Los orígenes de la extrema derecha

Lo que reclaman los votantes de la AfD es un reconocimiento de su pasado, de su historia y el reconocimiento de una serie de valores –o supuestos valores– a los que los liberales no conceden ninguna importancia

El País, Guy Sorman, 21-09-2026

La victoria electoral del Partido Alternativo para Alemania (AfD) en la región de Sajonia-Anhalt ha sembrado el pánico en toda la Europa democrática. Este partido, al que se califica arbitrariamente de extrema derecha –una convención léxica que, en mi opinión, es cuestionable–, parece mostrar cierta simpatía por el pasado nazi de Alemania; algunos de sus miembros valoran a Adolf Hitler de forma positiva, evocan su éxito a la hora de reactivar la economía alemana y pasan por alto todo lo demás. El hecho de que este partido surja en Alemania resucita, evidentemente, un pasado diabólico que la AfD no parece rechazar de forma absoluta. Los comentaristas, sobre todo de izquierdas, de toda Europa, relacionan el surgimiento de este partido con movimientos en cierto modo comparables: en Francia, con Marine Le Pen; Matteo Salvini en Italia; en Gran Bretaña, con Nigel Farage; en España, con Vox; y en Hungría, con Viktor Orbán, entre otros. Como era de esperar, la AfD cuenta con el apoyo de Donald Trump y J. D. Vance.

¿Supone esta elección en Sajonia-Anhalt, el estado más pequeño de Alemania, que en su día formó parte de la Alemania Oriental, un rechazo masivo a la democracia liberal? ¿Anuncia los futuros éxitos de lo que Viktor Orbán denominaba «iliberalismo» y que, desde la izquierda, se prefiere calificar de forma simplista como fascismo, o incluso neonazismo? ¿Comparten todos estos partidos de extrema derecha una ideología común? No es evidente, ya que, por ejemplo, el Agrupamiento Nacional de Francia desea no tener ninguna relación con la AfD alemana debido a la simpatía que esta manifiesta hacia el pasado nazi. Si tuviéramos que identificar un denominador común a todos estos partidos, habría uno: la hostilidad hacia la inmigración y, en particular, hacia la musulmana. No hay inmigración en Sajonia-Anhalt, región que sufre la tasa de desempleo más alta de Alemania. No hace falta que haya inmigrantes para mostrarse hostiles hacia ellos: el islam se ha convertido en el chivo expiatorio de la extrema derecha europea, al igual que lo fueron los judíos para los partidos fascistas en los años 30. En la Alemania de 1933, los judíos no representaban ni el 1 por ciento de la población. En Sajonia-Anhalt, los musulmanes están ausentes, pero el mito está presente.

Sin embargo, considero que la demonización de estos partidos de extrema derecha sustituye, con demasiada rapidez, a un análisis serio: nadie escucha lo que los votantes de estos partidos quieren decirnos, quiénes son y qué les motiva. Por mi parte, no creo ni por un instante que esta nueva extrema derecha desee el regreso del nazismo y del fascismo. Estos votantes se benefician demasiado de la libertad de expresión y de voto que les otorga la democracia como para rechazarla. También se benefician de todas las ventajas y prestaciones del estado del bienestar a las que no tienen ningún deseo de renunciar. La motivación profunda de los votantes de extrema derecha se encuentra en otra parte, en un deseo de reconocimiento que, según ellos, la democracia liberal no les proporciona. Esta democracia liberal que, bajo diversos colores partidistas, abarca toda Europa, ha aportado y sigue aportando libertad individual y beneficios materiales. Pero a este beneficio colectivo le falta un elemento esencial al que no concedemos suficiente importancia: el reconocimiento de la dignidad y la singularidad de cada persona. Lo que Platón, en su reflexión sobre la democracia, denomina ‘thymos’. Si nos atenemos a la experiencia alemana, ¿no resulta sorprendente que los votantes de la AfD muestren nostalgia por la Alemania del Este? Esta, de régimen comunista, no les aportaba ni libertad ni prosperidad, pero les garantizaba cierta igualdad y servicios sociales: guarderías, colegios, hospitales.

La unificación alemana borró estas ventajas, al negar toda validez al antiguo régimen y, en cierto modo, al negar la dignidad y la autenticidad de los ciudadanos de la antigua Alemania del Este. Lo que reclaman los votantes de la AfD, a mi parecer, es un reconocimiento de su pasado, de su historia y de su ‘thymos’. Piden también el reconocimiento de una serie de valores –o supuestos valores– a los que los liberales no conceden ninguna importancia, o incluso niegan categóricamente, como la identidad nacional, la virilidad, la raza blanca, el patriarcado: todo aquello que refutan las élites globalizadas, al menos tal y como se las imagina la extrema derecha. Lo que está en juego en este auge del populismo quizá no sea tanto el populismo en sí mismo ni las consignas que proclama, sino más bien un fallo del pensamiento liberal y del comportamiento de sus élites, para quienes el patriarcado, el machismo y el nacionalismo son odiosos. Es cierto que los liberales no conceden gran importancia a la identidad nacional ni a la identidad sexual; no saben qué hacer con estos conceptos ajenos a su filosofía. He aquí un reto que habría que afrontar y que constituiría la respuesta adecuada a la extrema derecha, en lugar de demonizarla.

El auge de la extrema derecha no es en absoluto inevitable, como se ha visto en Hungría con la destitución de Viktor Orbán, siempre y cuando los liberales mantengan un discurso matizado que tenga en cuenta las convicciones del adversario. Tampoco está todo perdido porque la extrema derecha rechace el liberalismo, la globalización, Europa, el feminismo y toda esa categoría de valores, pero no rechaza la democracia. La extrema derecha es iliberal, pero no es antidemocrática, lo que deja margen para un debate en igualdad de condiciones, siempre que comprendamos lo que el otro quiere expresar, aunque sea con torpeza, a veces con violencia, porque no se le escucha ni se le entiende. En definitiva, tachar a la extrema derecha de fascista no hace más que reforzarla, no la hace retroceder y no puede sustituir a un análisis serio. Es hora de que, en el bando liberal, renunciemos a las consignas antifascistas y nos preguntemos por qué el iliberalismo goza de una adhesión cada vez mayor entre los sectores de la población que se sienten ignorados, o incluso despreciados.

¿Acaso mi postura es demasiado tolerante con un adversario peligroso? Recuerdo un debate en Madrid con Mario Vargas Llosa sobre este tema. Los dos estábamos de acuerdo en defender nuestras convicciones con más firmeza y más fuerza. Pero yo argumentaba que también había que ser modesto y practicar la autocrítica, ya que nada garantizaba que tuviéramos toda la razón en todo. Vargas Llosa no me seguía en este terreno: no era partidario ni de la modestia ni de la autocrítica. Uno de los dos se equivocaba, pero ¿cuál de los dos?

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