Una veintena de mujeres marroquíes llegaron a Ceuta huyendo de sus familias y viven en tiendas a las puertas de un refugio saturado: "Si vuelvo, mi padre me mata"

La presencia militar en los alrededores del centro les da seguridad y sólo bajan a las playas para recoger la comida y los enseres personales que reparte la Cruz Roja

El Mundo, Teresa López Pavón, 22-09-2026

Mujeres y niñas fueron las primeras en recibir la protección de los vecinos de Ceuta tras la entrada masiva de finales de julio. Posteriormente, fue el Gobierno el que habilitó un centro de acogida en las antiguas instalaciones militares de la Hípica para la población más vulnerable. Pero también allí se saturó pronto el espacio y una veintena de jóvenes sobrevive acampada bajo lonas a la entrada del centro, esperando que en algún momento les permitan acceder a una plaza en el interior. De momento, no ha habido suerte para ellas.

Sólo bajan hasta las playas del Trampolín o de Benítez (donde se reúne el grupo más voluminoso de inmigrantes) para recoger la comida y los enseres básicos de limpieza e higiene personal que cada día distribuye la Cruz Roja. Pero enseguida regresan hasta su pequeño campamento en los exteriores de la Hípica, que está habitualmente custodiado por militares: «Aquí nos sentimos más seguras», insisten.

En este campamento precario realizan la colada, cuidan de sus hijos, se hacen compañía y se curan las heridas, las del alma y las del cuerpo: Hind, Hanan, Siham, Khawia. Cuentan que, para ellas, regresar no es una opción porque han huido de un país y de unas familias que las someten a preceptos culturales y religiosos machistas y opresivos. «Enséñale la pierna», se dicen entre ellas para que una de las jóvenes muestre la enorme cicatriz que le ha dejado una quemadura. «Se la hizo su madre porque le dijo que no quería ser musulmana», anotan. Otra de ellas cuenta que su familia pretendía obligarla a casarse con una persona a la que no quería.

Su relato sobre la vida en Marruecos no tiene necesariamente que ver con la pobreza sino con la opresión. Responden sin titubeos cuando se les pregunta por qué no regresan, cómo es posible que les compense vivir en esta situación de precariedad e incertidumbre. «Si yo vuelvo a Marruecos, mi padre me mata. Ya me ha amenazado muchas veces y he tenido que cambiar de número de teléfono para que no me localice», apunta.

«Habla de las mujeres que estamos aquí. Cuenta nuestros problemas. Di que no podemos regresar con nuestras familias porque, para nosotras, sería la muerte», le piden a la periodista de EL MUNDO en un perfecto inglés. Alguna ya ha caído enferma después de que la lluvia mojara las tiendas, “por eso queremos entrar al centro”. «Las que están alojadas nos dicen que hay plazas libres. No entendemos por qué nos niegan el acceso», añaden. El Gobierno ha anunciado este lunes que esta misma semana se traladará a un lugar más adecuado a 300 mujeres.

En los últimos días han aflorado acusaciones sobre malos tratos y vejaciones en alguno de los centros atendidos por ONG donde se encuentran refugiadas las mujeres y niñas. La Fiscalía de Menores en Ceuta ha confirmado las denuncias y asegura que está atenta a cualquier situación que pudiera afectar a la integridad, seguridad o derechos de los menores bajo protección, y actuará, dentro de sus competencias, «ante cualquier hecho que pudiera revestir caracteres de delito».

Pero muchos vecinos de Ceuta empiezan incluso a dudar de esos relatos, que achacan a la desesperación por garantizarse la protección de las autoridades. Las informaciones que decenas de medios desplazados ofrecen a diario reflejan en su mayoría la verdad oficial ofrecida por las instituciones. Pero circulan más rápido aún toda suerte de rumores que retratan una realidad paralela de difícil comprobación pero que se instala rápidamente en el discurso de muchos ceutíes. Con esa dificultad para distinguir lo que responde a la verdad de lo que está construido para generar alarma o indignación, muchos ceutíes consultados están convencidos de que buena parte de las denuncias por violación que presentan las mujeres que han llegado de forma irregular son falsas: «Algunas se prostituyen y después denuncian una violación porque saben que así obtendrán antes el asilo que demandan», afirma una vecina. Los datos de la Fiscalía General del Estado, a fecha del pasado 11 de septiembre, hablan de 30 procedimientos por agresiones sexuales a mujeres inmigrantes en Ceuta desde finales de julio, siendo las víctimas menores de edad en un 40%.

En cualquier caso, el relato de las mujeres y la versión de muchos vecinos compite en sordidez y ambos dibujan un panorama igualmente devastador.

Junto a las mujeres instaladas en el entorno de la Hípica, el otro colectivo más vulnerable de los que habitan las calles de Ceuta es el de los menores de edad. Muchos de ellos ya han sido acogidos, pero las autoridades calculan que entorno a quinientos siguen deambulando por las plazas y avenidas y durmiendo en los asentamientos repartidos por las playas y los montes de Ceuta. Cada día se acercan a los campamentos habilitados en los terrenos del puerto o en las lomas a la espera de una plaza, como pudo comprobar EL MUNDO el sábado, 24 horas después de que se produjera el realojo de 1.700 inmigrantes procedentes principalmente de la playa de Benítez.

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