por Rusia.
Penélope, encarnada por Juliette Binoche en la película El retorno, mientras esperaba a Ulises, se pregunta: ¿por qué los hombres van a la guerra?, ¿por qué matan a hombres y niños y violan a mujeres? Como decía Ernest Hemingway: “Jamás pienses que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen”.
Neil Young, en una de sus canciones, cantaba que “vivía con la guerra continuamente, en su corazón, en su mente, ahora”. Los Talking Heads, en uno de los mejores filmes musicales, Stop Making Sense, cantan y bailan uno de sus famosos éxitos, Life During Wartime (This Ain’t No Party… This Ain’t No Disco… This Ain’t No Foolin’ Around): la vida en tiempos de guerra. La letra está narrada desde el punto de vista de alguien involucrado en actividades clandestinas en los Estados Unidos y menciona algunas ciudades durante algún tipo de disturbios civiles o en un ambiente distópico.
Será, sin duda, una buena melodía para los tiempos que pueden venir, que nadie dice querer. Si quieren aprender el baile, vean la película.
Yo prefiero la tamborrada de Donostia.
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