Destrucción creativa

Deia, Jon Azua, 20-09-2026

El triunfo electoral de la AfD (Alternativa por Alemania) en la Alta Sajonia alemana y la configuración de un nuevo gobierno apoyado por un partido “de izquierda radical”, con una abstención que posibilite gobernar al ganador de las elecciones, supone un relevante cambio, a la vez que alerta para la reflexión, en la política internacional (y, especialmente, europea). Reflexión que transciende de un lugar y hecho concreto, en el marco de un contexto y comportamiento, modelos, sistemas de valores, observables en diferentes espacios y sociedades a lo largo del mundo.

Si bien una primera consideración, nada desdeñable, es la comprobación del cambio de apoyo mayoritario de una sociedad que a lo largo de décadas ha apostado por partidos e ideas políticas superadoras de trágicas guerras y destrucción económica y social de sus países, cuestionando sus políticas actuales, sus modelos de gobernanza y el reclamo exigente de soluciones a todo tipo de “problemas” o eventos alejados de sus formas de vida de los últimos años. El voto electoral ha significado, además, una ruptura clara con conceptos, organizaciones y aparentes ideologías asociables a capas sociales determinadas. La “clase trabajadora” no parece monolítica en torno a etiquetas “antes presentadas y calificadas como de izquierda, progresista o social” y parece reclamar una mayor atención y prioridad en las políticas de solución a sus demandas y no encuentra soluciones en las ofertas de quienes hasta hoy les motivaban y representaban. Redefine un nuevo espacio de jugadores. Y, por supuesto, la estrategia nunca debidamente diseñada, articulada y menos compartida del llamado “cordón sanitario”, ejercido por quienes creyeron que la mejor manera de evitar estas ideas y discursos era prescindir de su confrontación y/o participación en el terreno democrático e institucional “fortalecido, consolidado” y alejado de aquellos que carecían de alternativas realistas y significativas. Da la impresión de haber jugado a favor de “los excluidos” de las responsabilidades y centros de decisión y de la política – institucional, desoyendo el resultado de las urnas, desatendiendo el orden democrático que no nos gustaba, a la vez que no parecían molestar otros movimientos extremos con los que parecía convivir bajo su presión, generalmente, minoritaria, excesivamente revalorizada por el efecto mediático, creando espacios artificiales que, finalmente, no han contado con el apoyo mayoritario en las respectivas sociedades.

¿Por qué surgen y proliferan estos liderazgos y resultados que parecerían inimaginables en “un orden establecido”, en tiempos de máxima libertad y derechos en postguerra, y de gobiernos y administraciones con éxito probado en su transición hacia el progreso y bienestar de las sociedades de las que forma parte?

Sin duda son muchas las razones que, unos y otros, podríamos señalar, explicando, a posteriori, “la racionalidad” de estas decisiones, hoy en Alemania, antes en Italia, Francia, etc. y cada vez más extendida a lo largo del mundo… ¿Por qué el acento constante en la “ultraderecha” y nunca en la “ultraizquierda”? ¿Por qué damos por cierto y positivo abanderar cualquier etiqueta de progresismo y descalificamos cualquiera que no se adhiera, sin criterios o posicionamiento contrario – legítimo – a sus políticas, decisiones o comentarios más bien mediáticos? ¿Por qué no nos preguntamos por las propuestas y soluciones que, ante grandes y complejos desafíos, no satisfacen a las distantes sociedades? ¿Por qué no nos ocupamos de la verdadera calidad democrática y de gobernanza? ¿Por qué aceptamos múltiples evidencias que no compartimos en el funcionamiento de nuestras instituciones, administraciones públicas, determinadas autoridades, familias y/o núcleos estables de convivencia, demandas y soluciones, compromisos intergeneracionales y permitimos, ausencia de controles democráticos en gobiernos que apoyamos de forma directa o indirecta?

La evidencia nos demuestra que “el tablero se ha movido” y las mismas piezas utilizadas hasta hoy cobran nueva autonomía, y responden a diferentes reglas del juego. Si esto es así, parecería más que razonable abordar el cambio inevitable.

Para no enredarnos en nuevos y exhaustivos análisis y diagnósticos (que, por otra parte, vienen proliferando a lo largo de los años y desde distintos escenarios y centros de pensamiento y opinión), recurro a un libro reciente de Jennifer Pahlka y Andrew Greenway, planteando lo que consideran esencial: “Las destrucciones creativas que necesitan nuestras democracias”. Su libro se pregunta: ¿Cómo hacer que los gobiernos trabajen otra vez? (¿How to Make Government work again?).

Si bien los autores (y el libro) se centran y refieren a los Estados Unidos de América, y focalizan su análisis en los gobiernos, como veremos más adelante, el llamamiento ha de dirigirse al compromiso de toda la sociedad sin exclusión alguna de todos los agentes institucionales, económicos, sociales, y, sobre todo, los propios ciudadanos en los diferentes roles que desempeñamos en nuestras vidas, nuestras actitudes ante los problemas y potenciales soluciones y al verdadero compromiso y responsabilidad que estamos dispuestos a asumir en la creación de ese futuro que queremos disfrutar.

