El odio nunca golpea solo: la coartada de la violencia
La Voz de Galicia, , 19-09-2026Cuando el «ya, pero…» se convierte en cómplice
Hay frases que deberían preocuparnos como sociedad. No porque contengan una amenaza explícita, sino porque intentan justificar lo injustificable.
La más peligrosa de todas quizá sea esta: «Ya, pero…» Ya, pero era de izquierdas. Ya, pero era de derechas. Ya, pero llevaba una bandera. Ya, pero provocó. Ya, pero pensaba distinto. Ya, pero…No. No hay «ya, pero». La violencia no admite notas al pie. No necesita contexto para ser condenada. No exige interpretación ideológica ni matices previos. La violencia es violencia. Y punto.
Los recientes hechos ocurridos en Oviedo, donde varias personas fueron brutalmente agredidas mientras recibían insultos homófobos, ideológicos y racistas, nos obligan a reflexionar sobre algo que trasciende un caso concreto. No estamos únicamente ante una agresión. Estamos ante una advertencia sobre lo que sucede cuando el odio deja de ser discurso y se convierte en acción.
El lugar correcto siempre está junto a la víctima
Cuando un periodista conservador recibe una paliza por sus ideas, estoy con la víctima.
Cuando una persona de izquierdas es agredida al grito de «Arriba España», estoy con la víctima. Cuando alguien es golpeado por llevar una bandera arcoíris, estoy con la víctima. Cuando un ciudadano es atacado por ser inmigrante, estoy con la víctima. Cuando alguien es agredido por su religión, su orientación sexual, su identidad, su origen o sus convicciones, estoy con la víctima. No me interesa qué vota. No me interesa qué partido simpatiza. No me interesa qué bandera porta. No me interesa qué equipo de fútbol sigue. Me interesa una sola cosa: que nadie tiene derecho a agredir a nadie. La democracia no consiste en pensar igual. Consiste en convivir pacíficamente con quienes piensan distinto.
La democracia empieza donde termina el puño
La civilización avanzó cuando el argumento sustituyó a la fuerza. Por eso existen las palabras. Por eso existen los debates. Por eso existen las urnas. Por eso existen los tribunales. Por eso existe la ley. Quien golpea porque no soporta una opinión diferente no está defendiendo una idea. Está confesando su incapacidad para defenderla. El puño es el fracaso del argumento. El insulto es la derrota de la inteligencia. La agresión es la bancarrota moral de quien la ejerce.
El odio nunca llega solo
Ninguna agresión nace de la nada. Antes suele llegar la deshumanización. El señalamiento. La caricaturización del adversario. La ridiculización constante del diferente. El «ellos». El «nosotros». El «hay que acabar con». El «merecen lo que les pase». Así se construyen los climas de hostilidad. Poco a poco. Gota a gota. Consigna a consigna. Hasta que alguien decide convertir las palabras en puñetazos. Por eso no son inocentes los mensajes que normalizan el desprecio. Ni los discursos que presentan al adversario político como una amenaza. Ni las estrategias que convierten la discrepancia en enemistad. Ni las campañas que alimentan el resentimiento como herramienta de movilización. La historia demuestra que el odio raramente aparece de golpe. Antes suele ser cultivado.
Fanatismo: la fábrica de enemigos
El odio prospera cuando dejamos de pensar. Cuando sustituimos la razón por la tribu. Cuando el sesgo sustituye a la evidencia. Cuando el fanatismo reemplaza al pensamiento crítico. Cuando la identidad política se transforma en una fe incapaz de admitir dudas. Entonces dejamos de ver personas. Empezamos a ver etiquetas.
Y cuando alguien deja de ser una persona para convertirse en una etiqueta, la violencia encuentra terreno fértil. Por eso la educación sigue siendo la herramienta más revolucionaria jamás inventada. Más poderosa que cualquier consigna. Más eficaz que cualquier grito. Más transformadora que cualquier puño. La cultura, la empatía, el conocimiento, el pensamiento crítico y la inteligencia emocional son las verdaderas vacunas democráticas contra el odio.
