Europa: un nuevo multilateralismo inclusivo de proximidad
La construcción de coaliciones globales será decisiva para afrontar retos como la transición climática, la regulación de la inteligencia artificial, las migraciones o la gobernanza digital
Diario Vasco, , 20-09-2026En su discurso sobre el estado de la Unión del pasado miércoles en Estrasburgo, Ursula von der Leyen volvió a situar una idea en el centro del proyecto europeo: la necesidad de construir una Europa más independiente, más fuerte y con verdadera capacidad de actuar en un mundo cada vez más incierto.
Sin embargo, la cuestión más importante no es que Europa aspire a ser más autónoma. La verdadera pregunta es para qué quiere serlo. La respuesta no debería encontrarse únicamente en la defensa, la tecnología o la competitividad económica. Europa posee un activo mucho más valioso: un proyecto político basado en la democracia, el Estado de Derecho, la protección de los derechos fundamentales y la convicción de que la paz se construye mediante la cooperación.
En un escenario internacional donde reaparecen la lógica de la fuerza y la política de bloques, Europa tiene la responsabilidad de reivindicar algo cada vez más escaso: la fuerza de los valores. Precisamente ahí convergen dos debates que suelen desarrollarse por separado. Por un lado, la reflexión estratégica de una Unión Europea que busca afirmarse como actor global. Por otro, la creciente conciencia de que los grandes retos del siglo XXI ya no pueden abordarse exclusivamente desde los Estados nacionales.
La llamada «geopolítica de la proximidad», que impulsamos desde la Fundación eAtlantic, aporta una perspectiva especialmente sugerente. Su tesis es sencilla: los desafíos globales se discuten en las grandes capitales, pero se viven y se gestionan en los territorios. El cambio climático se afronta en las ciudades. La integración de las personas migrantes se produce en los barrios. La cohesión social, la convivencia y la innovación democrática se construyen cada día a nivel subestatal. Allí donde los Estados negocian, los territorios resuelven. Allí donde la geopolítica se bloquea, la proximidad genera cooperación.
Esta visión resulta particularmente relevante en un momento en que el orden internacional basado en normas atraviesa una de sus etapas más delicadas desde el final de la Guerra Fría. Las instituciones multilaterales muestran dificultades para responder a conflictos cada vez más complejos. Las reglas son cuestionadas. Las rivalidades estratégicas se intensifican. Y la confianza entre actores internacionales se erosiona.
Frente a este escenario, la respuesta no ha de ser el repliegue nacional ni la resignación ante un mundo dividido en esferas de influencia. La alternativa pasa por impulsar un nuevo multilateralismo más abierto, más inclusivo y más próximo a la ciudadanía. Un sistema de cooperación capaz de incorporar junto a los Estados, a gobiernos subestatales, universidades, empresas y organizaciones sociales. Un multilateralismo que combine eficacia y legitimidad, que construya confianza en lugar de dependencias.
La relación entre Europa y el Sur Global constituye una oportunidad extraordinaria para avanzar en esa dirección. Durante demasiado tiempo, esas relaciones estuvieron condicionadas por inercias postcoloniales, desequilibrios y recelos mutuos. Hoy asistimos al ascenso de nuevos actores internacionales que reclaman una participación más justa y una voz más influyente en la gobernanza mundial.
Europa debería entender este momento como una oportunidad histórica. Porque la construcción de coaliciones globales será decisiva para afrontar algunos de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la transición climática, la regulación de la inteligencia artificial, la seguridad alimentaria, las migraciones o la gobernanza digital.
Ninguna potencia podrá resolver estos problemas en solitario. Por ello, la autonomía estratégica europea debe traducirse en capacidad de liderar alianzas amplias basadas en principios compartidos. Alianzas que defiendan el Derecho Internacional, los derechos humanos, la democracia y los bienes públicos globales. Alianzas capaces de tender puentes entre Europa y el Sur Global, entre lo local y lo global, entre la ciudadanía y las instituciones.
Ese puede ser el verdadero papel histórico de la Unión Europea en las próximas décadas. Su influencia dependerá, sobre todo, de su capacidad para ofrecer una visión creíble del futuro, que combine seguridad y libertad, prosperidad y cohesión, innovación y derechos.
Porque la gran cuestión de nuestro tiempo no es solo cómo gestionar la interdependencia global. Es cómo humanizarla. La experiencia europea demuestra que es posible convertir la diversidad en convivencia y transformar antiguas rivalidades en espacios de cooperación. Quizá por ello Europa esté llamada a desempeñar una tarea que trasciende lo económico o lo geopolítico: contribuir a civilizar colectivamente nuestro futuro.
(Puede haber caducado)