Atendiendo al libro señalado, a partir de una encuesta (Pew 2025) en 23 países, con decenas de miles de respuestas, pone de manifiesto que el 60% de los encuestados se muestran decepcionados e insatisfechos con su democracia y sus modelos de gobernanza, sus administraciones y grado de solución a sus demandas y problemas. A la polarización, la desinformación, la desilusión por los liderazgos observables o atribuidos, a los intentos no deseados de regulación y normas que no consideran acordes con su voluntad y “modelos de vida”, se une un elemento común: la percepción y convicción de que las administraciones públicas y sus crecientes agencias “son crecientemente incapaces de conseguir los objetivos básicos para los que se supone fueron diseñados”. ¿Es esto realmente así?

Una primera constatación de esta afirmación la sitúan en “la escasa capacidad de respuesta y ejecución de las políticas, planes y anuncios o propuestas”. Realizan un amplio recorrido por todo tipo de Fondos asignados nunca ejecutados, de objetivos justificativos; de la creación de todo tipo de agencias y sociedades públicas que, con el paso del tiempo, no cumplen con su misión y, sin embargo, engordan sus plantillas y presupuestos; del mapa de organismos que perderán sin objetivos, resultados o necesidades temporales que les asignaron; de la ausencia de presupuestos públicos, liquidación de cuentas, auditorías de gestión y logros o carencia de verdaderos programas de generación de impacto real… Nuestras democracias parecerían no ser capaces de fortalecer instituciones creíbles, eficientes, resolutivas, acordes con los desafíos, tiempos y necesidades de las poblaciones, empresas, comunidades que han de atender.

Hacer todo aquello que demanden nuestras sociedades, que los diferentes gobiernos prometan, anuncien o comprometan, en el tiempo y plazos oportunos, en un mundo aceleradamente cambiante y demandante, resulta, cada vez más, inalcanzable. La reacción (que no respuesta) es silenciar lo no hecho, nuevos plazos o incrementos de recursos asignables, aumento de la “política de la administración” y sus burocracias descontroladas, mayor endeudamiento sin límites ni evidencia de recuperación o pago, insatisfacción social, pervivencia de los constituido, aunque no se sepa, al final, para qué se mantiene. La desafección y desilusión resultan consecuencia evidente.

Si todo esto (o en parte) es así, se sugiere abordar una inevitable “destrucción creativa”. Suponiendo sea una solución inteligente y adecuada, ¿es posible llevarla a cabo? No hay gobierno o administración en el mundo que no cree programas, planes, agencias para la “Reforma, modernización, transformación de la administración”. No hay programa opositor que no prometa, en caso de gobernar, eliminar – suprimir agencias públicas, planes, programas, funcionariado, así como asesores, cargos de designación, gabinetes de gobierno, ministerios o equivalentes, y, por supuesto, recurrir a la innovación y digitalización administrativa. Hasta que llega, si llega, el centro de mando. Las intenciones electorales desaparecen. La herencia recibida, la realidad, la dirección de la oposición al cambio, “el poco tiempo de duración del mandato, las nuevas prioridades o los imprevistos elementos anteriores… hacen imposible abordar la profundidad del cambio imprescindible”. Se convierte en “una tarea necesaria, de largo plazo, que acometerán terceros” (o en estos tiempos se recurre a la coartada silenciosa de la inteligencia artificial: “Ya se ocupará la IA de suprimir aquello no productivo…”).

¿Cómo transformar las organizaciones existentes? No hay ni recetas mágicas, ni únicas, ni garantes del éxito multi propuesta demandado.

Existen infinidad de ejemplos de éxito (y otros muchos de fracaso) a lo largo del mundo. Proyectos piloto difícilmente escalables o ejecutables, propuestas e iniciativas “políticamente” imposibles de aplicar, planes y programas innovadores “exnovo y a partir de cero” que, por lo general, son torpeadas desde dentro de los propios gobiernos, sus aparatos funcionariales y agentes sociales, o en confrontación con amplia variedad de grupos de interés; marcos normativos y tiempos que hacen inviable el cambio deseado; la aversión individual al cambio y sus riesgos; el temor del liderazgo exigible… Estos y otros muchos elementos son auténticos condicionantes de esa anhelada “capacidad de respuesta”.

En todo caso, sea o no esa llamada “incapacidad de respuesta” lo que deteriora la democracia, la verdadera alerta roja está en ella misma. Si quienes tienen (tenemos) la responsabilidad de promover y acompañar otro tipo de respuestas a los problemas reales, si no generamos liderazgos y gobernanzas reales, eficientes, compartibles, si no generamos impactos positivos en nuestras comunidades y si no somos verdaderos cocreadores de valor para el bienestar inclusivo de nuestras sociedades, terminaremos degradando la democracia y sus principios, entregando su custodia (o destrucción) a terceros cuyos modelos no compartimos.

¿Encontraremos las claves motivadoras de sociedades transformadoras que hagan posibles futuros diferentes, de verdadero progreso y desarrollo? Efectivamente, necesitamos una auténtica “destrucción creativa”. ¡Desafío para todos!

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