La responsabilidad de quienes tienen voz
Existe además una responsabilidad añadida para quienes ocupan cargos públicos, representan instituciones o disponen de altavoces capaces de influir sobre miles de personas. Porque las palabras también construyen contextos.
Y cuando una agresión motivada por el odio se presenta como una simple anécdota, una travesura juvenil, una pelea más o un hecho que requiere ser relativizado antes de ser condenado, se corre el riesgo de desplazar el foco desde la conducta del agresor hacia cualquier otra consideración secundaria.
La primera obligación ética y democrática de un representante público ante una agresión es situarse inequívocamente al lado de las víctimas y condenar los hechos sin excusas, sin equidistancias y sin matices innecesarios. Las explicaciones podrán venir después. Las investigaciones también. Pero la condena debe ser inmediata, clara y rotunda.
Porque cuando una persona es golpeada mientras recibe insultos homófobos, racistas o ideológicos, el debate no puede comenzar preguntándose quién era la víctima ni qué pensaba la víctima. El debate debe comenzar preguntándose por qué alguien creyó tener derecho a golpearla. Las instituciones no están para comprender a los agresores antes que a los agredidos. Están para proteger a los agredidos frente a los agresores.
La democracia tiene derecho a defenderse
La libertad de expresión constituye uno de los pilares esenciales de cualquier sociedad democrática. Sin embargo, ni la Constitución, ni el Tribunal Constitucional, ni el Tribunal Supremo han sostenido jamás que se trate de un derecho absoluto.
La discrepancia política es legítima. La crítica es necesaria. El pluralismo es imprescindible. Pero la incitación al odio, la hostilidad o la violencia no forman parte de la libertad democrática.
Nuestro ordenamiento jurídico castiga no sólo las agresiones físicas, sino también aquellas conductas dirigidas a fomentar, promover o incitar públicamente al odio, la discriminación o la violencia contra personas o colectivos por razón de ideología, origen, raza, nacionalidad, religión, orientación sexual, identidad de género u otras circunstancias especialmente protegidas.
No se trata de perseguir ideas. Se trata de proteger personas. No se trata de limitar la libertad. Se trata de garantizar que todos puedan ejercerla en condiciones de igualdad y seguridad. Los delitos de odio atacan algo más que a una víctima concreta. Atacan la dignidad humana. Atacan el principio de igualdad. Atacan la convivencia. Atacan la democracia misma.
Porque cuando alguien golpea a otra persona al grito de «maricón», «rojo de mierda», «negro de mierda», «facha» o cualquier otro insulto destinado a convertir al diferente en enemigo, no está atacando únicamente a un individuo. Está atacando los valores constitucionales que permiten convivir a millones de ciudadanos distintos bajo unas mismas reglas democráticas.
Una sola regla
Quizá necesitamos menos consignas y más principios. Menos trincheras y más humanidad. Menos odio y más empatía. Menos gritos y más razones. Si hubiera que resumir toda una ética democrática en una sola frase, bastaría con esta: No se agrede.
No se agrede por ideología. No se agrede por orientación sexual. No se agrede por raza. No se agrede por religión. No se agrede por nacionalidad. No se agrede por identidad. No se agrede por pensar distinto. No se agrede.
Toda agresión física comienza mucho antes del primer puñetazo. Comienza cuando alguien decide que el diferente merece menos respeto, menos dignidad o menos derechos que los demás. Y quien busque un «ya, pero…» para justificarlo no está defendiendo una idea. Está intentando justificar la barbarie. Y la barbarie, en una sociedad democrática, jamás puede tener excusas.
La democracia no exige que pensemos igual. Exige algo mucho más difícil y mucho más noble: que seamos capaces de convivir pacíficamente precisamente porque pensamos diferente.
La civilización comenzó el día en que el argumento sustituyó al garrote. Cada vez que justificamos una agresión con un «ya, pero…», damos un paso atrás en esa conquista.
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